Historia

SAN ANTONIO Y ÑEMBY: EL DILEMA DE «LA FRONTERA»

Por Freddy Ovelar

Una de las preguntas más frecuentes de nuestros seguidores en Facebook es por qué muchos lugares de nuestra zona terminan con el apelativo «de La Frontera», como sucede con San Antonio de La Frontera, San Lorenzo de La Frontera o Cañadita de La Frontera. La explicación es muy simple: estos territorios pertenecían a lo que antiguamente se conocía como La Frontera, que no es otra cosa que el nombre en castellano de Ñemby.

Al igual que la capital del país posee un nombre bilingüe —»Asunción» en castellano y «Paragua-y» en guaraní—, nuestra región compartía esta dualidad. Ñemby era la denominación indígena y La Frontera era su traducción o equivalente en la lengua de los conquistadores. Por eso, cuando se dice «San Antonio de La Frontera», se está diciendo que el territorio pertenecía a Ñemby.

El que San Antonio formara parte de Ñemby en el pasado es un hecho que muchos de nosotros llevamos grabada desde la infancia; es la historia que escuchábamos de boca de nuestros padres y abuelos. No pretendemos adjudicarnos ningún descubrimiento porque la memoria de nuestra gente siempre lo supo. Queríamos, eso sí, que esa herencia que pasó de boca en boca tuviera el respaldo de los documentos escritos para que nadie pueda ponerla en duda. Y eso es lo que hicimos.

Lo mismo sucede con la relación tan estrecha entre Ñemby y La Frontera. Para que no tengan que creernos solo a nosotros, y para que puedan comprobarlo por su cuenta sin necesidad de pasarse horas investigando en las bibliotecas, hemos organizado las pruebas. Aquí les dejamos algunas citas de grandes historiadores e investigadores quienes en sus libros confirman que, cuando hablaban de Ñemby, estaban hablando de La Frontera:

Pasé el arroyo de La Frontera, en guaraní Ñemby”. Juan Francisco Aguirre, en su diario del 3 de octubre de 1794.

La acepción del vocablo Ñemby es precisamente Frontera, y en tiempos ya de los gobernadores españoles de la colonia se fundó en este lugar un fuerte y luego el pueblo de San Lorenzo de la Frontera. En 1536 era jefe de la parcialidad cario de Ñemby el joven Ghuarairipytâ (el guerrero pintado de urucú o de color rojo) hijo de mburuvichausú Caruaré”. Antonio E. González, en Jasy Rêndy, 1960.

Gavoto prosiguió su camino hasta el paraje llamado hasta hoy Ñembi, en castellano Frontera, donde trató pacíficamente con sus naturales guaraníes, de quienes hubo algunos bastimentos y alhajitas de oro y plata”. Juan Francisco Aguirre, en Discurso histórico sobre el Paraguay. Buenos Aires: Revista de la Biblioteca Nacional, Tomo I, Nº 1, 25.

“…Frontera, algunos lo llaman Ñemby”, luego “Cerrito de La Frontera o Ñemby”, luego “La Frontera es en guaraní Ñemby”. Félix de Azara en Geografía, física y esférica de las provincias del Paraguay.

Todavía un pueblo de esa región denominado Frontera o Ñemby (equivalente al Sur en guaraní) conserva su antiguo nombre indígena”. Fulgencio R. Moreno, La Prensa. Buenos Aires, 1923, s/p.

Frontera, hoy ciudad de Ñemby, con la explicación de que a Ñemby se le decía Frontera”. Aldo Loup en Al Este y Oeste de la madre de ciudades.

Ñemby antiguamente se llamaba Frontera”. Diccionario Enciclopédico Hispano-americano, 1894.

“A la llegada de los conquistadores españoles a la comarca de La Frontera, este paraje estaba habitado por los carios, quienes la denominaban Ñemby, y los españoles la tradujeron como Frontera”. Alberto Duarte de Vargas, en Historia de Villa Elisa: De Latifundio a Municipio, 2005, Asunción.

“La Frontera (Ñemby)”. Luis G. Benítez, Historia del Paraguay: época colonial. Asunción: Impr. Comuneros, 1985, pág. 196.

“Frontera, hoy Ñemby”. Herib Caballero Campos, en De moneda a mercancía del Rey: efectos y funcionamiento de la Real Renta de Tabaco y Naipes en la provincia del Paraguay (1779-1811). Asunción: Arandurã, 2006, pág. 261.

“Ñemby, voz guaraní que significa Frontera”. Cancio S. Giménez, en Los jinetes de la loma. Asunción: Graphis, 1999, pág. 63.

“Frontera o Ñemby”. Alfredo Du Graty, en La República del Paraguay. Buenos Aires: Imprenta de San José de San Joaquín, 1861, pág. 53.

“Ñemby quiere decir bajo/sur, era el límite meridional de los guaraníes y estaba a algunas leguas al sur de Asunción. Los españoles le llamaron La Frontera y posteriormente quedó con ambas denominaciones”. El Ateneo, en Revista del Ateneo Paraguayo, Volumen 3, Nº 10. Asunción, 1940, pág. 47.

“La Frontera (Ñemby)”. Estudios paraguayos, Volumen 14-16. Asunción: Universidad Católica Nuestra Señora de la Asunción, 1986, pág. 176.

“Ñemby, Frontera o de La Frontera”. Dionisio González Torres, en Origen e historia de los pueblos del Paraguay: toponimia guaraní. Asunción: Univ. Nacional, 1994, pág. 147.

“Ñemby, o San Lorenzo de la Frontera, o Frontera, o Ñemby de la Frontera”. Jan M. G. Kleinpenning, en Paraguay 1515-1870: A Thematic Geography of Its Development. Madrid: Vervuert, 2003, pág. 435.

“Ñembi o Frontera”. Mariano Antonio Molas, en Descripción histórica de la Antigua Provincia del Paraguay. Buenos Aires: C. Casavalle, 1840, pág. 81.

“Ñemby o Frontera”. Miguel Ángel Pangrazio, en Indicadores de la estructura social del Paraguay. Asunción: La Voz, 1973, pág. 58.

“La Frontera, en guaraní Ñemby”. Revista de la Biblioteca Nacional Argentina. Buenos Aires: Tomo I, 1937, pág. 120.

“Ñembi o Frontera”. Revista de Buenos Aires, en Historia Americana, Año III, Nº 33. Buenos Aires: Imprenta de Mayo, 1866, pág. 19.

“Ñemby designaba una región geográfica, extensa y bien delimitada ya antes que llegasen los españoles. Estos tradujeron esta comarca como La Frontera”. Alberto Duarte de Vargas en Raíces históricas de Ñemby, 2004.

Que estas pruebas sirvan a nuestros distinguidos lectores para comprender definitivamente que Ñemby es igual a Frontera. San Antonio es una ciudad rica en historia que merece respeto. Hemos desmitificado las mentiras de aquellos charlatanes sanantonianos que, haciéndose pasar por estudiosos, reaccionan con rabia e ira ante la evidencia documental porque desconocen totalmente el pasado de su propia tierra.

El camino que une Ñemby con San Antonio, marzo de 1974. Este camino actualmente se llama Cadete de Boquerón. De nuestro archivo.
Historia

PRESIDIO SAN ANTONIO DE LA FRONTERA

Por Freddy Ovelar

El fuerte San Antonio, ubicado en Costa Abajo del río Paraguay, fue uno de los principales puntos defensivos de la provincia durante la época colonial. Aunque se le llamaba «presidio», no era una prisión, sino un cuartel de vigilancia pensado para proteger la población de Ñemby o La Frontera de las incursiones de indígenas chaqueños considerados “enemigos irreconciliables», como los guaicurúes.

Toponimia

El presidio tomó su nombre de San Antonio, siguiendo la tradición colonial de nombrar estos fuertes en honor a santos. Muchos de los antiguos presidios en Paraguay llevaban nombres de santos, como San José, San Miguel, San Sebastián, San Roque, San Marcos, San Agustín, San Gerónimo, Santa Rosa, Nuestra Señora del Rosario (en la actual Lambaré), Santa Bárbara, San Carlos, San Buenaventura, San Fernando y, por supuesto, San Antonio. También existieron fuertes con nombres en guaraní, tales como Tobatí, Mandubirá, Maynumbí, Urundey y Añagatí. Además, se encontraban otros con nombres en castellano, como El Fortín, Castillo, Villa Nueva, Borbón, Formoso y Angostura (García Riart, 2021).

Ubicado en la extensa región de La Frontera o Ñemby y con el propósito de defender esta área, el presidio fue conocido como San Antonio de La Frontera. En realidad, hasta la fundación de Villeta en Guarnipitán en 1714, esta región de La Frontera o Ñemby contaba con tres fuertes: el de Nuestra Señora del Rosario (Lambaré), el de San Antonio y el de Santa Rosa de Cumbarity.

Los presidios funcionaban como fortines de defensa y no como lugares de residencia, ya que, por motivos de seguridad, no se permitían asentamientos en sus alrededores. Tampoco eran, como lo afirma el historiador Gustavo Laterza, cabeceras de territorio ni poseían jurisdicción política, ya que su propósito era exclusivamente militar y defensivo (Laterza, 2004). Por ejemplo, la guarnición de San Agustín de Arecutacuá, que era muy numerosa, se encontraba muy lejos de cualquier villa o zona habitada (Corral, 2014).

Orígenes y construcción (1677-1679)

Después de la conquista, los indígenas del Chaco, especialmente los guaicurúes, se volvieron expertos jinetes al aprender a montar caballos que robaban. Con el tiempo, llegaron a ser temidos por sus habilidades y atacaban tanto las estancias del Chaco como las de la región Oriental, en la orilla izquierda del río Paraguay. En especial, causaban estragos en Ñemby o La Frontera, donde había abundante ganado y numerosas chacras. Aprovechaban las épocas de caudal mínimo del río Paraguay para cruzar y realizar incursiones, durante las cuales se robaban cosechas y producían muertes de adultos y secuestros de mujeres y niños (Viola, 2002).

Para defender la región Oriental de estos ataques, la provincia fundó diversos presidios, fuertes y poblaciones en las inmediaciones del río Paraguay. Con la construcción de estos fuertes, se impuso también la obligación del servicio militar obligatorio y gratuito a los habitantes, quienes debían proteger los presidios en turnos rotativos. En 1677, se inició la construcción del presidio San Antonio de La Frontera y del presidio Santa Rosa de Cumbarity. Pero la finalización del presidio San Antonio se fue retrasando, y en 1679, dos años después, el fuerte aún no estaba completo. En un documento de la época transcrito por Alfredo Viola, se menciona: «Se está por acabarse el fuerte que se está abriendo en San Antonio de La Frontera y (se necesitará) de algún ganado vacuno para el sustento de los indios que en él trabajan, para su conclusión será necesario socorrerles con veinte cabezas de dicho ganado» (A.N.A. Col. de Copias de Actas del Cabildo de Asunción Vol. 13, 27/XI/1679) (Viola, 2002).

Al revisar las obras de Alfredo Viola y otros estudios sobre los presidios del Paraguay, no hemos encontrado en ninguna parte una fecha de fundación que indique que el fuerte San Antonio haya sido fundado el 2 de noviembre de 1677. Esta fecha figura incluso en la página oficial de la Municipalidad de San Antonio y es repetida por algunos charlatanes que se hacen pasar por historiadores o supuestos estudiosos de la historia de San Antonio. Lo que sí aparece en la referencia mencionada por Viola —Sección Copias de Actas del Cabildo, Vol. 11, Folio 684, 2-XI-1677— no es la fundación de un fuerte, sino un petitorio para establecer dos poblaciones (es decir, pueblos, no presidios): una en la región de Tapuá, la actual Limpio, y otra en Guarnipitán. Esta última sería efectivamente fundada años después y corresponde a la actual Villeta. En estos momentos nos encontramos gestionando la transcripción completa de ese documento original con la ayuda de un profesional paleógrafo y financiado de nuestro propio bolsillo, con el fin de esclarecer definitivamente esta cuestión histórica.

Condiciones estructurales y críticas (1747)

Las primeras construcciones de estos presidios, incluido el San Antonio, eran rudimentarias. Contaban con techos de paja y karanda’y y paredes de tacuara embarradas (estaqueo), rodeados de “palos en bruto clavados en la tierra”. En 1747, el obispo José Cayetano Paravicino, tras visitar estos presidios, los criticó por su debilidad estructural. En una carta al rey, Paravicino describió estas edificaciones como “chozas cubiertas de paja” que se arruinarían en poco tiempo, y acusó al gobernador de exagerar los méritos de sus construcciones (Telesca, 2009) (Viola, 2002). No fue sino hasta finales del siglo XVIII que comenzaron a proyectarse fuertes permanentes, construidos en piedra, como San Carlos del Apa y el fuerte Borbón (actual Fuerte Olimpo). Este modelo llegó al Paraguay gracias a demarcadores de límites como Félix de Azara y Juan Francisco Aguirre, quienes también actuaron como ingenieros voluntarios (García Riart, 2021).

A pesar de las críticas, el presidio San Antonio de La Frontera se mantuvo en pie gracias a posteriores refuerzos y al esfuerzo de sus ocupantes. Las estructuras se reparaban con frecuencia debido a su corta vida útil (Viola, 1998). Las fortificaciones eran muy susceptibles a incendios, como los ocurridos en el año 1702 o 1703, cuando los presidios San Antonio y Santa Rosa fueron incendiados por los indios durante el gobierno de Don Antonio de Escobar y Gutiérrez. Este tipo de ataques hizo necesaria una reconstrucción constante del presidio (Viola, 1997) (Viola, 1998).

Desafíos de defensa y organización militar (Siglo XVIII)

En 1745, el presidio San Antonio contaba con una guarnición de 123 hombres. Esta cantidad de soldados era ligeramente inferior a la de Santa Rosa de Cumbarity en Villeta, que tenía 124 efectivos, y algo menor en comparación con otras plazas como la de Arecutacuá con 180 soldados, Santa Bárbara con 169 y Angostura con 140. Por otro lado, era significativamente menor que la Plaza de San Fernando de Tierucuarí, que albergaba 304 hombres, y Manduvirá, con 258 efectivos. No obstante, San Antonio tenía una dotación mayor que la de los presidios del Castillo con 112 guardias, Lambaré con 74, San Miguel con 75, y Tentidero con solo 72 efectivos. Asunción, como capital, mantenía una fuerza considerable de 315 efectivos organizados en 13 compañías. En toda la provincia, un inventario del mismo año de 1745 muestra que las fuerzas de milicias sumaban 2.293 hombres en total, con 1.017 soldados armados con armas de fuego y 1.275 lanceros (Viola, 2002) (Viola, 2004).

En 1747, los presidios empleaban a unos 2.508 soldados, en un contexto en el cual la población de los pueblos españoles cercanos rondaba las 5.872 familias. Esto significaba que casi uno de cada dos «cabeza de hogar» debía prestar servicios en los presidios de defensa, sin recibir pago alguno. Los guardias no solo debían cubrir sus propias necesidades de armamento, sino también llevar su propia comida, lo cual representaba una carga económica para ellos y sus familias. Esta obligación de servicio militar sin compensación generaba pobreza en la comunidad y afectaba también al país, ya que muchos hombres tenían que dedicarse al cuartel en lugar de trabajar en sus actividades habituales (Telesca, 2009).

El financiamiento del presidio San Antonio dependía de las donaciones de los mismos pobladores, quienes aportaban ganado, tabaco y otros productos básicos. Por ejemplo, en 1791 se ordenó que se donara tabaco, sal y yerba para el sustento de quienes trabajaban en las reparaciones del fuerte (Viola, 1998). En 1771, un total de 121 hombres realizaban turnos para proteger el presidio San Antonio. A pesar de la importancia de esta guarnición, pocos de sus vigilantes contaban con armas de fuego, lo que limitaba su capacidad de defensa. Las limitaciones de armamento también eran evidentes en otros presidios de la Costa Abajo, lo que debilitaba la defensa de toda la línea costera y hacía vulnerable a la provincia frente a los frecuentes ataques indígenas (Viola, 2004) (Viola, 2002).

A pesar de los esfuerzos por proteger la Costa Abajo mediante la fundación de poblaciones y presidios, los indígenas chaqueños continuaban efectuando incursiones, destruyendo chacras y robando ganado vacuno y equino. Esta situación generaba una profunda intranquilidad entre los pobladores, que vivían en constante zozobra. Al estar alejados de las zonas habitadas, los presidios usaban un cañón para alertar a los vecinos sobre posibles ataques. Al escuchar el disparo, las mujeres y familias de las cercanías podían buscar refugio, mientras los milicianos del presidio se preparaban para la defensa bajo las órdenes de sus oficiales (Viola, 2002).

Cambios en la función del Presidio en el siglo XIX

Con la independencia del Paraguay, el presidio San Antonio de La Frontera, al igual que otros fuertes, comenzó a desempeñar un papel distinto. Durante el gobierno de José Gaspar Rodríguez de Francia, los fuertes en la costa del río se mantuvieron activos, sirviendo para controlar las fronteras en una política ya de aislamiento. En 1815, el dictador Francia, considerando la necesidad de mantener los fuertes, ordenó al Ministro de Hacienda que proporcionara herramientas a Juan José Centurión, comandante de los puestos militares, para completar la reparación del presidio de Lambaré y reconstruir el de San Antonio. Esta acción aseguraba la preservación de los puestos defensivos a lo largo del río y reforzaba la vigilancia fronteriza bajo su administración (Viola, 2004).

Pero en marzo de 1819, Francia tomó una decisión que cambiaría la organización de los presidios: suprimió los regimientos de milicias de Costa Arriba y Costa Abajo, argumentando que nunca habían sido bien disciplinados ni uniformados, y que su servicio era similar al de los urbanos. Esta medida extinguió los presidios tal como se conocían y llevó a una reorganización de las fuerzas militares en Paraguay (García Riart, 2021).

Francia también instruyó a los oficiales de los presidios a no dar cuartel a los indígenas chaqueños que intentaran acercarse. En efecto, muchos de estos indígenas, al aproximarse, fueron «pasados a cuchillo», una medida implacable destinada a asegurar la integridad de las fronteras paraguayas (Molas, 1868).

Declive y últimas referencias del Presidio

Con el tiempo, y debido al desarrollo de nuevas infraestructuras de comunicación y transporte, el presidio San Antonio comenzó a perder su importancia militar. Hacia 1870, este fuerte, aunque con una función posiblemente ya diferente, seguía activo y comenzó a ser conocido como «Guarda San Antonio», según lo menciona Andrés Lamas en su obra Colecciones de Obras Documentos y Noticias, Inéditas o Poco Conocidas del Río de la Plata. En este periodo, el país ya contaba con una red de rutas fluviales transitadas por buques de vela y vapor, junto con caminos carreteros y un ferrocarril que conectaba Asunción con Paraguarí, facilitando el transporte de productos desde Villa Rica y otras localidades del interior.

A partir de 1883, la zona del antiguo presidio comenzó a cambiar su función hacia un uso más portuario. Mediante una ley firmada por el presidente de la Cámara de Diputados, Manuel Solalinde, y el presidente del Senado, Juan A. Jara, se declaraba en vigencia el reglamento de capitanías a partir del 1 de enero de 1883. Con la aprobación de este reglamento, se establecieron nuevas responsabilidades para los capitanes de puerto. Estos tenían la misión de mantener la seguridad, supervisar la limpieza y la profundidad del puerto, y registrar en un libro por separado las entradas y salidas de buques mayores y de cabotaje, así como el movimiento de pasajeros. Además, debían actuar en casos de naufragio y colaborar con la Aduana en la gestión de las cargas recuperadas.

En 1894, un decreto adicional permitió que los puertos de San Antonio, Villeta y Villa Oliva se habilitaran para la exportación de caña de azúcar, que, junto a las naranjas, era uno de los principales productos de exportación del país en esa época. Los Capitanes de Puerto debían supervisar estas operaciones y reportar a la Aduana Central. Así, el antiguo fuerte fue transformándose gradualmente en un punto de exportación, conocido posteriormente como puerto de San Antonio o Puerto Naranja (Lamas, 1874).

De: «HISTORIA GENERAL DE SAN ANTONIO: EVOLUCIÓN DE CAYBÁ A PUERTO NARANJA Y MÁS ALLÁ».

REFERENCIAS

Corral, F. (2014). Plazas Fuertes y Fronteras Estables en el Paraguay Colonial de los Siglos XVII y XVIII. El Castillo de San Agustín de Arecutacuá. Instituto Cervantes de Palermo, Italia.

García Riart, J. (2021). Qué y Quién Pasó por el Paso Grande de Santa María (Paso del Tyvycuary). Centro de Estudios Antropológicos de la Universidad Católica (CEADUC), Biblioteca de Estudios Paraguayos, Vol. 123, Asunción.

Kraus, H. (1898). Leyes y Decretos de Aduana de la República del Paraguay. Asunción.

Kraus, H. (1898). Reglamentos de Capitanías de Puertos. Asunción.

Lamas, A. (1874). Colecciones de Obras Documentos y Noticias, Inéditas o Poco Conocidas del Río de la Plata. Tomo II, Imprenta Popular, Buenos Aires.

Laterza Rivarola, G. (2004). Divisiones Político Territoriales del Paraguay, Proceso Histórico, Criterios, Instituciones. Anuario de la Academia Paraguaya de la Historia, Vol. XLIV, Asunción.

Molas, M. A. (1868). Descripción Histórica de la Antigua Provincia del Paraguay. Imprenta de Mayo, Buenos Aires.

Telesca, I. (2009). Mercedes Reales y Concentración de Tierras. El Nacimiento del Latifundio en Paraguay en Tiempos de la Independencia. Anuario de la Academia Paraguaya de la Historia, Vol. XLIX, Asunción.

Velázquez, R. E. (1964). La fundación de la Villeta del Guarnipitán en 1714 y la población del litoral paraguayo. Sevilla: Anuario de Estudios Americanos.

Viola, A. (1997). San Felipe Borbón del Guarnipitán en el Valle del Bastán. Anuario de la Academia Paraguaya de la Historia, Vol. XXXVII, Asunción.

Viola, A. (1998). San Antonio de la Frontera. En Historia Paraguaya, Vol. XXXVIII, Academia Paraguaya de la Historia, Asunción.

Viola, A. (2002). Santa Rosa de Cumbarity. En Anuario de la Academia Paraguaya de la Historia, Vol. XLII, Asunción.

Viola, A. (2004). Presidios y Cuarteles. Anuario de la Academia Paraguaya de la Historia, Vol. XLIV, Asunción.

Imagen referencial del histórico Presidio de San Antonio de La Frontera, recreación artística basada en descripciones coloniales.
En este mapa antiguo se muestra un fuerte al sur de Asunción, posiblemente el de San Antonio de La Frontera (siglos XVII-XVIII). Fuente: Biblioteca Nacional de Francia.
Mapa del litoral paraguayo del siglo XVIII, donde se destaca el fuerte de San Antonio, elaborado por Vicente Paciello siguiendo las indicaciones del historiador Rafael Eladio Velázquez.
En esta lista, ca. 1870, el antiguo presidio de San Antonio figura como «Guarda San Antonio». Extraído de Colecciones de obras, documentos y noticias, inéditas o poco conocidas del Río de la Plata, de Andrés Lamas.
En este mapa, ca. 1860, se identifica el antiguo presidio como cuartel San Antonio, ubicado dentro de la jurisdicción de San Lorenzo de la Frontera. Extraído del libro The History of Paraguay, 1871.
Tabla de los presidios activos en Paraguay en 1747, donde San Antonio figura con 4 compañías y 132 efectivos. Extraída de Mercedes Reales y Concentración de Tierras: El nacimiento del latifundio en Paraguay en tiempos de la independencia, de Ignacio Telesca.
Guardias en 1803, con San Antonio registrada como la segunda guardia después de Lambaré. Extraído de Santa Rosa de Cumbarity, de Alfredo Viola.
Historia

ORGANIZACIÓN LEGAL Y TERRITORIAL DEL PUEBLO DE SAN ANTONIO (1903-1914)

Por Freddy Ovelar

Luego de comprobar documentalmente la separación de San Antonio del distrito de Ñemby mediante la Ley del 23 de abril de 1903 y confirmar que se trata de un asentamiento de mayor antigüedad de lo que suele afirmarse, corresponde ahora analizar los instrumentos legales que consolidaron su formación institucional, territorial y administrativa. A continuación, presentamos los principales actos legislativos y decretos que definieron su promoción política, su organización comunal, la fijación de sus límites y la expansión de su ejido urbano.

PROMOCIÓN DEPARTAMENTAL, ORGANIZACIÓN, DELIMITACIÓN Y EXPROPIACIÓN DE TERRENOS PARA EL NUEVO PUEBLO DE SAN ANTONIO:

1. Promoción de San Antonio a la categoría de departamento y pueblo (Ley del 23 de abril de 1903)

Esta Ley definió no solo la creación del departamento y pueblo de San Antonio, sino también especificó que el ejido urbano debía incluir un mínimo de 140 manzanas (cada una de 10.000 metros cuadrados). Además, se definió que San Antonio quedaría dentro del distrito 19 para efectos electorales.

Texto completo de la ley:

El Senado y Cámara de Diputados de la Nación Paraguaya, reunidos en Congreso, sancionan con fuerza de LEY:

Art. 1° Promuévase a la categoría de departamento el punto conocido por San Antonio.

Art. 2º El Poder Ejecutivo mandará trazar por el Departamento Nacional de Ingenieros los límites del nuevo departamento, teniendo en cuenta las conveniencias recíprocas de éste y de los adyacentes, así como el ejido de la población urbana que no será menor de ciento cuarenta manzanas de diez mil metros superficiales cada una.

Art. 3º A los efectos de la ley de elecciones queda incluido el nuevo departamento en el distrito diecinueve.

Art. 4° Comuníquese al Poder Ejecutivo.

Dada en la sala de sesiones del Congreso Legislativo a los veinte y tres días del mes de abril de mil novecientos tres.

El P. del Senado: M. DOMÍNGUEZ

Enrique Jacquet, Secretario

El P. de la C. de DD.: RUFINO MAZÓ

Federico Zelada, Secretario”

Asunción, Abril 25 de 1903

Téngase por Ley, publiquese e insértese en el Registro Oficial.

ESCURRA

E. FLEYTAS

2. Creación de la Junta Económico-Administrativa (Decreto del 14 de julio de 1903)

Una vez que San Antonio se constituyó como pueblo, el siguiente paso importante fue la creación de una Junta Económico-Administrativa que se encargara de gestionar los asuntos locales y velar por sus intereses. Esta junta fue creada mediante un decreto presidencial el 14 de julio de 1903, firmado por el presidente de la república Juan Antonio Escurra. El presidente de esta primera junta fue Agustín Quiñones y el vice presidente Doroteo Ayala.

Texto completo del decreto:

Siendo necesario instalar una Junta Económico-Administrativa en San Antonio, que se encargue de velar por los intereses comunales del Departamento;

El Presidente de la República DECRETA:

Art. 1º Créase una Junta Económico-Administrativa en el pueblo de San Antonio.

Art. 2º Nómbrase a los señores Agustín Quiñones, Doroteo Ayala, Luís Sarruge, Pedro Pablo Molinas, Juan Mendoza y Juan de la Cruz Cabrera; al primero, como Presidente, al segundo, como Vicepresidente y a los demás, como titulares.

Art. 3º Comuníquese, publíquese y dése al Registro Oficial.

Juan ESCURRA

E. FLEYTAS

3. Aprobación de la delimitación del Departamento de San Antonio (Decreto del 17 de junio de 1903)

Otro paso fundamental fue la aprobación de la delimitación oficial del territorio de San Antonio. El 17 de junio de 1903, el presidente Juan Antonio Escurra aprobó el trazado del nuevo departamento, que comprendía una extensión de 5.719 hectáreas. Los límites fueron trazados asegurando la delimitación precisa con los departamentos vecinos, como San Lorenzo de La Frontera o Ñemby, Ypané y Lambaré, cubriendo una importante franja costera sobre el Río Paraguay.

Texto completo del decreto:

Vistas las diligencias practicadas por el Departamento General de Ingenieros y Obras Públicas, en virtud de lo ordenado en nota del 28 de abril del corriente año, y en cumplimiento de la ley del 25 del mes y año citados;

El Presidente de la República DECRETA:

Art. 1º Apruébase la delineación y trazado del nuevo Departamento de San Antonio, con la extensión de 5719 hectáreas con los límites siguientes:

Costado N.O.: Limita con el camino público llamado de Lambaré, partiendo del Puerto Pabla, hasta el punto denominado Cuatro mojones, siendo esta línea la que lo separa de la jurisdicción del distrito de Lambaré.

Costado N.E.: Limita con el camino público que de la capital se dirige a San Lorenzo de la Frontera y que separa del Departamento de San Lorenzo del Campo Grande, hasta dar a la Comisaría establecida sobre el Arroyo Seco.

Costado Este: Limita con el curso del Arroyo Seco, hasta dar con el punto conocido por Ysyry-pucú, donde existe un mojón que separa los derechos de don Pedro Francou, este costado se compone de una quebrada de tres rectas que divide del Departamento de San Lorenzo de la Frontera, y sigue la calle pública, de este último punto se dirige a Villeta hasta dar con el puente Ytororô.

Costado Sud: Limita con el curso del Arroyo Ytorôrô hasta dar al Rio Paraguay, separando los límites del Departamento de Ypané.

Costado Oeste: sobre la margen izquierda del Rio Paraguay, desde la desembocadura del Ytororô hasta Puerto Pabla, punto de partida.

Art. 2 El Jefe Político y Juez de Paz del nuevo Departamento de San Antonio y de los circunvecinos, informarán en la brevedad posible al Ministerio del Interior, si los límites establecidos están de acuerdo con las necesidades de los respectivos departamentos, o en caso contrario, cuales son los que conviene establecer.

Art. 3º Comuníquese, publíquese y dése al Registro Oficial.”

ESCURRA

E. FLEYTAS

4. Expropiación de 20 hectáreas para territorio urbano

La Ley N° 91 de 1914 declaraba de utilidad pública la expropiación de terrenos pertenecientes a don Arturo Thors y don Francisco Guanes en San Antonio. Esta expropiación tenía como objetivo destinar los terrenos para servir de ejido al nuevo pueblo, facilitando su expansión urbana hacia el norte. El proceso de expropiación fue acompañado de la obligación de indemnizar a los propietarios afectados. La ley fue sancionada por el Congreso el 24 de agosto de 1914 y promulgada por el presidente Eduardo Schaerer el 27 de agosto de 1914.

Texto completo de la Ley Nº 91 de 1914

LEY N° 91 Declarando de utilidad pública el terreno perteneciente a Don Arturo Thors, situado en el departamento de San Antonio

El Senado y Cámara de Diputados de la Nación Paraguaya, reunidos en Congreso, sancionan con fuerza de LEY:

Art. 1° Declárase de utilidad pública a los efectos de la expropiación y para servir de ejido al pueblo de San Antonio, el terreno perteneciente a Don Arturo Thors, situado en dicho departamento, compuesto de diez hectáreas y doscientos treinta metros cuadrados y cuyos linderos son los siguientes: al Norte la propiedad de Don Francisco Guanes, al Este la calle pública San Antonio, al Sud Don Jorge Rouse y al Oeste el río Paraguay.

Art. 2° Declárase de utilidad pública a los mismos efectos y para el mismo destino establecido en el Art. 1°, diez hectáreas de tierra perteneciente a Don Francisco Guanes y situada dentro de los linderos siguientes: al Norte el arroyo San Antonio y Conrado Goetz; al Este el camino público de San Antonio; al Sud Don Arturo Thors; al Oeste el río Paraguay.

Art. 3° El Poder Ejecutivo procederá al justiprecio e indemnización de las propiedades expropiadas de acuerdo a las disposiciones pertinentes de la Ley de Organización Administrativa.

Art. 4° Comuníquese al Poder Ejecutivo.

Dada en la sala de sesiones del Honorable Congreso Legislativo a los veinticuatro días del mes de agosto de mil novecientos catorce.

El Presidente del Senado

F. Bobadilla

El Presidente de la Cámara de Diputados

Víctor Abento Haedo

Secretario

M. Arias Cabral

Secretario

Z. Díaz Escobar

Asunción, Agosto 27 de 1914

Téngase por ley, comuníquese, publíquese y dése al Registro Oficial.

Firmado:

Schaerer

José P. Montero

De: «HISTORIA GENERAL DE SAN ANTONIO: EVOLUCIÓN DE CAYBÁ A PUERTO NARANJA Y MÁS ALLÁ»

El viernes 12 de julio de 1968, el diario ABC Color publicó una nota sobre la construcción de un puente sobre el arroyo Guazú en San Antonio. El artículo señalaba textualmente lo siguiente y estaba acompañado de esta foto:

“PUENTE EN SAN ANTONIO: El ministerio de Obras Públicas y Comunicaciones dio cuenta de la obra del puente sobre el arroyo Guazú, en las afueras de la localidad de San Antonio. El mismo actualmente ya es utilizado por los peatones y con la terminación en breve de los accesos, lo podrán utilizar los automotores. Tiene 25 metros de largo. 4.30 de ancho y 3 metros de altura. La estructura está asentada sobre 6 filas de 4 pilotes cada una de urundeymí. El resto de la estructura es de lapacho y su resistencia la habilita para cualquier clase de vehículo incluso el tendido de una vía ferroviaria. Su costo es de setecientos mil guaraníes. La obra se realizó bajo la dirección y la financiación parcial de la Junta Vial de la Capital, con la cooperación de la junta vial y la municipalidad de San Antonio, los empresarios de ómnibus y de micros y la empresa del frigorífico local. El Comando de Ingeniería facilitó el martinete para la colocación de los pilotes”.
Aprobación de la delimitación del Departamento de San Antonio (Decreto del 17 de junio de 1903)
Aprobación de la delimitación del Departamento de San Antonio (Decreto del 17 de junio de 1903).
Expropiación de 10 hectáreas para territorio urbano, mediante la Ley N° 91 de 1914.
Mapa de San Antonio de 1932 que muestra su límite este con su tierra madre, San Lorenzo de La Frontera o Ñemby, y la que hoy es la carretera Acceso Sur, hasta su conexión con la ciudad de Ypané. De la Guía Geográfica de Turismo, de 1932.
Mapa de 1932 que muestra las principales instituciones de San Antonio, como la comisaría, la municipalidad, la iglesia, el cementerio, el mercado y varios comercios, incluido el frigorífico junto al río Paraguay, señalado como el punto central del pueblo con el número 1. Las ubicaciones de estos lugares ya coincidían con las actuales. De la Guía Geográfica de Turismo, 1932.
Historia

SAN ANTONIO SE SEPARA DE SAN LORENZO DE LA FRONTERA O ÑEMBY

Por Freddy Ovelar

La creación de una colonia agrícola extranjera casi siempre implicaba que un distrito perdiera el control sobre su territorio, y en el caso de Ñemby, el establecimiento de una colonia sobre el río Paraguay marcó el inicio de su desmembramiento y la pérdida de acceso al río. La Colonia Elisa, inicialmente llamada “Colonia Bélgica de Mbocayaty” o también “Colonia San Antonio”, fue fundada el 1 de enero de 1890 por el Banco del Paraguay y del Río de la Plata, en cumplimiento de una concesión otorgada el 25 de junio de 1889. Estaba ubicada a orillas del río Paraguay, con una extensión de 1.000 cuadras cuadradas y una franja de 1 kilómetro de ancho (Kleinpenning, 2014). El Banco reservó una franja adicional de 280 varas a lo largo del río para establecer un puerto (Aceval, 1893). Hacia finales de 1891, la tierra fue dividida en parcelas de 16 cuadras y vendida a 81 colonos pertenecientes a 18 familias europeas. Tras la quiebra del Banco, el danés Emilio Johannsen, quien era directivo de la institución, se hizo cargo de la colonia el 28 de mayo de 1893 y decidió renombrarla como Colonia Elisa en homenaje a su esposa, Elisabeth Poleska (Duarte de Vargas, 2005).

El historiador Duarte de Vargas señala que “el terreno comprado por Johannsen estaba ubicado en San Lorenzo de la Frontera, a orillas del río Paraguay” y tenía una superficie total de “707 hectáreas con 6085 metros, equivalentes a 943 cuadras cuadradas«. Los historiadores contemporáneos a la creación de la colonia también la sitúan dentro de la jurisdicción de San Lorenzo de la Frontera o Ñemby. Benjamín Aceval escribe en 1893: “La colonia de San Antonio, perteneciente al Banco del Paraguay y Río de La Plata, está situada en el departamento de San Lorenzo de La Frontera”, mientras que Héctor F. Decoud menciona en 1896 que la Colonia Elisa está “establecida en el partido de San Lorenzo de la Frontera, a orillas del río Paraguay”.

Kleinpenning describe a la colonia como la “casi más pequeña del país” (sic), pero también como una de las más prósperas. Al finalizar 1891, la colonia tenía 81 colonos distribuidos en 24 familias, quienes cultivaban una variedad de productos y producían carbón vegetal. Emilio Johannsen atrajo más colonos de distintas nacionalidades (suecos, daneses, paraguayos y otros), llegando a 128 personas en 1897 y 285 en 1903. Para ese año, de las 60 familias residentes, 14 hablaban alemán. La colonia nunca fue un asentamiento cerrado y siempre tuvo contacto con los paraguayos (Kleinpenning, 2014). Aun así, surgieron problemas. Bajo el control de Johannsen, el proyecto fue más bien una propiedad privada lucrativa que una verdadera colonia agrícola. Johannsen era dueño de alrededor de 300 hectáreas, habiendo adquirido muchas tierras de colonos que no pudieron pagar sus deudas y los convirtió en arrendatarios, cobrándoles como renta un tercio de sus cosechas. Para el año 1900, unos 20 colonos no aceptaron este acuerdo, aunque el resto sí lo hizo. La población europea de la colonia se redujo; en 1910 los propietarios de tierras eran 18 entre los que se contaban 5 italianos, 1 inglés, 3 paraguayos, 2 alemanes, 1 español, 4 suecos, 1 danés y 1 francés (Banco Agrícola, 1910).

En 1902, el sueco Hjalmar Carlstein, antiguo gerente del Banco del Paraguay y del Río de la Plata, presidía la Junta Económico-Administrativa de la colonia. El 21 de marzo de ese año, el colono envió una carta al Ministerio de Relaciones Exteriores, solicitando la creación de una Comisión de Caminos propia para la Colonia Elisa. El ministerio, a su vez, envió la solicitud al Ministerio del Interior para que la estudiara. En su nota, Carlstein dejó claro que San Lorenzo de la Frontera no estaba en condiciones de atender las necesidades de la colonia, cuyo tráfico aumentaba día a día. A continuación, transcribimos el contenido completo de la carta:

Colonia Elisa, Marzo 21 de 1902.

Señor Ministro de Relaciones Exteriores:

Excmo. Señor:

Me permito adjuntar copia de una nota que recibí de la Comisión de Caminos, etc., de San Lorenzo de la Frontera, pidiendo la entrega de los fondos que le acuerda la Ley.

En su tiempo, esta Junta E. Administrativa se dirigió a ese Ministerio proponiendo los miembros para formar la Comisión de Caminos, etc., haciendo evidente la urgencia de tal nombramiento, por tener esta Colonia un tráfico muy grande y ahora se encuentran los caminos en un estado deplorable.

Sería una calamidad para el progreso de esta Colonia estar bajo la Comisión Departamental de San Lorenzo de la Frontera, y siendo urgente el pedido de la Comisión en referencia, espero las órdenes de S. Ex.

Saluda al señor Ministro con todo respeto,

S. S. S.

HY. CARLSTEIN

Pdte. de la Junta E. A.

E. Aushianme

Secretario

La solicitud de Carlstein dio lugar a un dictamen del Fiscal General del Estado, Manuel M. Viera, emitido en mayo de 1902, donde se respaldaba la idea de que las colonias no debían depender de las comisiones departamentales. Viera concluyó que era necesario constituir comisiones locales en cada colonia, con iguales funciones a las departamentales, pero comunicándose directamente con el Ministerio del Interior.

Tras el dictamen favorable del fiscal, el Vicepresidente Andrés Héctor Carvallo (presidente en ejercicio) promulgó el 20 de agosto de 1902 un decreto para una mayor autonomía de la colonia. El artículo primero de dicho decreto establecía: “Constitúyanse en la Colonia Elisa, departamento de San Lorenzo de la Frontera, y colonia Hohenau, departamento de Jesús y Trinidad, comisiones departamentales…” (Registro oficial, 1902).

Para 1910, la colonia estaba dividida en 45 lotes de 16 cuadras cuadradas cada uno. En ese momento, la colonia contaba con: 66 casas, 27 galpones, 11 fuentes y 10 pozos de agua de lluvia, almacenes, carnicerías y servicios básicos como: comisaría policial, Junta municipal, Agente de impuestos internos, Encargado del registro civil y escuela.

La colonia exportaba frutas como mandarinas, bananas, piñas y naranjas a los mercados del Plata y abastecía a la capital con maíz, mandioca, alfalfa y carbón de leña (Banco Agrícola, 1910). Su ubicación a orillas del río Paraguay, su cercanía a la capital y la fertilidad de sus tierras impulsaron el desarrollo de la colonia. Para la década de 1930, su superficie había duplicado la extensión inicial, convirtiéndola en una de las más prósperas del país.

SAN ANTONIO, UN POBLADO CON RAÍCES ANTIGUAS

En diversos textos de los siglos XVII, XVIII, XIX y XX, San Antonio aparece citado con diferentes nombres; como presidio «San Antonio de La Frontera» (Actas del Cabildo, 1679), «pueblo de San Antonio» (Correspondencia de San Antonio, 1845), «partido de San Antonio» (Registro oficial, 1869), “paraje de San Antonio” (Ministerio de Relaciones Exteriores, 1879) o «punto San Antonio» (Ley del 23 de abril, 1903). Esto demuestra que había ciertas confusiones sobre su denominación y ubicación, algo común en esa época. De hecho, dicha confusión no fue el único caso en el territorio de Ñemby o La Frontera, donde se encontraba San Antonio, ya que otra compañía, Cañadita, también aparece en registros históricos como “partido de Cañadita” (Correspondencia de San Antonio, 1845) o simplemente “Cañadita de La Frontera” (Durán Estragó, 1997). Cañadita es, de hecho, uno de los barrios más antiguos de Ñemby.

Existe una leyenda popular muy difundida que afirma que San Antonio fue poblada, e incluso fundada, por Conrado Goetz y Agustín Quiñónez entre 1897 y 1903, quienes son considerados sus primeros habitantes. Esta versión parece originarse en una publicación del diario capitalino La Tribuna, titulada “Acuarelas de nuestra tierra: Ciudad de San Antonio”, del 5 de noviembre de 1967, que reproducimos íntegramente en el apéndice. Ya el ilustre historiador Alfredo Viola, quien investigó la historia de San Antonio, cuestionó la idea de que el poblado haya comenzado con Goetz y Quiñónez (aunque Goetz desempeñó un papel vital en el proceso de emancipación de San Antonio, un tema que abordaremos más adelante). Según la hipótesis de Viola, con la que coincidimos, los orígenes de San Antonio son mucho más antiguos y se remontan a 1677, cuando se erigió el fuerte de San Antonio en La Frontera o Ñemby (Viola, 1998). Es cierto que antiguamente la población en la zona costera era muy escasa debido al temor a los guaicurúes, quienes cruzaban el río para atacar cultivos y habitantes (ni siquiera el fuerte, con un cañón y vigilantes armados, logró frenar sus incursiones). Pero, a pesar de ello, la zona se utilizó desde siempre para cultivos y pastoreo, aunque fuera de forma limitada.

El historiador Viola dice que, según el derecho español aplicado durante la época de la conquista y colonización, solo los conquistadores participaban en la adjudicación de tierras, con pocas excepciones por motivos de seguridad. Esta regla también se aplicó al poblamiento de San Antonio. Señala que, hacia 1760, el teniente mayor retirado Marcos de Arestegui, residente en Asunción, solicitó un terreno sin dueño en el área conocida como Cañada de Tupeay. Arestegui es el primer nombre registrado como interesado en comprar tierras de San Antonio. Ya en el siglo XVIII, el paraje de San Antonio estaba habitado por una comunidad trabajadora dedicada a la agricultura. De hecho, en 1783, las autoridades del Cabildo ya se encargaban de regular la vida social y económica de San Antonio, como lo demuestra la orden de corrección para los vecinos que permitían que sus ganados causaran daños a las tierras cultivadas. En 1842, se documentaron actividades agrícolas a pesar de las dificultades climáticas, como la sequía y plagas que afectaron las cosechas, pero los habitantes mostraban entusiasmo por continuar sembrando. Además, se ensancharon caminos, incluyendo el que conectaba la guardia de San Antonio. La educación era un desafío, pues muchos padres, criados en la ignorancia, preferían que sus hijos trabajaran en tareas domésticas en lugar de asistir a la escuela. El comandante local intentaba persuadirlos para que permitieran a los niños estudiar. En 1844, se registraron esfuerzos para mantener la moral pública, incluyendo medidas para regular la convivencia y combatir la vagancia. En 1866, el comandante de San Antonio informó al sargento mayor de Plaza de Asunción que el cuartel estaba en buen estado y que alrededor de él se habían sembrado grandes cantidades de poroto, habilla, maíz y mandioca. Las mujeres de la comunidad, a pesar de sus limitaciones físicas, trabajaban voluntariamente en las chacras, ya que había pocos hombres debido a la guerra contra la Triple Alianza. Estas mujeres también confeccionaron una bandera con hilos de coco, extraídos de las plantas de mbocayá, como símbolo patriótico (Viola, 1998). Estas informaciones históricas confirman que San Antonio ya estaba poblado y activo durante el siglo XIX, con una comunidad organizada dedicada a la agricultura y otras labores rurales.

SAN ANTONIO SE QUEDA CON LA COLONIA ELISA Y ÑEMBY PIERDE SU ACCESO AL RÍO

En párrafos anteriores hemos demostrado ampliamente que San Antonio formaba parte de Ñemby o San Lorenzo de la Frontera, con la fundación de la colonia Elisa en su territorio. Aunque algunos vecinos de San Antonio cuestionan este hecho, no se trata de una simple teoría ni de una leyenda (como la mencionada sobre Goetz y Quiñónez como supuestos primeros pobladores), sino de un hecho respaldado por pruebas que se encuentran en las documentaciones conservadas en el Archivo Nacional de Asunción y en el Registro Oficial, que confirman esta conexión histórica. Para quienes aún puedan tener dudas, presentamos a continuación dos documentos históricos del Archivo Nacional de Asunción que sirven como evidencia. En el proceso a José de la Cruz Bustamante de 1853, se lee: “En este partido de San Antonio, comprehensión de San Lorenzo de la Frontera, etc.” (ANA, Vol. 1473, nº 3 f. 37). Esta evidencia es clara y no deja margen de duda: San Antonio formaba parte de San Lorenzo de la Frontera. También, en un sumario de 1865 sobre la muerte de Micaela Ascurrain en San Lorenzo de La Frontera, se menciona que ocurrió en el “partido de San Antonio, jurisdicción de San Lorenzo de La Frontera, etc.” (ANA, Vol.1565, Nº2, f. 2), y esta muerte fue por ahogamiento en el río Paraguay, lo que demuestra que en 1865, Ñemby aún tenía pleno acceso a dicho río.

La emancipación de San Antonio de Ñemby o San Lorenzo de La Frontera fue un proceso que comenzó a gestarse en 1901, cuando en la Sesión Ordinaria del 26 de julio de la Cámara de Diputados figuró la solicitud para la creación del pueblo de San Antonio. En la sección de “Asuntos Entrados” se encontraba el siguiente mensaje: “MENSAJE DEL PODER EJECUTIVO ELEVANDO Á LA CONSIDERACIÓN DEL CONGRESO LA PETICIÓN DEL SEÑOR CONRADO YOCTZ, PRESIDENTE DE LA COMISIÓN CONSTRUCTORA DEL ORATORIO Y ESCUELA DE SAN ANTONIO, DEPARTAMENTO DE SAN LORENZO DE LA FRONTERA, PIDIENDO SE PROMUEVA À LA CATEGORÍA DE PUEBLO DICHA POBLACIÓN. NEGOCIOS CONSTITUCIONALES” (Cámara de Diputados, 1901). Este dato también evidencia que San Antonio formaba parte de San Lorenzo de la Frontera o Ñemby. El mencionado Conrado Yoctz, que figuraba como el peticionario, no era otro que el reconocido Conrado Goetz, señalado antes como el supuesto primer poblador de San Antonio. Goetz, solo dos años antes, había sido miembro fundador titular de la Junta Económico-Administrativa de San Lorenzo de La Frontera o Ñemby, había renunciado como miembro de esta junta en noviembre de 1899, y según el Registro Oficial de 1902, en diciembre de ese año era el «médico autorizado» en San Lorenzo de La Frontera. Aunque Goetz era presidente de las comisiones constructoras de la escuela y el oratorio en San Antonio, este territorio, al igual que la Colonia Elisa, seguía bajo la jurisdicción de San Lorenzo de La Frontera o Ñemby como una de sus compañías. Estos datos desmienten la idea de que Conrado Goetz, que a fines de 1902 seguía siendo un destacado vecino y participante activo en el desarrollo municipal de Ñemby, “fundó” San Antonio en 1897, como a menudo se repite.

La autonomía de San Antonio se lograría casi dos años después de la solicitud de Goetz, específicamente el 23 de abril de 1903, cuando el Congreso Nacional aprobó una ley que elevaba a la categoría de departamento el “punto conocido por San Antonio”. Esta ley fue sancionada el 25 de abril por el Poder Ejecutivo encabezado por Juan Antonio Escurra. Como resultado de esta separación, San Antonio se quedó con las tierras costeras sobre el río Paraguay que pertenecían a Ñemby, así como con la incipiente colonia Elisa. Por su parte, la colonia Elisa dejó de estar bajo la jurisdicción de San Antonio el 22 de marzo de 1938, como resultado del Decreto Nº 5417 del Poder Ejecutivo, que la elevó a la categoría de partido bajo un nuevo nombre: Villa Elisa.

De: «HISTORIA GENERAL DE SAN ANTONIO: EVOLUCIÓN DE CAYBÁ A PUERTO NARANJA Y MÁS ALLÁ», de Freddy Ovelar.

REFERENCIAS

Aceval, B. (1893). República del Paraguay: Apuntes geográficos e históricos. Imp. de la Democracia, Asunción.

Archivo Nacional de Asunción (A.N.A.). (1679). Sec. Cops. de Actas del Cabildo de Asunción. Vol. 13, 27 de noviembre de 1679.

Boletín Oficial del Ministerio del Interior. (1914). Asunción.

Correspondencias del pueblo de San Antonio. (1788-1867). Vol. 359, Nº 3, 14 de junio de 1845.
Decoud, H. F. (1896). Geografía de la República del Paraguay (2ª ed.). C. Codas, Asunción.

Diario La Tribuna. (1967, 5 de noviembre). Acuarelas de nuestra tierra: Ciudad de San Antonio. Página 14, Asunción.

Duarte de Vargas, A. (2005). Historia de Villa Elisa: De latifundio a municipio. Edición del autor, Asunción.

Durán Estragó, M. (1997). San Lorenzo del Campo Grande: Memoria histórica. Universidad Católica, Asunción.

El Banco Agrícola del Paraguay en la Exposición Internacional de Agricultura de Buenos Aires. (1910). Talleres Nacionales de H. Kraus, Asunción.

Kleinpenning, J. M. G. (2014). Paraguay rural 1870-1963. Editorial Tiempos de Historia, Asunción.

Ministerio de Relaciones Exteriores. (1879). Memoria del Ministerio de Relaciones Exteriores presentada al Congreso Nacional en el Año 1879, Primer Tomo. Imprenta a vapor de La Nación, Buenos Aires.

Registro oficial correspondiente al año 1901. (1901). Talleres Nacionales de H. Kraus, Asunción.

Registro oficial correspondiente al año de 1903. (1904). El País, Asunción.

Registro oficial del gobierno provisorio de la República del Paraguay, años de 1869 y 1870. (1871). Imprenta El Pueblo, Asunción.

Sesiones de la Cámara de Diputados del periodo legislativo del año 1901. (1901, julio 26). Sesión ordinaria del día 26 de julio de 1901. Tipografía del Congreso, Asunción.

Viola, A. (1998). San Antonio de la frontera. Anuario de la Academia Paraguaya de la Historia, Vol. XXXVIII. Asunción.

Registro civil de 1899 que indica que la colonia Elisa formaba parte del departamento de San Lorenzo de la Frontera o Ñemby. Sergio Sepúlveda. 
El sábado 12 de agosto de 1978, el diario ABC Color publicó una nota sobre la construcción de un puente en San Antonio. La noticia, acompañada de esta foto, decía textualmente:

“CONSTRUYEN PUENTE EN S. ANTONIO”

San Antonio (Especial) —La Junta Municipal de esta localidad se halla construyendo un puente de hormigón cuyo costo final ascenderá a la suma de 1 millón 650 mil guaraníes. Actualmente las cuadrillas se encuentran pavimentando con cemento el sector más cercano de acceso al puente. Por otra parte, el muro de contención de 15 metros ya está concluido y de esta manera se da mayor seguridad
al terreno. El puente tiene 10 metros de largo y se encuentra sobre la avenida San Antonio frente al oratorio «Antigua imagen». En el lugar anteriormente había un puente de madera, y en días de lluvia el terreno se hundía y era intransitable. Los responsables de la obra consideran que la misma concluirá dentro de un mes y medio aproximadamente”. 
Villa Elisa, año 1988, Sergio Sepúlveda. 
Villa Elisa, avenida Teniente Américo Picco, 1988. Sergio Sepúlveda. 
Plano del pueblo de Villa Elisa, fecha indeterminada. Duarte de Vargas. 
Emilio Johannsen, cuyo nombre completo era Carl Emil Johannsen, fue quien dio origen a la Colonia Elisa. Sergio Sepúlveda. 
Elisa Von Poleski, cuyo nombre completo era Elisabeth von Poleska de Johannsen. El nombre de la Colonia Elisa se eligió por iniciativa de su marido, posiblemente por amor hacia ella. Sergio Sepúlveda. 
Mapa de 1932 que muestra las principales instituciones de San Antonio, como la comisaría, la municipalidad, la iglesia, el cementerio, el mercado y varios comercios, incluido el frigorífico junto al río Paraguay, señalado como el punto central del pueblo con el número 1. Las ubicaciones de estos lugares ya coincidían con las actuales. De la Guía Geográfica de Turismo, 1932. 
Mapa de San Antonio de 1932 que muestra su límite este con su tierra madre, San Lorenzo de La Frontera o Ñemby, y la que hoy es la carretera Acceso Sur, hasta su conexión con la ciudad de Ypané. De la Guía Geográfica de Turismo, de 1932. 
Dentro del expediente del proceso a José de la Cruz Bustamante, escrito el 8 de febrero de 1853, se encuentra la siguiente cita: “En este partido de San Antonio, comprehensión de San Lorenzo de la Frontera…” (ANA, Vol. 1473, nº 3 f. 37), lo cual confirma que San Antonio estaba claramente dentro del territorio de San Lorenzo de la Frontera o Ñemby. 
Documento oficial que confirma de manera definitiva que San Antonio pertenecía a Ñemby. En él se observa, bajo el sumario, la solicitud de Conrado Goetz para que San Antonio se independice de San Lorenzo de la Frontera (Ñemby) y sea elevado a la categoría de pueblo.

Historia

SAN ANTONIO FUE UNA COMPAÑÍA DE ÑEMBY Y SE INDEPENDIZÓ EN 1903

Por Freddy Ovelar

Hasta hoy, muchos vecinos de San Antonio todavía no creen —o les cuesta creer, o simplemente no quieren aceptarlo por fanatismo — que San Antonio alguna vez fue parte de Ñemby. Lo cierto es que hace poco más de 100 años (la edad de una persona), San Antonio era solo una compañía más de Ñemby, y fue recién en 1903 cuando logró independizarse, a pedido de sus propios vecinos.

El domingo 5 de noviembre de 1967, el diario La Tribuna publicó un artículo en el que señalaba que San Antonio “se desintegró» de Ñemby. Aunque el material contiene un error sobre el supuesto primer poblador de San Antonio —error que ya fue corregido en mi obra sobre la historia de San Antonio, y que incluso el historiador Alfredo Viola ya había señalado en su momento—, contiene datos muy valiosos y decidí añadirlo al apéndice de mi obra y compartirlo aquí completo con el público.

Imagen facsimilar de la publicación de La Tribuna sobre la ciudad de San Antonio, en noviembre de 1967.

ACUARELAS DE NUESTRA TIERRA: CIUDAD DE SAN ANTONIO

De Fernando de la Mora parte hacia al sur un ramal de ruta que lleva a la población de San Antonio tras un recorrido de quince kilómetros. La carretera, empedrada en ciertos tramos y enripiada en otros, pasa por Ñemby —la antigua San Lorenzo de la Frontera—, brindando una visión fugaz de este pueblo importante otrora y hoy casi abandonado, silencioso, que duerme su sueño idílico al pie del cerro de ese nombre, con sus casitas antiquísimas y sus calles arboladas de humildes naranjitos.

Bajando valles fragantes y subiendo lomas con los cocotales enardecidos por el cálido viento norte, el camino llega a San Antonio. La bajante excepcional del río Paraguay señálase desde lejos, por la ondulante, blanca estola de playas calcinadas que le pone a la corriente. Sobre el curso adelgazado del río destacan en mole las instalaciones fabriles del frigorífico de la International Product Corporation. En su contorno, extendido como un parque, está el pueblo.

San Antonio fue originariamente uno de los catorce presidios de Cuesta Abajo establecidos durante el período colonial para prevenir las asoladoras incursiones de los mbayaes chaqueños. Mariano Antonio Molas —en su DESCRIPCION HISTÓRICA DE LA ANTIGUA PROVINCIA DEL PARAGUAY— alcanza a señalar su existencia real escribiendo durante el gobierno de Gaspar de Francia, aunque en aquella época el presidio de San Antonio no sería ya otra cosa que un puesto de vigía de los payaguases fluviales, celosos colaboradores policiales del dictador. Cuando más tarde se operó por esta ribera el desembarco de las fuerzas aliadas, antes de la batalla de Ytororô, el lugar se hallaba despoblado.

La tradición local señala como primer antecedente de la fundación actual al alemán Conrado Goetz, quien en el año 1897 se estableció en este sitio y cuyos restos mortales están sepultados en el cementerio local. Pero cuando el poblador falleció, su familia emigró del lugar y el asiento quedó de nuevo despoblado. Según la misma fuente informativa, el refundador de San Antonio fue el ciudadano paraguayo Agustín Quiñónez, afincado aquí en el año 1903, a quien siguieron otros pobladores entre los cuales se recuerda a las familias Dárdano, Persano, Roux, Dubris — italianas y francesas—, afincadas sucesivamente en estas tierras que componían un latifundio perteneciente a la familia Guanes.

Hasta hace medio siglo, San Antonio era —al igual que Villeta y Pilar del Ñeembucú— uno de los tres puertos naranjeros del Paraguay. Durante los meses de Mayo, Abril y Junio su ámbito se colmaba de carretas y gárrulas cargadoras. Los montones de naranja doraban la ribera, Se produjo luego el cierre del mercado argentino a la importación de naranjas a granel procedentes del Paraguay y aquella actividad que tonificaba la economía campesina cesó determinando, como consecuencia lógica, la extinción de los extensos naranjales que cubrían la zona. La consolidación de San Antonio como pueblo y su verdadero bienestar económico se inició en el año 1917 con un acontecimiento trascendental. La instalación en la localidad del frigorífico de carnes de la Meat Parking División of International Product Corporation que, desde aquella lejana fecha fausta, ha venido trabajando ininterrumpidamente, con mayor o menor intensidad. Hoy esta empresa brinda trabajo y seguros ingresos a casi 2 millares de obreros durante cada zafra anual, que normalmente comienza en Febrero y termina a fines de Agosto.

Como siempre ocurre, este auge económico determinó la desintegración de San Antonio del distrito de Ñemby —del cual integraba antes una compañía— para convertirse en distrito independiente. Hoy tiene su propia corporación municipal, cuya presidencia ejerce el señor Mamerto Delgado desde el año 1965, con una jurisdicción territorial bastante exigua porque San Antonio debió sufrir una contingencia semejante. Se le disgregó, a su turno, Villa Elisa para formar distrito aparte. El actual distrito de San Antonio comprende sólo tres compañías: Achucarro, Mbocayaty y Olmedo, con una población rural que el último censo de población y viviendas estimó en 7.783 habitantes de cuales las cuatro quintas partes componen el vecindario urbano de la ciudad.

San Antonio es una población de excepcional situación geográfica sobre el río Paraguay, entre la desembocadura del arroyo Ytororô, al sur, y la del arroyo de su nombre, al norte, también conocido como Arroyo Guazú. Su caserío se halla bastante extendido a ambos lados de las instalaciones fabriles y los corrales del frigorífico que lo nutre y sustenta. Aquí no existen ranchos ni casas ruinosas. Las barriadas formadas por hermosas viviendas modernas para obreros crecen sin cesar. Cuenta con un confortable hotel -perteneciente a la empresa del frigorífico- que levanta sus dos plantas en mitad de un parque. La dependencia local del Instituto de Previsión Social —a cargo del doctor Félix A. Barreiro— es un modelo en su género, de modernísima construcción funcional. Espacioso y armonioso, provisto de sala de cirugía y pabellones con servicio hospitalario.

En consecuencia con su próspera economía y su adelanto actual, San Antonio tiene dos liceos con cursos completos de bachillerato. El Nacional, a cargo de la profesora Teresa de Alfonso, y el Liceo María Auxiliadora, establecimiento docente particular a cargo del doctor Cristino Ayala. Cuenta también con tres escuelas primarias graduadas superiores: la Nº 21 “Dr. Enrique L. Pinho” dirigida por la profesora Eulalia Mendoza Ginni; la Nº 345 “Cándida Achucarro”, dirigida por la profesora Margarita Ortega Vera, y la Nº 2334, recién terminada de edificar en el barrio Antigua Imagen, que dirige la profesora Eva Teresa Benítez. Además, funcionan aquí tres academias profesionales femeninas.

La modesta iglesia parroquial de San Antonio, edificada por el fundador Agustín Quiñonez, se halla demolida a medias cuando el cronista la visita. Van a invertir su pórtico, que hasta ahora miraba al río, y a introducir en ella otras mejoras sustanciales. La parroquia se halla a cargo del presbítero Silverio R. Bernal y en ella se venera a San Antonio de Padua, patrón del pueblo. Además de este templo, existe el oratorio llamado Antigua Imagen, porque en esta capilla se conserva la imagen primitiva del santo patrón que, según la tradición popular, proviene de un hallazgo fortuito en el cauce del cierto arroyo de las cercanías.

El reducido distrito de San Antonio es de muy precaria producción agrícola, matizada por algunas plantaciones citrícolas de menor importancia. En la economía local no cuenta sino la industria de la carne de la International Product Corporation —cuyo gerente actual es el señor Roberto Willis—, la antigua curtiembre perteneciente al señor Raúl Roux descendiente de uno de los primeros pobladores, y la empresa Petrominera Argentina, que desde el año 1962 extrae piedra del cerro Ñemby destinada a la pavimentación de la ruta XI del Chaco argentino.

Esta comunidad próspera se ha impuesto ahora una ambiciosa obra de aliento que redundará beneficio general de toda la zona. La construcción municipal de un puente de mampostería sobre el arroyo San Antonio que facilitará la realización de una ruta moderna por el vecino distrito de Villa Elisa y la Refinería de Petróleo. La nueva vía de acceso además de acortar sensiblemente la distancia que separa San Antonio de la capital, entroncará con la ruta de Villeta pasando por Ypané. Para ello se cuenta con la colaboración del Ministerio de Obras Públicas que facilitará maquinaria, tendrá la dirección técnica y tomará a su cargo la construcción de la ruta, y el decidido apoyo de las fuerzas vivas de la zona. Para el efecto se formaron dos comisiones especiales que cooperan en la obra. La comisión de San Antonio está presidida por el señor Juan Teófilo García, y la de Villa Elisa Paul Viscour. Los trabajos previos a la ejecución han comenzado ya.

La crónica del San Antonio del presente no puede cerrarse sin la mención de otra materialización significativa que traduce el espíritu progresista que anima esta comunidad. Es de orden cultural. Se ha estructurado recientemente una nucleación denominada Centro Social y Cultural Sanantoniano, formada por jóvenes de ambos sexos. Está presidida por Adriano Estigarribia y alienta el propósito de formar una biblioteca, promover actividades culturales, patrocinar conferencias, fomentar espectáculos teatrales y artísticos. Estimular, en fin, en las nuevas generaciones de esta comunidad el anhelo de superación formativa de culturación.

Corresponsal especial.

De: «HISTORIA GENERAL DE SAN ANTONIO: EVOLUCIÓN DE CAYBÁ A PUERTO NARANJA Y MÁS ALLÁ», de Freddy Ovelar.

“Nuevas barriadas de viviendas modernas para obreros del frigorífico, en San Antonio” decía el pie de esta foto, analizada y mejorada con IA.
“El hotel de San Antonio, instalado en sombroso parque” decía el pie de foto de La Tribuna del 5 de noviembre de 1967 (imagen analizada y mejorada con IA).
Historia

LA CARRETA PARAGUAYA

Quienes ya peinamos canas a veces cerramos los ojos y visualizamos imágenes de los años cincuenta y sesenta del siglo pasado; imágenes de cosas que nos eran muy familiares a los paraguayos de entonces.

Una de esas cosas familiares era la carreta tirada por bueyes. Estos instrumentos de transporte eran de uso masivo en todas las poblaciones del Paraguay, grandes y pequeñas, incluidos los suburbios de Asunción que hoy en día son superpoblados barrios como Nazaret y San Pablo.

Resulta que hasta mediados de los años sesentas, en Paraguay no había rutas asfaltadas; los caminos eran todos estrechos terraplenes de tierra roja que se volvían intransitables en tiempo lluvioso. De todos modos, había aún muy pocos camiones, todos ellos de tamaño pequeño y provistos de motores a gasolina, pues los vehículos diésel aún no habían llegado al país.

En estas circunstancias el vehículo más utilizado para el transporte de mercancías era la carreta tirada por bueyes.

El principal inconveniente de este medio de transporte era su lentitud, razón por la cual el viaje a un pueblo distante podía durar varios días. Entonces, ¿qué comían y qué bebían los bueyes durante el viaje? Pues, comían el pasto que crecía profusamente en la vera de los caminos, y bebían de las aguadas y arroyitos que en aquel tiempo cubrían toda la geografía del país.

¿Y qué comían los boyeros? Pues, se detenían para cocinar el locro con cecina y mandioca aprovechando la leña que abundaba en todas partes mientras los bueyes pacían tranquilamente en algún pastizal cercano.

También había tiempo para el tereré, sin hielo claro, porque una de las grandes riquezas del pueblo paraguayo entonces era el tiempo; había tiempo para muchas cosas. La gente llevaba una vida tranquila y sin prisas, y el despacioso, rechinante y crujiente andar de la carreta marcaba el ritmo de la vida paraguaya de entonces.

Lo notable es que este medio tan primitivo y en apariencia tan antieconómico haya podido cumplir con toda cabalidad su misión de proveer a las comunidades de todo lo necesario para subsistir. Leña y carbón para cocinar, poroto, locro, harina, fideos y querosén para el alumbrado, amén de otros bastimentos de poco consumo en tiempos anteriores como arroz y azúcar. Todas las cosas citadas y más, mucho más, eran acarreadas por las carretas. Estos medios repartían también algunos productos más o menos lujosos como café y aceite comestible, pues, las generaciones anteriores cocinaban con grasa en vez de con aceite.

No podemos olvidar tampoco otros productos que hacían las delicias de las mujeres que habitaban las más alejadas aldeas como ser: mercería, telas, espejos y peines. Bebidas, ferretería y herramientas también llegaban lento pero seguramente a los puntos más alejados y olvidados del país.

Estos vehículos transitaban principalmente por caminos alternativos que cruzaban malezales y bosques, y que se llamaban precisamente «carreteras». Dichos caminos terminaban casi siempre convertidos en profundas zanjas, erosionados por las filosas ruedas de la carreta.

La estructura de estos vehículos estaba conformada como sigue: El «lecho», que sería el chasis, luego las paredes de los costados y la de atrás, la que se plegaba hacia abajo para permitir la carga y descarga de mercancías. El eje de la carreta era una viga que pasaba por debajo del lecho y al que iban adheridas las ruedas.

Después, partiendo del centro del eje y hacia adelante iba la «pértiga», que era un listón largo en cuyo extremo estaba el yugo, el cual servía para sujetar a los bueyes por sus cuernos, y finalmente, y obviando las ruedas, estaba el «mushasho», el cual era un palo con aspecto de garrote que colgaba de la pértiga y que servía para apoyar ésta contra el suelo cuando los bueyes no estaban.

Las carretas las había de dos clases: las de una «yunta» y las de tres «yuntas». Las primeras funcionaban con dos bueyes, mientras que las segundas eran tiradas por una ristra de seis animales. Estas últimas eran carretas gigantescas cuyas ruedas medían más de dos metros de altura, y que hacían lo que en aquellos días eran considerados viajes de larga distancia. En los años veinte y treinta del siglo pasado eran precisamente caravanas de estos grandes carruajes las que transportaban las naranjas de Paraguarí y Misiones hasta la que hoy es la ciudad de San Antonio, que en aquel tiempo se llamaba Puerto Naranja, para embarcarlas a la Argentina.

Estas grandes carretas eran las equivalentes a un camión Scania de nuestros días, y sus propietarios eran considerados «Carai Guasú», personajes muy relevantes de su comunidad.

La carreta tirada por bueyes ya pasó o está pasando de moda, pero en su momento fue un gran dinamizador de la economía paraguaya, y para nosotros los gerontes, su evocación nos trae muy gratos recuerdos de un tiempo perdido al parecer más feliz.

NOTA: Le pedí a Óscar Brito que escribiera un artículo sobre la carreta paraguaya, sus características y cómo eran sus viajes, especialmente los relacionados con San Antonio y el transporte de naranjas. Este es el texto que me entregó, y lo incluyo como apéndice, junto a otros artículos, en el libro que estoy escribiendo sobre la historia de San Antonio.

Carreta ñembyense y su boyero, el 1 de febrero de 1972, cerca del cerro Ñemby. Fotografía de José Blanch.
Historia

GENTILICIOS DE LOS BARRIOS DE ÑEMBY

Por Freddy Ovelar

En Ñemby conviven los barrios antiguos con nuevas micro identidades que surgen del crecimiento poblacional. Los documentos antiguos nos dicen que la columna vertebral de nuestra ciudad se apoya en cinco barrios principales: Caaguazú, Mbocayaty, Cañadita, Pa’i Ñu y Urugua’y. Este último barrio, por razones que aún desconocemos, con el tiempo pasó a llamarse Rincón, y de una parte de este surgió más tarde La Lomita. Lo curioso es que una parte de La Lomita todavía se conoce como Urugua’y. Además, existe otro sector vecino con ese mismo nombre que hoy ya figura como parte de Capiatá, y esto se debe a que Capiatá fue avanzando sobre territorio de Ñemby creando un conflicto de límites que actualmente las autoridades municipales están tratando de resolver. En cuanto al barrio Salinas, hoy tan importante, en los registros antiguos no aparece, lo que supone que probablemente Salinas haya sido antes una parte de Mbocayaty que, con el tiempo, se separó también para ser un barrio propio.

Hoy solemos ver en redes sociales a vecinos que defienden con fanatismo su territorio, diciendo: «Yo no soy de Pa’i Ñu, soy de Villa del Carmen» o «Vivo en Coca Cola, no en Pa’i Ñu». Lo mismo pasa con los habitantes de Villa Anita (Mbocayaty) o Villa Leticia (Caaguazú), quienes se identifican antes con su loteamiento o urbanización que con el barrio histórico al que pertenecen geográficamente. Esto es algo nuevo. En los últimos 30 años, el crecimiento de la ciudad creó barrios dentro de los barrios. Cuando una fracción de loteamiento o villa creció lo suficiente generó su propia dinámica comercial, sus propias comisiones vecinales y sus propios puntos de referencia (como es el caso de la fábrica de Coca Cola). Los vecinos ya no se sintieron parte de una extensión gigante de tierra, sino de su comunidad inmediata, la que veían al salir de su casa.

Pero no todos los barrios siguieron este camino. Cañadita es un caso excepcional. Aunque es uno de los barrios más grandes y antiguos, no se repartió como los otros en pedazos con nombres nuevos. Cañadita es solo Cañadita en toda su extensión. Los cañaditeños son cañaditeños de punta a punta de su barrio. En los registros antiguos, el barrio figura con el nombre de “Cañadita de La Frontera”, denominación que nos da una idea de su importancia y su gran extensión, incluso sugiriendo que pudo haber llegado a ser un pueblo independiente. Eso fue lo que pasó con San Antonio de La Frontera, que en 1903 se separó de Ñemby por petición de sus propios vecinos. Incluso cuando albergó una próspera colonia de inmigrantes europeos, Cañadita decidió seguir siendo parte de Ñemby. Lo normal en nuestro país era que las colonias de inmigrantes terminaran separándose para formar sus propias ciudades, pero en el caso de los vecinos de Cañadita, prefirieron quedarse con nosotros.

CÓMO NOS LLAMAMOS

Como sabemos que a veces es difícil saber cómo referirse a los vecinos de cada barrio, proponemos esta lista de gentilicios basada en el uso popular y la morfología del español:

Mbocayaty: mbocayatense

Pa’i Ñu: pa’iñuense

Cañadita: cañaditeño/a

Salinas: salinense o salineño/a

Caaguazú: caaguaceño/a

San Carlos: sancarleño/a

Rincón: rincoeño/a, rinconeño/a o rinconero/a

La Lomita: lomitense

San Miguel: sanmiguelino/a

Florida: floridense (también floridiano/a)

Los Naranjos: naranjeño/a o naranjoseño/a

Vista Alegre: vistaalegrense

Villa Leticia: leticiano/a o villaleticiano/a

Villa Anita: villanitense o anitense

Cerrito: cerritano/a

Santa Rosa: santarroseño/a

Coca Cola: coqueño/a

3 de Mayo: tresdemayense

Cerro Guy: cerroguyense o cerroguy´ense

La Conquista: conquisteño/a

Villa del Carmen: carmelense o carmelino/a

Pereco: perequeño/a

Ruta Ñemby, antiguamente conocida como «Quinto Camino Real a Ñemby», en la zona del arroyo Ytororö, finales de los 70. Libro: Madame Lynch.

POR QUÉ ÑEMBY SE LLAMABA ANTES SAN LORENZO DE LA FRONTERA

Historia

Por Freddy Ovelar

De territorio cario guaraní a pueblo capillero: la historia del nombre San Lorenzo de la Frontera y su regreso a Ñemby

En estos días de fiesta en Ñemby, siempre aparece la misma plática entre los vecinos: que cuando se creó la primera junta económico-administrativa del pueblo, el lugar se llamaba San Lorenzo de La Frontera. Todos los ñembyenses sabemos que ese fue el nombre oficial por mucho tiempo, y muchos también saben que, hacia 1945, pasó a llamarse otra vez Ñemby. El problema es que casi nadie tiene claro de dónde viene el nombre San Lorenzo de La Frontera. Hay incluso chapuceros locales que se hacen llamar “historiadores” que repiten que ese nombre surgió en 1899, y eso es un error tremendo. El nombre de San Lorenzo de la Frontera no fue un invento de 1899 ni un cambio repentino. El pueblo de San Lorenzo de la Frontera no nació de la nada en una fecha de escritorio: San Lorenzo de la Frontera ya existía desde 1718 como pueblo, y mucho antes como región habitada por los carios guaraníes, desde los primeros años de la conquista.

ÑEMBY Y LA FRONTERA: DOS NOMBRES PARA EL MISMO LUGAR

Para entenderlo, hay que ir a la época de la conquista. Los guaraníes llamaban Ñemby —que significa “abajo”— a un extenso territorio que iba desde lo que hoy es Limpio hasta Villeta. Le decían así porque era la zona “más abajo” de los carios que vivían en la margen izquierda del río Paraguay. Cuando llegaron los españoles, a ese mismo territorio lo empezaron a llamar “La Frontera”, probablemente porque marcaba el límite con otros pueblos indígenas: los paranáes más al sur y los guaicurúes al oeste, del otro lado del río. Así, los guaraníes lo llamaban Ñemby y los españoles, La Frontera (Duarte de Vargas, 2004).

Hasta 1714, La Frontera/Ñemby abarcaba lo que hoy son Lambaré, Villa Elisa, San Antonio, el actual Ñemby y Villeta. Después fue perdiendo territorio: primero Villeta (1714), luego Lambaré (convertida en barrio de Asunción), y más tarde San Antonio y Villa Elisa, ya en el siglo XX. De esta manera, Ñemby quedó sin salida al río, al que ancestral e históricamente estuvo ligado.

1718: LA CAPILLA QUE LE DIO NOMBRE AL PUEBLO

Pero vamos a la primera década de 1700. En esos años, La Frontera sufría ataques frecuentes de los guaicurúes y agaces que cruzaban desde el Chaco, robaban cosechas, mataban pobladores y atemorizaban a la gente que vivía dispersa y sin protección. En 1716, el gobernador Juan Gregorio Bazán de Pedraza quiso trasladar a todos los vecinos de La Frontera a Villeta para concentrarlos y poblar la nueva villa. El Cabildo de Asunción le dijo que no, porque si despoblaban La Frontera quedaría libre el camino para que los indios llegaran hasta más adentro de la provincia. En su lugar, propusieron hacer una casa fuerte para proteger a los pobladores de La Frontera (Velázquez, 1966).

Bazán murió en 1717 y su sucesor, Diego de los Reyes Balmaceda, tomó otra decisión: en vez de una fortaleza militar, ordenó construir una capilla dedicada a San Lorenzo, al pie del cerro y junto al arroyo Ñemby (González, 1994). Esa capilla fue terminada en 1718 y se convirtió en el centro del nuevo pueblo y en un punto de reunión y defensa.

A partir de ahí, La Frontera dejó de ser solo una región o un territorio disperso y pasó a ser un pueblo, un pueblo capillero, por ser un asentamiento que creció alrededor de una capilla. El santo patrón elegido fue San Lorenzo, un santo español elegido por los españoles que vivían allí.

DE LA FRONTERA A SAN LORENZO DE LA FRONTERA

Durante décadas, el pueblo siguió llamándose oficialmente La Frontera, tal como figura en documentos, en los relatos de los exploradores Félix de Azara y Juan Francisco Aguirre, y en antiguos mapas, pero poco a poco se empezó a agregarle el nombre de su santo patrón. Un documento de 1782, por ejemplo, menciona la parroquia de San Lorenzo de La Frontera como una de las principales de españoles en la provincia. En el interrogatorio y exposición del Procurador Síndico General de Asunción, Juan de Machain, durante el gobierno de Pedro Melo de Portugal, a San Lorenzo de La Frontera se lo menciona en la lista de las parroquias que componían un distrito eclesiástico en ese momento. Dice el documento: “(Los) Curatos mantienen sus Tenientes en proporcionadas distancias con sus respectivas ayudas de Parroquias, que son las siguientes: Primera, Nuestra Señora del Rosario de Luque: Segunda, de San José del Peñón: Tercera, San Lorenzo del Campo Grande: Cuarta, San Lorenzo de la Frontera: Quinta, Nuestra Señora del Rosario en Itauguá, etc.”. (Audibert, 1893). No se estaba hablando todavía de un pueblo con ese nombre, sino de la parroquia de San Lorenzo en el pueblo de La Frontera.

Ya en esos tiempos se veía que las parroquias dedicadas a San Lorenzo terminarían siendo también los nombres de dos pueblos vecinos. Uno estaba en Campo Grande, por lo que quedó como San Lorenzo “del” Campo Grande. El otro estaba en La Frontera, y por eso se llamó San Lorenzo “de” La Frontera.

Con el tiempo, y sobre todo gracias a la costumbre oral, el pueblo de La Frontera pasó a ser conocido directamente como San Lorenzo de La Frontera, para diferenciarlo del otro San Lorenzo, el más nuevo, el del Campo Grande, fundado en 1775.

EL REGRESO AL NOMBRE ORIGINAL

En los años 40, para evitar confusiones con San Lorenzo del Campo Grande, las autoridades decidieron devolverle al pueblo su nombre más antiguo y original: Ñemby, el mismo que le habían dado los carios mucho antes de que llegaran los españoles (Gutiérrez, 1977).

REFERENCIAS

Audibert, A. (1893). Los límites de la antigua provincia del Paraguay. Buenos Aires: Imprenta La Económica de Iustont Hnos. y Cía.

Duarte de Vargas, A. (2004). Raíces históricas de Ñemby. Ñemby: Inédito.

González, D. M. (1994). Origen e historia de los pueblos del Paraguay: toponimia guaraní. Asunción: Universidad Nacional.

Gutiérrez, R. (1977). Historia de la arquitectura del Paraguay, 1537-1911. Asunción: Comuneros.

Velázquez, R. E. (1966). La fundación de la Villeta del Guarnipitán en 1714 y la población del litoral paraguayo. Sevilla: Anuario de Estudios Americanos.

Fachada de la Iglesia San Lorenzo de Ñemby en 1977.

Creación de la Primera Junta Económico-administrativa de Ñemby (1899)

Historia

Por Freddy Ovelar

Cuándo y por qué Ñemby formó su primera municipalidad, más de 180 años después de su origen

Aunque mucha gente cree que Ñemby fue “fundado” en 1899, en realidad ese año se creó la primera Junta Económico-Administrativa del pueblo, que es algo muy diferente. Para entonces, el pueblo ya existía desde hacía más de 180 años, por lo que decir que se fundó el pueblo en 1899 es completamente erróneo. Ñemby era conocido entonces como San Lorenzo de La Frontera, y su origen se remonta a 1718, cuando se levantó una capilla en honor a San Lorenzo en la región de “La Frontera”, no lejos del río Paraguay. Esa capilla dio origen al pueblo de La Frontera, que con el tiempo adoptó el nombre de su santo y pasó a llamarse San Lorenzo de La Frontera, para diferenciarse del otro San Lorenzo, el más nuevo, el del Campo Grande, fundado en 1775.

Para 1899, Ñemby no era un simple caserío. Ya contaba con una iglesia establecida desde hacía casi dos siglos, nueve compañías, un puerto sobre el río Paraguay, un sacerdote, escuelas, y más de siete mil habitantes. El problema era que todo el poder del pueblo estaba concentrado en una sola persona, en Aniceto Benítez. Este hombre era juez, jefe político (comisario) y administrador municipal al mismo tiempo. Es decir, decidía sobre asuntos judiciales (como conflictos legales entre vecinos), el orden público y también sobre temas administrativos (como el uso del dinero del pueblo, los impuestos, o el mantenimiento de caminos y escuelas). Este exceso de responsabilidades hacía que muchos problemas no se resolvieran como se debiera. Por ejemplo, si alguien necesitaba hablar con el juez, no lo encontraba porque estaba cumpliendo funciones como jefe político en alguna compañía. O si había un reclamo administrativo, tampoco estaba disponible. Fue precisamente este problema lo que llevó a los vecinos a organizarse y reclamar una solución: la creación de una Junta Económico-Administrativa que distribuyera mejor las responsabilidades y ayudara al progreso del pueblo.

UNA CARTA QUE LO CAMBIÓ TODO

Los vecinos llevaban tiempo insistiendo ante el Ministerio del Interior para que se separaran los cargos de juez y jefe político, como ya se había hecho en otras localidades como Ypané y Colonia Elisa. Pero no tenían respuesta.

Entonces ocurrió algo fundamental: el 7 de julio de 1899, un vecino envió una carta al diario La Prensa de Asunción, exponiendo la situación de Ñemby. La carta fue publicada el 13 de julio y tuvo un fuerte impacto. En ella se contaba que el pueblo tenía ingresos suficientes (al menos 200 pesos mensuales) que no podían aprovecharse por falta de una junta que los administrara. También denunciaba que una misma persona manejaba los tres poderes del pueblo a su antojo, y que eso estaba afectando incluso a los comerciantes, algunos de los cuales ya estaban cerrando sus negocios.

EL DECRETO QUE FORMALIZÓ LA JUNTA

Gracias a la presión que generó esa carta —y a las gestiones que los vecinos ya venían haciendo—, el entonces presidente de la República, Emilio Aceval, firmó el 2 de agosto de 1899 un decreto que creaba oficialmente la Junta Económico-Administrativa de San Lorenzo de la Frontera.

El decreto también designaba a los primeros miembros de esta Junta: presidente Merardo Morales, vicepresidente Pedro Franchisena, y los miembros titulares José M. Delvalle, Conrado Goetz, Manuel Gómez y Venancio González.

Esta primera Junta Económico-Administrativa fue, en la práctica, la primera municipalidad del pueblo. Con su creación, se separaron por fin los demás poderes, como el judicial y el político, que siguieron bajo la responsabilidad del juez y el comisario.

La Casa de la Cultura de Ñemby, que durante muchos años fue sede de la Junta Municipal. Esta foto la tomé en 1999.

Los estacioneros de Ñemby. Una historia que camina

Cultural

Por Freddy Ovelar

Estacioneros de Ñemby, patrimonio excepcional de la religiosidad popular paraguaya.

En Ñemby, hay sonidos que solo se escuchan una vez al año, pero que parecen venir desde muy lejos. Son las voces de los estacioneros, hombres que caminan lentamente por las calles durante la Semana Santa, cantando con el alma rota. Sus cantos, sin instrumentos ni acompañamientos, atraviesan la noche y las casas en silencio, recordando la pasión de Cristo. Llevan una cruz, un estandarte y faroles encendidos. No necesitan nada más. Con sus voces basta.

Estacioneros de la Capilla Inmaculada Concepción de María del barrio Salinas, participando en el Vía Crucis de la parroquia de Ñemby, en 1994.

Los estacioneros llevan este nombre porque recorren simbólicamente las 14 estaciones del Calvario de Jesús. Su paso es lento, solemne, como si cada uno cargara su propia cruz. Su jornada más intensa es el Jueves Santo, aunque ya comienzan el miércoles. Ese día salen a recorrer los barrios desde las seis de la tarde hasta la madrugada del viernes, visitando capillas y casas que han preparado un calvario. Este calvario es un arco adornado con hojas de pindó, de caña dulce o de castilla, laurel jhu, ramas de ka’avove’í o de otros árboles, donde se coloca una cruz, una imagen sagrada, flores y una vela encendida. En algunas paradas, los dueños de casa salen con velas encendidas para recibir a los estacioneros y se arrodillan. Los maestros también se arrodillan frente al calvario familiar, mientras los estacioneros entonan un canto breve y dolido. Al finalizar el ritual, los anfitriones agradecen la visita ofreciéndoles chipa, sopa o cigarro, y como se hacía antiguamente, también caña. Además, entregan una vela sin encender para reponer la del farol del grupo, y los cantores siguen su camino. Muchos vecinos apagan sus radios o televisores, interrumpen sus quehaceres, y se asoman a sus ventanas o salen de sus casas para observar en silencio el paso apesadumbrado de los estacioneros.

El Viernes Santo participan en la lectura de las 7 palabras en la iglesia de Ñemby. Después de cada palabra, entonan lamentos desgarradores. Acompañan el tradicional «Tupaitû» mientras el cuerpo de Jesús está cubierto por una sábana blanca. Luego acompañan la procesión con el cuerpo presente de Cristo, cantando amargamente. Por la noche, continúan visitando casas y cantando hasta aproximadamente medianoche. Así se despiden, hasta su reaparición en el Curuzú Ára, o en otras fechas como los novenarios o el Día de los Difuntos.

¿De dónde vienen los estacioneros?

Es difícil decir con exactitud cuándo nació esta tradición. Hasta bien entrada la primera mitad del siglo XX no hay documentos que lo confirmen, ni fotografías ni retratos en la pintura costumbrista, donde sí aparecen aguateros, lavanderas, burreritas, serenateros o naranjeras. Tampoco figuran en textos históricos ni revistas de la época. Para rastrear su origen, revisamos más de 140 ediciones de La Tribuna, El País y El Pueblo, entre 1939 y 1945, en plenas fechas de Semana Santa, en la hemeroteca Carlos Antonio López de Asunción. No encontramos una sola mención a los estacioneros. Ni siquiera aparecen en los artículos religiosos o en los programas litúrgicos. Es como si, antes de 1950, no hubieran existido en el registro escrito.

Lo que sí se sabe es que su espíritu viene de lejos. Entre los primeros testimonios escritos sobre la Pasión de Cristo se encuentra el de una viajera llamada Egeria, una peregrina que partió desde la actual Galicia hacia Jerusalén entre los años 381 y 384. En su diario —conocido como Itinerario de Egeria— relató cómo, en la Semana Santa, los fieles recorrían los lugares sagrados mientras leían y cantaban pasajes del Evangelio (Muncharaz, 2012). Se trataba de una forma sencilla de conmemorar el sufrimiento de Jesús, con oraciones, himnos y figuras simbólicas. Claro que Egeria no menciona nada parecido a los estacioneros, pero ese espíritu de caminar rezando, en colectividad, acompañando a Cristo, ya estaba presente hace más de 1600 años.

Con el tiempo, esa costumbre fue tomando forma en Europa, especialmente en España, donde surgió el Cantus Passionis o Canto de la Pasión (González Valle, 1992). Se cantaba a capela, sin instrumentos, con un tono triste y profundo, y con varios cantores que asumían distintos roles: uno narraba, otro representaba a Jesús, y un coro hacía de pueblo. Durante siglos, este canto se realizó en iglesias durante la Semana Santa, con dramatización, luces tenues y una profunda carga emocional. El objetivo era claro: conmover y enseñar. Este Cantus Passionis era muy común en regiones como Castilla, de donde procedían muchos de los misioneros franciscanos y jesuitas que vinieron al Paraguay en los siglos XVI y XVII. Hay consenso entre los estudiosos en que los franciscanos trajeron el rito del Vía Crucis, y los jesuitas introdujeron la educación musical y el canto gregoriano en las reducciones indígenas (Fahrenkrog  2020). Los franciscanos, en especial, trajeron una forma de vivir la fe muy cercana a la gente. Promovían una religiosidad simple, enfocada en la vida de Jesús, la Virgen y los santos. Por eso muchas tradiciones que hoy nos resultan familiares en Paraguay, como los pesebres, las novenas, las procesiones o las fiestas patronales, tienen que ver con ellos. No era solo enseñar desde un púlpito, sino compartir, celebrar y rezar con la comunidad.

De ahí que se tienda a afirmar que los estacioneros son herederos de las prácticas introducidas por estas órdenes religiosas. A primera vista, parecería que lo que antes se cantaba en latín y bajo el control de la Iglesia en Europa, se transformó aquí en una expresión en guaraní y jopará, nacida del pueblo y para el pueblo. Sin embargo, lo curioso es que, a pesar de las similitudes, no contamos con registros que permitan entender claramente cómo se produjo esa evolución, si es que realmente ocurrió. ¿Cómo pasamos del canto sacro europeo al grupo de hombres humildes que hoy recorren las calles cantando las estaciones del Vía Crucis?

Estacioneros de la Capilla Santísima Cruz de Rincón durante una grabación para el Canal 9 (SNT) en los años 90. El uniforme que usan sigue siendo el mismo hasta hoy. Foto de Marcelo Danei.

Un documento que ayuda a imaginar los antiguos ritos religiosos en Paraguay es el informe del teniente gobernador Gonzalo de Doblas, escrito en 1785. En él describe con detalle cómo se vivía la Semana Santa en los pueblos guaraníes. No habla de estacioneros, pero sí de ciertos grupos de niños que, por su forma de participar, recuerdan vagamente a ellos. Este es un fragmento de lo que escribió sobre el Miércoles Santo: “Las funciones de Semana Santa se hacen con bastante solemnidad y devoción, aunque con poca decencia las procesiones, por lo imperfecto de las imágenes, y ningún adorno de todo cuanto en ella sirve. En algunos pueblos comienzan la procesiones desde el lunes santo, pero lo más común es desde el miércoles; este día a la tarde se cantan en la iglesia las tinieblas con toda la música, con tanta solemnidad como pudieran en una colegiata en donde es de admirar el oír cantar lamentaciones y demás lecciones a muchachos de 8 a 10 años de edad. Duran las tinieblas hasta las oraciones, a cuya hora, al tiempo de “Miserere mei Deu”, cerradas las puertas y apagadas las luces, se azotan rigurosamente los indios, poco después se hace la plática de pasión en el idioma guaraní, la que acabada, se dispone la procesión de esta forma. Dispuestas las imágenes que han de salir en la procesión, y pronta la música en el medio de la iglesia, van entrando por la puerta, que cae al patio del colegio, varios muchachos vestidos con sotanillas y roquetes de los acólitos, con los instrumentos y signos de la pasión de Cristo. Entra uno de estos con la linterna, y dos a su lado con dos faroles hechos con telas de las entraña de los toros, puestos en la punta de cañas largas; se hincan de rodillas delante de la imagen que está en medio de la iglesia y, entre tanto, canta la música un motete en guaraní, que expresa aquel paso, el que concluido se levantan todos los muchachos, y siguen a ponerse en orden de la procesión, y entran otros con otra insignia; y así van siguiendo, hasta que concluyen todos, que son tal vez 20 o más, y las insignias que llevan son tan toscas..(…). Luego que acaban de pasar, se levanta el cura y los demás que han estado sentados entretanto, y sigue la procesión, que sale y anda alrededor de la plaza, que esta iluminada, y dispuestos en las cuatro esquinas altares para hacer paradas” (Doblas, 1785, citado en Gómez-Perasso y Szarán, 1978). A primera vista, podría parecer una versión muy temprana y distinta de lo que más tarde serían los estacioneros: niños vestidos con sotanas, llevando elementos hechos rústicamente con los materiales que tenían a mano: insignias, faroles de cuero y caña, y cantando motetes en guaraní. Además, la procesión salía a la plaza, donde se hacían paradas frente a altares, lo que recuerda un poco a las estaciones de hoy. Pero hay diferencias importantes: los protagonistas eran niños organizados por la iglesia, todo partía desde el templo y estaba dirigido por el cura. Muy lejos aún de los grupos autónomos y callejeros que hoy recorren Ñemby.

Aquí en Ñemby, usamos el nombre “estacioneros” para referirnos a estos grupos. Ese es el único nombre que usamos, sin vueltas ni variantes. En otros rincones del país también se los llama “pasioneros”, “procesioneros” y, en menor medida, “pasionistas” o “faroleros”. Según cuenta Ramiro Domínguez, en el esquema del Guairá —que abarca Guairá, Caazapá y Caaguazú—, no aparece la palabra “estacionero” en los estudios del antropólogo León Cadogan. Él sostiene que es un término exclusivo del entorno asunceño (Domínguez, 1993). Y como la expresión estacionero solo usamos en Paraguay, rastreamos el significado de las palabras pasionista y pasionario en antiguos textos de España, para ver si existía alguna relación con nuestra tradición. Así descubrimos que los pasionistas eran una congregación religiosa fundada por el sacerdote Pablo de la Cruz en 1720, cuya misión era mantener viva la memoria del sufrimiento y el amor de Jesús crucificado. También encontramos que en el siglo XVII, en Salamanca, se usaba el término pasionero para referirse a clérigos encargados de los oficios religiosos de la Semana Santa (Pinar, 2010). La Real Academia Española definía en 1780 al «pasionero» como aquel que “canta la Pasión en los Oficios Divinos de la Semana Santa” (Diccionario de la lengua castellana, 1780). Esto indica que los pasionistas y pasioneros antiguos eran en realidad clérigos y no personas del común. Difícil, entonces, trazar una línea directa entre ellos y nuestros estacioneros, que surgieron fuera del ámbito clerical y sin formación religiosa. Más allá de la similitud en los nombres, parece que sus caminos fueron totalmente distintos.

«El que canta la Pasión en los Oficios Divinos de la Semana Santa’. Así definía el Diccionario de la lengua castellana al término pasionero en 1780, añadiendo que «en algunas partes se llaman pasionistas» (Diccionario de la lengua castellana, Tomo I, Real Academia Española, 1780).

Ya en la época de la independencia, alrededor de 1820, el comerciante inglés John Parish Robertson fue testigo de los ritos de Semana Santa en Asunción. En su relato tampoco aparece nada que se parezca a los estacioneros. Lo que sí describe es al pueblo recorriendo las iglesias y rezando en cada una de ellas, una costumbre que hoy también nos resulta familiar. Decía, por ejemplo: “El Jueves Santo toda la población de la ciudad estaba en movimiento rezando las estaciones o recorriendo distintas iglesias y repitiendo en cada una de ellas un cierto número de plegarias” (Robertson, 1838, citado en Gómez-Perasso y Szarán, 1978).

Incluso, en las primeras décadas de ese siglo todavía hay vacíos: ni siquiera en tiempos de Emiliano R. Fernández parece existir el término “estacionero” ni se insinúa la existencia de grupos similares. Se suele decir que el “poeta del pueblo” estuvo ligado a esta tradición, pero no hay pruebas que lo confirmen. Lo más probable es que haya sido después de su muerte, en 1949, cuando los estacioneros empezaron a musicalizar sus poemas, como “Ojope Kangy” y “Semana Santa”, para cantarlos en sus recorridos. En el poema “Semana Santa”, Emiliano describe toda la celebración, desde el Domingo de Ramos hasta el Sábado de Gloria. Si los estacioneros ya existían, uno pensaría que los habría mencionado. Pero no lo hace. Eso sí, en la parte XV del poema dice en guaraní que el vecindario “está en estación”, pero evidentemente se refiere a los vecinos participando en las estaciones del Vía Crucis, no a los estacioneros como los entendemos hoy. Aquí el fragmento:

«Tape ykére kurusu

Rehecháma oñembo-calvario

Ha estación-pe vecindario

Oñembo’éma a Jesús”.

Puede que los estacioneros ya existieran hacia el final de la vida de Emiliano, pero como recién estaban surgiendo, no llegaron a ser visibles para él. Si los hubiera conocido, estamos seguros que su profunda fe y su rol como ñembo’e ýva lo habrían llevado a escribir sobre ellos y, tal vez, a ser uno de ellos.

Lo más probable es que los primeros grupos de estacioneros, tal como los conocemos hoy —con su forma de cantar, vestir y recorrer los barrios— hayan surgido en la primera mitad del siglo XX, entre las décadas de 1920 y 1940. El grupo de estacioneros más antiguo registrado en Ñemby es la Sociedad Católica Amparo Seguro de los Cristianos, formada el 8 de abril de 1948 en el barrio Rincón (aunque su origen se remonta a años anteriores), y ligado a la capilla Santísima Cruz del mismo barrio. Los estacioneros de la capilla San Francisco de Asís de Cañadita afirman que en 1941 comenzaron los primeros pasos para la creación del grupo. Estas fechas coinciden más o menos con la aparición de otros grupos en distintas ciudades: los estacioneros de la capilla Santa Catalina en la Zona Sur de Fernando de la Mora afirman haber empezado en 1928; los de Loma San Jerónimo de Asunción, en 1935; los de Ysaty de Asunción, en 1949, y los de Mbocayaty de Villa Elisa, en 1959. Estos son los más antiguos, pero es recién entre mediados de los años 80 y durante la década del 90 que aparecen muchos más grupos.

En algunos casos, como en el departamento de Misiones, se suele pensar que los estacioneros tienen una larga historia, especialmente en Tañarandy, donde la celebración actual es muy reconocida. Pero en realidad, en esa zona no se registraban grupos de estacioneros antes de 1992, cuando el artista Koki Ruiz impulsó una procesión experimental en el Viernes Santo, que con el tiempo se convirtió en un evento masivo y emblemático. Antes de eso, solo en Jesús había un grupo de estacioneros, formado por una familia que trajo la tradición desde Villa Elisa en la década de 1950.

Entonces, ¿por qué se cree que esta tradición viene desde la época de las misiones? Tal vez porque el canto suena a siglos pasados. Tal vez porque muchos estacioneros aprendieron de sus padres y abuelos, y eso crea una sensación de antigüedad. Porque antes caminaban descalzos, por caminos de tierra y monte, en noches oscuras, con cruces talladas por ellos mismos y con ropas hechas en casa. Daban la impresión de salir de otro siglo. O de otro mundo. Como si vinieran del tiempo de Jesús, con la misma fe sencilla, la misma forma de andar. Los propios grupos ayudan a reforzar esta idea de antigüedad. Cándido Ortiz, el estacionero más veterano de la capilla Inmaculada Concepción de María de Cañadita, tiene 78 años y afirma haber heredado la tradición de su padre, lo que indica que comenzó a participar alrededor de 1960, cuando tenía unos 13 años. Es posible que el padre de Ortiz haya heredado la tradición de su propio padre (el abuelo de Ortiz), quien probablemente fue uno de los primeros en practicarla, más o menos entre 1920 y 1940, cuando la tradición todavía estaba comenzando o en proceso de consolidación. En una época en que los hombres eran padres a edades más tempranas, las generaciones se acortaban, lo que puede generar una ilusión de mayor antigüedad. Además, la foto más antigua oficialmente registrada de un grupo de estacioneros en Paraguay fue tomada en Ñemby en 1963, y refuerza la idea de que la tradición no es tan antigua como se cree. Curiosamente, fue recién a finales de la década de 1960, con la llegada del diario ABC Color, cuando los estacioneros —especialmente los de Ñemby— comenzaron a aparecer en reportajes de Semana Santa.

Esta foto de 1963 es la imagen oficialmente más antigua que encontramos de los estacioneros de Ñemby —y posiblemente de todo Paraguay— durante nuestra investigación. Es un valioso testimonio para nuestra historia. Cortesía del padre Hugo Adrián Fernández Valiente, director del Museo Eclesiástico Juan Sinforiano Bogarín.

Para entender el surgimiento de los estacioneros, también es importante mirar el contexto cultural y religioso entre 1920 y 1940. Fue un periodo de resurgimiento del teatro y de la poesía en guaraní (Meliá, 1992), y al mismo tiempo, la Iglesia atravesaba una profunda crisis. Había escasez de sacerdotes y la formación religiosa de la población era muy limitada. Según un estudio realizado por Banducci Júnior y Amizo en 2011, desde la independencia el Estado fue debilitando el poder de la Iglesia, lo que afectó gravemente la transmisión de la fe. A mediados del siglo XIX, había apenas un sacerdote para cada 8.000 personas, y para 1914 la situación empeoró: solo quedaban 101 sacerdotes en todo el país, lo que significaba uno por cada 16.000 habitantes. Con tan pocos curas, muchas comunidades quedaron a la deriva, y la gente empezó a organizarse por su cuenta para mantener vivas sus creencias y tradiciones religiosas. En ese contexto, los laicos asumieron un papel más activo, tomando el control de las ceremonias, peregrinaciones, rezos y otras expresiones de fe. Así nacieron formas de religiosidad popular, muchas veces espontáneas, que no siempre eran bien vistas por la Iglesia. Como parte de este proceso de apropiación popular de la religión, podrían haber surgido los estacioneros.

Un ejemplo muy claro de esa religiosidad popular, que antecede directamente a los estacioneros, aparece en el recuerdo de Ramiro Domínguez. Según él, hacia la década de 1940, existían los purahéi ñembo’e o ñembo’e purahéi, cantos religiosos del pueblo que también se conocían como loadas. Él recuerda que, de niño, cuando iba con sus padres a la estancia, era muy común escuchar las «loadas del sábado ka’aru». Domínguez explica que la palabra loada viene de “loar”, que significa alabar, y que es un arcaísmo que se conservó en el habla paraguaya. También cuenta algo que coincide con lo que venimos observando: como había muy pocos sacerdotes, la gente se organizaba por su cuenta y se reunía en torno a alguna capilla o pequeño oratorio para rezar y cantar. A veces hacían el rosario cantado; otras veces, rezaban primero y después venían los cantos: las loadas o ñembo’e purahéi. Todavía no existía un nombre especial como “estacioneros” para quienes cantaban. Era simplemente el pueblo reunido. Casi siempre había alguien que guiaba el rezo, el llamado ñembo’e yvâ (Domínguez, 1993). Teresa Méndez-Faith también destaca esta continuidad entre los antiguos cantos religiosos del pueblo y los grupos de estacioneros, aunque los vincula con la tradición jesuítica. Dice: “En el teatro jesuítico tuvo mucha preponderancia el purahei ñembo’e (rezo cantado), origen de los estacioneros” (Méndez-Faith, 2001).

Banducci Júnior y Amizo explican que el clero, al querer imponer un orden moral más estricto, no supo entenderse con estas formas espontáneas de fe, a las que miraba con recelo. Según los autores, no fue sino hasta las décadas de 1950 y 1960, con las reformas del Concilio Vaticano II, cuando la Iglesia empezó a abrirse más al mundo moderno y a aceptar mejor las tradiciones populares (Banducci Júnior & Amizo, 2011). Aun así, la aceptación no fue completa y, de hecho, los estacioneros seguían siendo mal vistos. Considerados más como expresiones populares que como parte de lo religioso, la sociedad misma los consideraba poco importantes. En 1975, durante el II Encuentro sobre Religiosidad Popular y Liturgia realizado en Asunción por el Consejo Episcopal Latinoamericano, se llegó a sugerir que los cantos de los estacioneros fueran reemplazados por otros “más comprensibles”. En las conclusiones del encuentro, se recomendaba que la Iglesia debía “propiciar, promover y si fuera posible auspiciar la creatividad musical y religiosa para la Semana Santa, que reemplace al canto hoy no comprendido de ciertos ‘estacioneros‘” (CELAM, 1978).

Pero, al final, los estacioneros resistieron. Hoy, aunque sus orígenes sigan siendo un misterio, existen, caminan y cantan. No necesitan pruebas ni documentos. Su presencia es real, viva, y profundamente humana. Se ha dicho que sus vestimentas y rituales recuerdan a las cofradías de Sevilla, que también portan cruces, estandartes y entonan cantos gregorianos. Es posible que esas imágenes hayan inspirado a alguien, en algún rincón del Paraguay –¿por qué no en Ñemby?–, hace cien años o menos. Quizás todo empezó con un pequeño grupo, un canto aprendido de oído, una cruz improvisada, y una noche de Jueves Santo. De ahí en más, la tradición caminó sola.

Elementos distintivos

En Ñemby, el estacionero forma parte del corazón mismo de las celebraciones de Semana Santa. A diferencia de otras ciudades donde su participación se limita a los alrededores de los templos o a simples recorridos procesionales, en Ñemby los estacioneros entran a la iglesia, toman parte activa del ritual, entonan alabanzas y organizan, junto con los encargados de liturgia, las estaciones del Viacrucis. No son figuras marginales ni meras presencias simbólicas. Su presencia no es decorativa ni periférica, sino central.

Esto contrasta con lo que ocurre en otras ciudades del país, como Horqueta, Concepción o Pedro Juan Caballero, donde los estacioneros no están integrados de manera orgánica a la liturgia eclesiástica. En esos lugares, los estacioneros suelen concentrarse en los cementerios el Viernes Santo, en celebraciones donde lo religioso convive con lo festivo. Los grupos son menos formales, a veces pequeños, incluso dúos de mujeres, y es común que acepten una colaboración o un refrigerio. En algunos casos, hay consumo de alcohol durante los cantos. Desde la Iglesia se critica estas prácticas por considerarlas alejadas del verdadero sentido del ritual. Frente a esto, los estacioneros de Ñemby se destacan por seguir con seriedad las normas de la liturgia, no aceptar ningún tipo de pago y no permitir el consumo de alcohol, reafirmando así una devoción seria, ordenada y muy cercana a la comunidad (Banducci Júnior & Amizo, 2011).

Los grupos son de varones o de mujeres, nunca mixtos. También hay grupos formados por hombres y niños, a quienes se les llama “semilleros”. Para mantener viva la tradición, los adultos integran a sus hijos desde pequeños. A veces, incluso son los niños “semilleros” quienes invitan a sus padres a participar. Así, se busca que esta costumbre no desaparezca, ya que en varias localidades del país —e incluso en Ñemby— hay grupos que se han ido perdiendo con el tiempo.

Estacioneros acompañados por «semilleros» de la Capilla Inmaculada Concepción de María del barrio Cañadita, año 2018. Foto del Cerro Cultural Ñemby.

En localidades como Villa Elisa, Ysaty o San Jerónimo, los grupos suelen formarse a partir de asociaciones, clubes o clanes familiares con hermanos, primos, hijos y nietos. En Ñemby, los estacioneros nacen directamente de las capillas barriales. Su identidad está fuertemente vinculada a la devoción religiosa de su comunidad y al santo patrono de su capilla. Esa relación es tan fuerte que, en 1950, los estacioneros del barrio Salinas incluso fundaron la capilla Inmaculada Concepción de María, aunque eligieron como su patrona particular a la Santísima Cruz. Esa conexión espiritual también se refleja en su vestimenta, que suele llevar los colores del santo o santa que veneran. Por ejemplo, los estacioneros de la capilla Inmaculada Concepción de María de Cañadita visten de blanco, azul y negro: el blanco simboliza la pureza, el azul la paz, y el negro el luto.

Imagen de la Santísima Cruz, patrona de los estacioneros de la Capilla Inmaculada Concepción del barrio Salinas, fundada por los propios estacioneros del lugar.

La indumentaria de los estacioneros de Ñemby se ha ido transformando con los años. Anteriormente iban descalzos y vestidos de luto riguroso. Hoy optan por una vestimenta más elegante, aunque diseñada por ellos mismos, ya que no existe una boutique para estacioneros. Usan pantalones y camisas con franjas de colores, una capa corta o pañoleta bordada con una cruz que cae sobre el hombro y una diminuta corbata, que los grupos consideran un símbolo de distinción. Las mujeres suelen usar túnicas y tocas, mientras que los niños se visten igual que los hombres. A diferencia de los grupos de otras ciudades, que usan birretes, bandas y fajas, los ñembyenses prefieren una imagen sobria pero decorosa.

Entre los años 1960 y principios de 1970, Ñemby llegó a contar con hasta doce grupos de estacioneros (Abc color, 1974). Actualmente, la ciudad cuenta con diez grupos activos, entre los cuales se encuentran:

1-  Grupo de la Capilla Santísima Cruz de Rincón, formado el 8 de abril de 1948 por Gumercindo Duarte, aunque la tradición es anterior, ya que Duarte la heredó de su padre.

2-  Grupo de la Capilla Inmaculada Concepción de María de Salinas, formado el 24 de junio de 1950, misma fecha en que los propios estacioneros fundaron la capilla.

3-  Grupo de la Capilla San Francisco de Cañadita, varones, formado alrededor de 1955, aunque sus orígenes se remontan a 1941.

4-  Grupo de la Capilla Inmaculada Concepción de María de Cañadita, varones, formado el 14 de enero de 1956.

5-  Grupo de la Capilla Inmaculada Concepción de María de Cañadita, mujeres, formado en 2003.

6-  Grupo de la Capilla San Juan Bautista de Cañadita, varones (fecha de formación desconocida).

7-  Grupo de la Capilla San Juan Bautista de Cañadita, mujeres (fecha de formación desconocida).

8-  Grupo de la Capilla San Jorge de Mbocayaty (fecha de formación desconocida).

9-  Grupo de la Capilla San Blas de Rincón, Tape Guazú (fecha de formación desconocida).

10-  Grupo de la Capilla Santísima Cruz de Pa’í Ñu (fecha de formación desconocida).

Aunque el estilo de los cánticos es netamente local, se perciben influencias del canto gregoriano y de la música española antigua. Estos cánticos se interpretan a capela, sin acompañamiento instrumental, y pueden ser en español, guaraní o jopará. El tono melancólico de las canciones simboliza el sufrimiento de Cristo, dando la impresión de que los estacioneros lloran mientras cantan. Sus letras hablan de la pasión, la crucifixión y muerte de Jesús, también de la Virgen María, y de otros momentos de la Semana Santa. Algunas canciones son desgarradoras, mientras que otras tienen un tono más meditativo. Según el investigador Mario Rubén Álvarez, estos cantos suelen realizarse a dos voces, combinando intervalos de tercera mayor y menor, con una tonalidad predominante en sol mayor (Álvarez, 2002). Por su parte, el director de orquesta Sánchez Haase señala que también pueden escucharse en una sola voz, a dos o incluso a tres voces, manteniendo siempre un ritmo sencillo en compás de 2/4. La forma de cantar es nasal, lo que le da un sonido particular, profundo y dolido. El cantante lírico Alejandro Méndez Mazzo explica que esta técnica no perjudica la voz, y que incluso es usada como ejercicio vocal para activar los resonadores nasales (Última Hora, 2009).

Estacioneras de la Capilla San Juan Bautista del barrio Cañadita, año 2018. Llevan los mismos elementos que los varones: la cruz, la bandera y el farol.

Las canciones son mayormente anónimas y se han transmitido de manera oral por generaciones. A veces, las letras las componen los propios miembros del grupo, como los maestros o aquellos con la capacidad de escribir poesía. Debido a que muchos de los antiguos estacioneros apenas sabían leer y escribir, los versos se aprendían de memoria y con el tiempo fueron perdiendo su forma original, llegando a volverse incoherentes y difíciles de entender. Bartomeu Meliá cita a Alcibíades González Delvalle en Estacioneros de Perasso y Szarán: “Quedan las palabras de la lengua sin la lengua, de tal manera que ‘los versos originales casi ya no existen, por lo menos así como fueron escritos. Con rigurosidad gramatical no entenderíamos muchas estrofas. Los mismos estacioneros no las entienden, pero las sienten’” (Meliá, 1992). Algunos opinan que esta poesía debería corregirse para recuperar su claridad original. Nosotros preferimos sumarnos a quienes valoran la imperfección como belleza y testimonio de un arte popular.

Manuscrito de un estacionero de Ñemby con la letra de la canción “De rodillas”. Se observan errores gramaticales y de ortografía que afectan el sentido en varias partes del poema. Pero, más que la corrección gramatical, lo que importa es cómo se oye al entonarlo.

Como dijéramos, en Ñemby la tradición no pasa de generación en generación por linaje, sino por pertenencia religioso-barrial. Eso le da un carácter abierto y comunitario, pero también más vulnerable al olvido. Por eso, los grupos se esfuerzan por preservar su herencia escribiendo sus letras en cuadernos para evitar perderlas. En abril de 2023, consultamos a Cándido Ortiz sobre la cantidad de canciones en el repertorio de la capilla Inmaculada Concepción de Cañadita, y nos dijo que eran cerca de 500. También hablamos con un miembro del grupo de estacioneros de la capilla San Francisco de Asís, quien estimó que tenían unas 70. Cada grupo tiene su propia decisión: algunos siguen ampliando su repertorio; otros consideran que lo que poseen es justo y suficiente para conservar su memoria y cumplir con su misión.

Anteriormente, sin embargo, tener un repertorio amplio no solo era valioso, sino necesario. En tiempos en que existía el Kurusu Ñuguaitî —un encuentro ritual entre grupos que se cruzaban en el camino— la cantidad de canciones podía marcar la diferencia entre ganar o perder. Cuando dos grupos se encontraban frente a frente, uno iniciaba el “requerimiento”, preguntando al otro: “¿De dónde vienes?” El otro grupo daba entonces la “contestación”, diciendo: “De la casa de Jerusalén al encuentro del Señor”. Luego, los bandereros se acercaban rápidamente haciendo tres reverencias con su bandera, hasta encontrarse en el centro del camino. A veces seguían su recorrido, pero otras veces comenzaba una competencia de canto que podía extenderse hasta el amanecer, y solo terminaba cuando uno de los grupos, el perdedor, se quedaba sin canciones.

Imagen de los estacioneros de la Capilla San Francisco de Asís del barrio Cañadita, gentilmente cedida por el grupo. Probablemente tomada en el año 2018.

En ese contexto, era común que los estacioneros intentaran apropiarse en secreto de letras ajenas, para asegurarse una mayor duración en estas competencias. Cada grupo cuidaba entonces su repertorio como un tesoro litúrgico valioso, como un patrimonio estratégico que no debía compartirse. Con los años, el Kurusu Ñuguaitî fue desapareciendo en Ñemby, y también el temor a perder en público, por lo que estos encuentros dejaron de realizarse hace aproximadamente 40 años. Para evitar la vergüenza de ser vencidos, los grupos comenzaron a coordinar sus rutas para evitar el cruce. Hoy ya no hay “robos musicales”, pero cada grupo sigue protegiendo sus letras como una marca propia.

En la Cuaresma, los estacioneros inician los ensayos que los prepararán para las noches del Vía Crucis. El canto no se improvisa: requiere tiempo, paciencia y armonía. Los grupos suelen componerse idealmente por 14 personas, en representación de las 14 estaciones del Vía Crucis, aunque pueden variar entre 10 y 20 integrantes. Superar los 18 ya implica desafíos técnicos, como mantener la afinación y coordinar las voces. Los grupos muy reducidos también pueden tener dificultades para sostener la polifonía (Banducci Júnior & Amizo, 2011).

Además de su participación en Semana Santa, los estacioneros de Ñemby también suelen cantar en otras fechas importantes, como los rezos familiares, el Kurusu Ara (Día de la Cruz, 3 de mayo), el Día de Todos los Santos (1 de noviembre), los novenarios y, en algunas ocasiones, la fiesta patronal de la ciudad, el 10 de agosto.

Estacioneros de la Sociedad Amparo Seguro de los Cristianos de la Compañía Rincón, durante el Viernes Santo de 2023, en la Parroquia de Ñemby. Foto de Abc color.

NOTA DEL AUTOR: Este trabajo busca ser el más completo sobre los estacioneros de Ñemby, y aún está en proceso...

Referencias

ABC Color. (1974, 14 de abril). Semana Santa en Ñemby: Llegan los cambios a una arraigada tradición. ABC Color. Asunción.

Álvarez, M. R. (2002). Lo mejor del folklore paraguayo. Asunción: Editorial El Lector.

Banducci Júnior, A., & Amizo, I. B. (2011). Rituais populares e a Igreja Católica no Paraguai. En IV Taller: Paraguay desde las ciencias sociales (pp. 1–24). Rosario.

Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM). (1978). La Iglesia y América Latina: aportes pastorales desde el CELAM, conclusiones de los principales encuentros organizados por el CELAM en los diez últimos años (Tomo 1). Secretariado General del CELAM.

Doblas, G. de. (1836). Memoria histórica, geográfica, política y económica sobre la provincia de Misiones de indios guaraníes. Imprenta del Estado. Buenos Aires.

Domínguez, R. (1993, 10 de abril). El “purahéi ñembo’e” o el canto de los “estacioneros” [Entrevista por M. R. Álvarez]. Última Hora, Correo Semanal. Asunción.

Fahrenkrog Cianelli, L. (2020). Los “indios cantores” del Paraguay. Prácticas musicales y dinámicas de movilidad en Asunción colonial (siglos XVI-XVIII) Buenos Aires: SB.

González Valle, J. V. (1992). La tradición del canto litúrgico de la Pasión en España: Estudio sobre las composiciones monódicas y polifónicas del «cantus passionis» en las catedrales de Aragón y Castilla. Madrid: Consejo Superior de Investigaciones Científicas.

Gómez-Perasso, J. A., & Szarán, L. (1978). Estacioneros. Editorial Arte Nuevo. Asunción.

Méndez-Faith, T. (2001). Teatro paraguayo – Tomo I (A-G). Intercontinental Editora.

Melià, B. (1992). La lengua guaraní del Paraguay. Madrid: MAPFRE.

Muncharaz Rossi, A. (2012). El viaje de Egeria: La peregrina hispana del siglo IV. Madrid: Ediciones Palabra S.A.

Pinar, F. J. L. (2010). Fiesta religiosa y ocio en Salamanca en el siglo XVII (1600–1650). Ediciones Universidad de Salamanca.

Real Academia Española. (1780). Diccionario de la lengua castellana (Tomo 1). D. Joaquín Ibarra, impresor de Cámara de S.M. y de la Real Academia.

Robertson, J. P. (1838). Letters on Paraguay. Londres: Murray & Street.

Última Hora. (2009, abril 11). Purahéi asy, el cántico de los estacioneros. Asunción: Editorial El País.

EL FRIGORÍFICO IPC DE SAN ANTONIO, EL MÁS MODERNO DE AMÉRICA DEL SUR

Historia

Por Freddy Ovelar

El interés por la industrialización de la ganadería en Paraguay comenzó en 1915, en pleno contexto de la Primera Guerra Mundial. El empresario estadounidense George Lewis Rickard propuso la construcción de un frigorífico al sur de Asunción con capacidad para procesar 300 cabezas de ganado al día. Este proyecto fue aprobado por el Congreso y ratificado por el Presidente el 14 de julio de 1915, con un capital inicial de 1.500.000 dólares oro. Parte de este capital sería suscrito en Paraguay y el resto en Estados Unidos. A la empresa se le otorgaron importantes beneficios y condiciones, como la exoneración de derechos de importación sobre maquinaria, útiles y materiales necesarios para la planta, así como la exoneración de impuestos sobre las exportaciones de carne congelada y otros productos del frigorífico. Además, se estableció que el frigorífico debía faenar un mínimo de 300 animales diarios y que la concesión duraría 25 años, con la obligación de comenzar a operar en un plazo de dos años. También se acordó que la empresa debería pagar un único impuesto de veinte centavos oro sellado por la exportación de cada cuero de animal faenado en la planta (Anuario Estadístico, 1915) (Unión Panamericana, 1915).

Pero Rickard no cumplió con los requisitos para establecer la planta de procesamiento debido principalmente a la dificultad de conseguir materiales durante el conflicto bélico mundial. Además, los altos precios de estos materiales hicieron que el costo del proyecto aumentara considerablemente. Debido a esto, según la Ley 241 del 30 de mayo de 1917, las garantías de Rickard fueron transferidas a la empresa Central Products Co. La Central Products Co. era una empresa perteneciente a la International Products Co., que a su vez estaba controlada por la American International Corporation. La International Products Co. fue organizada el 28 de julio de 1916 para adquirir las propiedades de la New York & Paraguay Quebracho Co., ubicadas en Puerto Pinasco, que consistían en 200 leguas de tierras con quebracho, junto con ganado y mejoras (Bureau of Foreign and Domestic Commerce, 1918) (Moody, 1922). Entre las personas que formaron la junta directiva de la International Products Co. estuvieron William M. Baldwin, Charles E. Perkins, German P. Sulzberger, Joseph E. Stevens, J. Ogden Armour, Percival Farquhar y Philip W. Henry.

La Central Products Co. y la International Products Co se registraron juntas bajo la ley paraguaya como «Compañía Internacional de Productos» (IPC) (Halsey & Sherwell, 1926).  El negocio de extracto de quebracho (tanino) lo manejaría directamente la International Products Co., mientras que la empresa subsidiaria se encargaría del empaque de carne, gestionando 150.000 cabezas de ganado en Puerto Pinasco. Ambas empresas tenían  el mismo gerente general.

Con la promulgación de la Ley Nº 241 de 1917, se le otorgó a la IPC una concesión por 20 años para establecer un frigorífico en el pueblo de San Antonio, con varias condiciones y beneficios. Entre los más destacados estaban:

1.      Instalación de un matadero para ganado vacuno, lanar, porcino y caprino, con la capacidad de preparar y conservar carnes mediante métodos modernos, siempre incluyendo la conservación por frío.

2.      Construcción de infraestructuras propias, como muelles, y el mantenimiento de embarcaciones para el transporte de ganado y productos.

3.      Exoneración de impuestos aduaneros para la maquinaria, útiles y artículos necesarios para la instalación y operación del frigorífico, además de la libre introducción de ganado y la exención de impuestos municipales y fiscales sobre la producción y exportación.

4.      Incentivos para la mejora ganadera, como la posibilidad de cultivar praderas y practicar la mestización para mejorar la calidad del ganado.

5.      La concesión especificaba que la empresa debía instalar el frigorífico con capacidad para faenar 500 animales al día en un plazo máximo de cinco años, bajo pena de caducidad.

6.      La empresa estaba sujeta a regulaciones de sanidad animal y de control de la producción de alimentos, y tenía prohibida la transferencia de sus derechos a terceros sin el consentimiento del Poder Ejecutivo.

Algunos historiadores cometen el error de afirmar que las actividades del frigorífico ya estaban en marcha en 1917, incluso antes, en 1916 o 1915, pero esto no es correcto. Un informe del 1 de septiembre de 1918, publicado en Commerce Reports por el agregado comercial Robert S. Barrett desde Buenos Aires, lo aclara. En el índice de dicho informe aparece el título: “Paraguay tiene su primera empresa de ventas estadounidense”. Más adelante, en el cuerpo del artículo, bajo el subtítulo “Empresa estadounidense inicia operaciones en Paraguay”, se detalla esta información: “Se ha completado prácticamente la instalación de la gran planta de envasado de la International Products Co cerca de Asunción, y se espera que el sacrificio de ganado comience durante la primera semana de octubre (de 1918). Al principio, se sacrificará alrededor de 50 cabezas de ganado diariamente, pero este número aumentará gradualmente. Para finales de año, se espera que el sacrificio diario alcance las 400 cabezas, que es la capacidad actual de la planta. Aunque la planta está preparada para enviar carne enfriada, por el momento sus operaciones se limitarán al enlatado. La producción será enviada a Buenos Aires por las propias barcazas de la compañía y luego transferida a barcos de vapor para los puertos de Europa y Estados Unidos. La planta (…) ha estado en construcción durante el último año y se dice que es uno de los establecimientos más modernos de su tipo en América del Sur” (Commerce Reports, 1918). Esto demuestra que las operaciones de este frigorífico comenzaron más tarde de lo que algunos piensan, ya que su construcción se terminó a finales de 1918, no antes.

Fotografía del Frigorífico de la IPC tomada en 1927 por Enrique Maas. Imagoteca Paraguaya.

Cabe mencionar que hasta 1918 Paraguay no había podido enviar carne, pieles u otros productos animales directamente a Estados Unidos ni a otros países fuera de Argentina, Brasil y Uruguay debido a la falta de leyes de desinfección adecuadas. El Gobierno paraguayo empezó a tomar en serio la cuestión de la sanidad del ganado, reconociendo que si sus productos pudieran exportarse directamente a Estados Unidos y Europa, el país obtendría grandes beneficios. En 1918, un representante del Departamento de Agricultura de Estados Unidos pasó varios meses en Asunción asesorando al Gobierno sobre los requisitos sanitarios necesarios. El objetivo era aprobar una ley de inspección de carne que cumpliera con las exigencias de los mercados extranjeros, en especial el de Estados Unidos, y estableciera regulaciones estrictas para garantizar la calidad (Brock, 1919). Para 1919, la industria del procesamiento de carne en Paraguay estaba completamente controlada por empresas estadounidenses, con tres plantas operando en el país: una de Morris & Co. en San Salvador, otra de Swift & Co. en Zeballos-Cué, y la de Central Products Co. en San Antonio. Aunque al principio estas plantas eran llamadas «frigoríficos», en realidad no eran instalaciones de congelación, sino que se dedicaban al enlatado de carne. Fue la IPC de San Antonio la que, en 1920, comenzó a instalar las máquinas necesarias para empezar con la refrigeración. Antes de que existieran los frigoríficos, la preparación de carne a nivel comercial se limitaba a los «saladeros», que producían carne seca o «charqui» (cecina). El saladero más importante era el de Risso, ubicado en el Alto Paraguay, cerca de la frontera con Brasil. Este y otros saladeros más pequeños tuvieron que cerrar porque no pudieron competir con los frigoríficos en el mercado de la carne (Schurz, 1920).

Preparación del terreno, construcción de infraestructura y organización administrativa (1917-1920)

La ubicación del frigorífico fue cuidadosamente seleccionada: «San Antonio está ubicada en el río, a unas millas por debajo de Asunción, casi directamente frente a la desembocadura del Pilcomayo» (Schurz, 1920). En una zona de “matorrales” la empresa comenzó la limpieza del terreno para la construcción de la planta. «El terreno ha sido limpiado y se ha comenzado la construcción de un muelle» (Brock, 1919).

Este terreno elegido para la planta estaba «bien por encima de la marca de inundación del río Paraguay y poseía uno de los mejores puertos del río». La IPC se centró en asegurar que las instalaciones fueran modernas y resistentes. El edificio principal era una estructura de tres pisos de hormigón armado, y se estaba trabajando en la construcción de un segundo edificio de cinco pisos dedicado específicamente a la preparación de carne refrigerada. Además, la planta estaba equipada con talleres de maquinaria completamente estadounidense, almacenes, una planta de hielo, hornos de ladrillo y una planta de luz eléctrica, utilizando tecnología moderna en todas las fases del proceso de producción (Schurz, 1920).

La compañía tenía su propia flota de remolcadores y barcazas, con la cual transportaba su ganado río abajo y llevaba los productos terminados a Buenos Aires. Instaló oficinas administrativas en Asunción, mientras que el departamento de contabilidad y otras oficinas administrativas generales se ubicaron en San Antonio. Las operaciones internacionales se gestionaban desde sus oficinas en Buenos Aires y Nueva York (Schurz, 1920).

En sus primeros años, la empresa empleó a alrededor de 1.400 personas, tanto hombres como mujeres (Rivarola, 1993), construyendo un nuevo núcleo urbano en torno al frigorífico. La mayoría de los funcionarios administrativos de la compañía y los empleados de oficina eran estadounidenses. Muchos de estos extranjeros vivían en San Antonio y disponían de modernas y atractivas casas de ladrillo, construidas especialmente para ellos. Los demás empleados vivían en cómodas y limpias casas de madera, que se les proporcionaban sin costo alguno. Las proyecciones de películas y la escuela nocturna eran parte de la política de la compañía para cuidar a sus trabajadores (Schurz, 1920).

Operaciones iniciales y primeras exportaciones (1920-1921)

Aunque la empresa criaba ganado en sus propias tierras para asegurar un suministro constante, también compraba ganado a agricultores locales. «Actualmente (noviembre de 1919), la planta está matando alrededor de 400 cabezas de ganado al día» (Schurz, 1920).  En total, la IPC poseía casi 300 leguas cuadradas de tierra, incluyendo propiedades en Puerto Pinasco, Pedernal en el Chaco y las estancias Postillón en el Alto Paraguay. Además, arrendaron cinco leguas adicionales en el lado argentino del río, frente a San Antonio (Schurz, 1920).

Productos envasados y exportados por la IPC de San Antonio a principios de la década de 1940. Extraído de Quién es quién en el Paraguay (1941), de Monte Domecq.

La IPC comenzó a exportar tanino inicios de la década de 1920, convirtiéndose en el principal productor y exportador de tanino en Paraguay. En cuanto a su productos cárnicos, su primera exportación incluyó 73.443 cajones de carne conservada (Lovera & Franceschelli, 2019). En abril de 1921, se realizó la primera exportación de carne congelada desde el puerto de San Antonio (Unión Panamericana, 1921).

Vaca`í en la guerra del Chaco y exportaciones en 1965.

Durante la Guerra del Chaco (1932-1935), la falta de carne fresca se solucionaba con carne enlatada, conocida popularmente como «vacaí» o corned beef. Este alimento se convirtió en uno de los principales sustentos de los soldados en el frente de batalla debido a su durabilidad y facilidad de transporte. La carne enlatada, de aproximadamente 450 gramos, junto con agua y galletas, formaba la llamada «ración de hierro», un alimento esencial para los soldados en combate (Ramírez de Rojas, 2018; ABC, 2021).

La carne conservada provocaba mucha sed, especialmente bajo el intenso calor del Chaco, lo que hacía que los soldados evitaran comerla en esas condiciones extremas (González, 1957). Se sabe que muchas de estas latas llevaban los sellos de los fabricantes paraguayos, lo que sugiere que, aunque no hay registros específicos de ventas directas del Frigorífico de San Antonio, este tuvo un papel en la producción y distribución de carne enlatada para el conflicto.

Un aspecto interesante del hotel de la IPC, ca. 1950, ubicado en un entorno tranquilo y aún agreste. Fuente: Recuerdos de San Antonio.

Cuando el precio mundial del tanino cayó en 1955, la IPC vendió su fábrica en Puerto Pinasco en 1965 a la empresa Invicta, que luego quebró. Las ventas de carne de la IPC alcanzaron 13.6 millones de dólares en 1965, principalmente a los Estados Unidos. Ese año, las exportaciones del área de envasado de carnes fueron de unos 5 millones de dólares, lo que representaba aproximadamente el 30% del total de carne exportada desde Paraguay (CEPAL, 1987).

Secciones, huelga, producción, impuestos bajos y promesas sin cumplir

La fábrica de la IPC era el corazón del pueblo de San Antonio, y su funcionamiento era fundamental para la vida de la comunidad. El período de trabajo empezaba con la zafra ganadera, que se prolongaba durante seis meses. Durante ese tiempo, la planta funcionaba a todo ritmo, pero al finalizar la temporada, el frigorífico prácticamente cerraba sus puertas, y los empleados se quedaban sin trabajo durante el resto del año. Esta falta de estabilidad afectaba especialmente a las familias de San Antonio y Ñemby. En Ñemby, una maestra de la escuela Carlos Antonio López explicaba en 1972: «Los hombres tienen muy poco trabajo, porque solo trabajan en el Frigorífico de San Antonio durante seis meses. Los otros seis meses se quedan en la casa o no tienen a qué dedicarse. Algunos trabajan en las chacras y otros en la cantera, de manera que el principal problema con que cuenta el alumno es el económico” (Abc Color, 1972).

En 1977, el periodista y escritor Alcibíades González Delvalle destacó cómo la prosperidad de San Antonio dependía directamente de la fábrica: “San Antonio, ubicada aproximadamente a 25 kilómetros de la capital, a orillas del río Paraguay, es la típica localidad que vive pendiente de un solo factor: la fábrica. Como le va a esta, le va también al pueblo. El frigorífico rige la vida de la comunidad. La atrapa. La envuelve. La seduce. Ejerce una extraña fascinación. En época de receso —que suele durar hasta seis meses— sus empleados encuentran buenos trabajos, con mejor remuneración incluso, pero apenas la empresa llama a inscripción y dejan todo para regresar. Es cierto, la fábrica es una solución económica para dos mil familias durante tres o cuatro meses. Una solución a medias. A muchos les causa más males que beneficios. Es por el sistema con que se rige la fábrica. Al respecto, existen muchas quejas en contra de sus autoridades” (Abc color, 1977).

Por su parte, Óscar Brito, cofundador de El nuevo paraguayo, ofrece un testimonio único sobre el frigorífico. Brito vivió sus primeros cinco años de vida en uno de los chalets ubicados detrás de lo que fue el hotel de la IPC, una estructura que aún permanece en pie aunque ya en estado semi-ruinoso. Más adelante, ya de adulto, trabajó en el frigorífico, lo que le permitió conocer de cerca el funcionamiento de esta gigantesca planta industrial. A pedido nuestro, Brito compartió un entrañable relato en el que describe con detalle las diferentes secciones del frigorífico que él conoció: “¿Cuál era el lugar central de los viejos pueblos del Paraguay? Eran la iglesia y su plaza alrededor de las cuales estaban ubicados los edificios públicos: la comisaría, la municipalidad, el correo, juzgado de paz, registro civil, etcétera. En ese sentido, el pueblo de San Antonio era igual a los demás, excepto en que su zona de interés y desarrollo no eran ni la iglesia ni el centro del pueblo sino la gigantesca planta industrial del frigorífico San Antonio; porque era en los alrededores de dicho complejo donde se daba el mayor crecimiento edilicio y movimiento comercial del pueblo. La fábrica estaba situada a la vera del río Paraguay y contaba con su propio puerto de embarque en el que atracaban sin problemas los más grandes buques para cargar sus productos de exportación. Los vehículos llegaban a la planta por un camino empedrado bordeado de paraísos, a cuyo costado corría también otra calzada peatonal cubierta por grandes baldosas de piedra. Después, a la izquierda de estas avenidas, se encontraba la carnicería de la fábrica que surtía a sus empleados, y también la plaza del mercado, y luego, a la derecha, se hallaba un gran barrio de obreros al que llamaban «Casillas». Al trasponer el portón principal del inmenso predio, se podía ver a la izquierda una gran edificación con un nombre raro, se llamaba: «Oficina de Tiempo», donde se controlaban los relojes marcadores y las tarjetas de los dos mil obreros y empleados que trabajaban en la planta. A la derecha estaba una sección llamada «Latería». En ese lugar se recibían grandes planchas de hojalata que luego eran cortadas y moldeadas con máquinas para convertirlas en los envases que más tarde contendrían los diversos tipos de carne en conserva. Más a la derecha estaba la «Tripería”, donde caían los intestinos vacunos, y se separaban la diversas menudencias: el mondongo, el librillo, el chinchulín, para ser vendidos a los chureros; y también las menudencias de lujo como el hígado, la lengua, las sesos y los riñones, que eran destinados exclusivamente a la exportación. Encima de todo este conjunto se hallaba la «Playa de matanzas” donde las reses eran sacrificadas, desolladas y destazadas por los más hábiles cuchilleros del pueblo. La razón por la que este trabajo se hacía en el piso más alto era para que las diversas partes del animal fueran descendiendo por simple gravedad a sus respectivos lugares de procesamiento. Más atrás y hacia el río, estaba la «Cocina» donde se cocían y envasaban los productos. Después estaba la sección más grande y más poblada del personal a la que llamaban «Pintada», que era el lugar donde se etiquetaban los productos enlatados para la exportación. En ese lugar, las latas aún sin etiquetar permanecían en estacionamiento durante un mes con el objeto de descubrir los envases cuyo contenido estuviera contaminado con bacterias. Estas latas eran descubiertas porque se hinchaban como globos, y después eran retiradas y arrojadas a la basura. Pero el lugar más interesante de la planta era la «Sala de máquinas», donde se generaba toda la energía eléctrica que alimentaba al inmenso complejo, a las casas aledañas a la fábrica y al alumbrado público de las calles adyacentes, porque en aquel tiempo el país no estaba aún electrificado. En ese lugar cuatro gigantescas máquinas de vapor alimentadas con fuel-oil, y cuyos engranajes eran tan grandes como la altura de casas producían toda la energía necesaria y aún sobraba. En dicha fábrica se producía exclusivamente para el mercado norteamericano. Los productos eran abundantes pero no variados. Ellos consistían de «corned beef» (vaca`í), carne con caldo en latas cilíndricas de seis libras, picadillo de carne y carne congelada. El trabajo en la fábrica no era continuo durante todo el año, sino que se realizaba por zafras. En los años cincuenta y sesenta se trabajaba seis meses al año, pero con el correr de los años dicho tiempo de trabajo fue reduciéndose hasta que en los últimos años, dicho tiempo laboral se redujo a sólo dos meses. Pero lo que más vivifica la nostalgia de esos buenos años es el recuerdo de la belleza de las chicas trabajadoras con sus uniformes de blanco purísimo y sus botitas del mismo color. Hoy San Antonio ya no es una gran villa industrial, sino que se convirtió en una más de los ciudades dormitorio que rodean la capital, y la que fue la fábrica todavía exhibe su inmensa mole blanquecina recortándose contra el cielo, recordándonos que el modesto pueblo de San Antonio fue una vez uno de los grandes motores de trabajo, prosperidad y riqueza del Paraguay”.

Publicidad de 1932 de la International Products Corporation, representante en Paraguay de encurtidos y conservas inglesas, piñas en almibar, perfumería, leche evaporada y condensada, además de productos elaborados en su frigorífico como bifes, hígados y riñones fritos en salsa, y corned beef.

En 1928, los trabajadores del frigorífico protagonizaron una de las huelgas más importantes de su historia. El 10 de enero de ese año, alrededor de 800 obreros se declararon en huelga contra la IPC. Las demandas de los trabajadores incluían la reducción de la jornada laboral a 8 horas, salarios justos y la formalización de un convenio colectivo de trabajo. La Liga de Obreros Marítimos (LOM) y la Unión Obrera del Paraguay (UOP) respaldaron la medida, llamando a la solidaridad con los huelguistas y pidiendo a la población que no comprara productos de la IPC. Los huelguistas bloquearon la entrada y salida del frigorífico, paralizando sus actividades. Además, organizaron un mitin en contra del entonces presidente Eusebio Ayala, mostrando su descontento no solo con la empresa, sino también con las políticas laborales del gobierno.

En 1964, el frigorífico vivió uno de sus años más productivos. Durante este periodo, se faenaron 69.496 animales, cuyo valor total de adquisición alcanzó los 429.032.818 guaraníes. La planta empleó a 2.137 trabajadores durante la temporada de faena, mientras que en el periodo de receso solo permanecían ocupados 285 empleados. Ese año se elaboraron 712.400 cajones de carne conservada de 24/12 onzas, 2.278 cajones de lenguas de 6/6 libras y 190.250 kilogramos de extracto de carne. Además, se obtuvieron importantes cantidades de subproductos como cueros (69.496 unidades), grasa comestible (646.581 kg), sebo industrial (350.748 kg), sangre seca (205.604 kg), huesos industriales (192.713 kg) y huesos núcleos (68.835 kg). También se produjeron fertilizantes (1.207.909 kg), crackling o chicharõ (447.473 kg), pelo de oreja (48 kg), hiel concentrada (2.220 kg), astas (34.411 kg), cerda (2.915 kg), aceite de patas (10.289 kg) y pezuñas (34.411 kg). Cuatro años después, en 1968, el frigorífico seguía en auge, aunque con una ligera reducción en su capacidad. Ese año empleó a 1.900 trabajadores. El 22 de marzo comenzó la temporada de zafra, y ese mismo día se sacrificaron 400 cabezas de ganado (ABC Color, 1968).

En marzo de 1968, ABC Color informó sobre el inicio de la zafra ganadera en San Antonio.

Para 1977, la IPC empleaba a hombres, mujeres, estudiantes e incluso a niños. Las mujeres “changadoras” llegaban a la fábrica a las cuatro de la mañana con la esperanza de ocupar un puesto temporal si alguna trabajadora faltaba. Algunas, demasiado jóvenes para trabajar legalmente, mentían sobre su edad y soportaban semanas sin hacer nada, volviendo a sus casas sin haber logrado trabajar. Los estudiantes secundarios tenían que levantarse entre las dos y las tres de la madrugada para cumplir con sus turnos, que comenzaban a las cuatro de la mañana y terminaban al mediodía. Después, a la una de la tarde, ya estaban en el colegio, prácticamente sin tiempo para descansar o tener actividades recreativas. Los niños más pequeños también tenían responsabilidades. Los empleados y obreros del frigorífico recibían una tarjeta especial para retirar carne en la carnicería de la empresa, y el costo se les descontaba directamente de sus sueldos. A algunos niños se les pagaba 300 guaraníes al mes por ayudar en esta tarea en la carnicería. Cuando había función de cine, muchos niños iban directamente a dormir al patio de la carnicería después de la película, esperando su turno para entrar a trabajar. Pero rara vez dormían realmente, ya que se pasaban el tiempo jugando y divirtiéndose. Esta falta de sueño hacía que la mayoría de estos niños llegaran a la escuela cansados, y muchos se dormían en clase. Además, no se alimentaban bien, lo que afectaba su rendimiento en el aula (ABC Color, 1977).

Además de estas duras condiciones laborales, la IPC fue criticada por su falta de compromiso con la comunidad. Prometía más de lo que cumplía, pagaba muy pocos impuestos y se mostraba distante con los habitantes fuera de su círculo de empleados.

En 1945, por ejemplo, el Ministerio del Interior tuvo que pagar a la IPC para que la comisaría de San Antonio recibiera carne. Esto muestra cómo incluso en necesidades básicas, la empresa prefería cobrar en lugar de contribuir (Decretos N° 7.524, 7.533, 8.181 y 8.214, 1945).

Vista del frigorífico IPC de San Antonio, probablemente de las décadas de 1950 o 1960. Autor de la fotografía desconocido.

Durante décadas, la IPC pagó muy pocos impuestos municipales. En 1970 solo abonaba G. 1.890 semestrales en concepto de patente, una cifra que las autoridades del pueblo describieron como equivalente a la de un “almacén”. Tras varias gestiones, en 1974 se logró aumentar el pago a G. 25.000 anuales, aunque seguía siendo insuficiente para una empresa de su tamaño. Para ponerlo en perspectiva, los pequeños faenadores pagaban 100 guaraníes por cada cabeza de ganado faenada, mientras que la IPC solo pagaba 4 guaraníes por cabeza (ABC Color, 1977).

En 1977, con la entrada en vigor de la Ley 620/76, la IPC se vio obligada a pagar impuestos adecuados a su actividad. Sin embargo, la empresa no lo aceptó fácilmente. Intentó presionar a las autoridades municipales, incluso solicitando al Ministerio del Interior que interviniera la Municipalidad de San Antonio. Los concejales consideraron esto un intento de intimidación, reaccionando con una demanda por difamación y calumnia contra un representante de la empresa. La IPC también se ganó la crítica de la comunidad por no cumplir con lo que prometía. En 1972, mientras negociaba una reducción de impuestos, la empresa aseguró que construiría un campo deportivo para el colegio y pavimentaría calles de San Antonio. Ninguna de estas promesas se materializó.

Otro caso emblemático fue el del centro de salud. La empresa donó un terreno para la construcción del edificio, y la comunidad comenzó a trabajar en el lugar. Pero cuando se solicitó formalizar la donación, la IPC se negó, dejando a la comunidad sin terreno y con los ladrillos ya comprados para la obra. Finalmente, los vecinos, con la ayuda de la Municipalidad y otras instituciones, lograron construir el centro de salud en otro predio.

Además, cuando la Municipalidad intentó abrir una calle importante para mejorar la comunicación de un barrio, el frigorífico actuó rápidamente para detener la obra. En lugar de apoyar el proyecto, la IPC construyó un lavadero de vacunos en el mismo lugar, lo que impidió que se pudiera llevar a cabo la obra comunal (Abc Color, 1977).

El declive, cierre y transformación del frigorífico

Hacia mediados de la década de 1970, la industria cárnica comenzó a enfrentar un fuerte declive debido al cierre del Mercado Común Europeo a la producción paraguaya. La IPC no pudo resistir esta crisis y finalmente cerró sus operaciones en 1978 (Parquet, 1987).

En ese contexto, el periodista y escritor Alcibíades González Delvalle reflexionaba en 1978: “Por fin el frigorífico de San Antonio cerró sus puertas después de haberlas tenido entreabiertas durante 61 años. Nunca han estado abiertas del todo. Ha sido siempre un frigorífico a medias. Nunca dejó de vivir de espaldas a San Antonio. En 61 años de actividad, el frigorífico de la IPC no gastó un céntimo por el pueblo. No se le debe ni media cuadra de empedrado. Los escolares nunca recibieron un lápiz de papel como obsequio de la empresa. Hubo (una) época en que los agentes de Policía tenían que abrir los portones a los gringos quienes, en ningún caso, estaban dispuestos a salir de sus vehículos para cumplir con la baja función de abrir el portón” (González Delvalle, 1984).

Portada de ABC Color del 8 de septiembre de 1989, que relata el trágico incendio ocurrido el día anterior en el frigorífico, donde perdieron la vida 10 obreros: 6 hombres y 4 mujeres.

En los años 80, la planta fue adquirida por un grupo liderado por Alberto Antebi, quien la renombró Frigorífico San Antonio (FRISA). Sin embargo, la fábrica nunca recuperó su antiguo esplendor y funcionaba con una capacidad muy reducida, empleando a solo 350 obreros en esa década. Además, la empresa enfrentó numerosas denuncias por irregularidades laborales y abusos. El 7 de septiembre de 1989, un gran incendio en la planta causó la muerte de 10 obreros por asfixia o intoxicación. La tragedia dejó en evidencia graves negligencias: el frigorífico no contaba con un departamento de seguridad, los trabajadores laboraban sin equipo de protección adecuado y la planta ni siquiera estaba habilitada por la Dirección de Higiene y Seguridad Ocupacional del Ministerio de Justicia y Trabajo (Abc color, 1989). Tras el incendio, la empresa enfrentó acusaciones de chicanas legales para evadir el pago de indemnizaciones, y el IPS presentó acciones judiciales contra Alberto Antebi, señalando que durante años la compañía había retenido aportes de los trabajadores sin entregarlos al seguro social, presuntamente para intereses particulares.

Actualmente, el frigorífico sigue operando bajo el nombre de Minerva Foods, gestionado por una empresa de capital brasileño. Paralelamente, un grupo de ciudadanos busca preservar el antiguo hotel de empleados de la IPC como patrimonio histórico, social y cultural de San Antonio.

REFERENCIAS

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Abc Color. (1977, 11 de setiembre). Falta una sociedad protectora de niños. Abc color, sección Notas, pág. 12, Asunción.

ABC Color. (1989, 8 de septiembre). En trágica tarde murieron 10 obreros en San Antonio. Sección Locales, Asunción.

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Historia

DECLARAN AL COCOTERO COMO SÍMBOLO NACIONAL DEL PARAGUAY: UNA PLANTA CON RAÍCES HISTÓRICAS EN ÑEMBY

El cocotero o mbocayá, cuya fragante flor adorna nuestros pesebres en esta temporada, ha sido declarado oficialmente como planta nacional del Paraguay gracias a la promulgación de la Ley 7380, publicada en la Gaceta Oficial el pasado 13 de diciembre. Esta normativa también establece como símbolos nacionales a la flor del cocotero y a su fruto, reconociendo su importancia histórica, cultural y alimenticia para el país.

A la llegada de los españoles a la zona de la actual Gran Asunción, se encontraron con una planta alargada, espinosa y delegada que producía pequeños frutos utilizados por los carios guaraníes para diversos fines. En ese entonces, la comarca de Ñemby estaba cubierta por grandes selvas de cocoteros. Uno de esos territorios históricos es conocido hoy día como Mbocayaty.

Mbocayaty fue liderado por el Mburuvichá cario Timbuai y se extendía desde el actual Barcequillo hasta el río Paraguay, cubriendo los territorios actuales de Ñemby, San Antonio y Villa Elisa. El pueblo de Ñemby fue históricamente un lugar de cocoteros y tuvo una aceitera donde se procesaba el coco para la producción de aceite. Incluso, el cocotero aparece representado en el escudo de la bandera de Ñemby, como un recordatorio de su importancia para la identidad ñembyense.

El cocotero enfrenta la amenaza del avance urbano. Sería importante que las autoridades que sean electas en 2026 tomen en serio la protección de nuestros árboles autóctonos e históricos y trabajen en replantarlos en áreas verdes como el cerro. El gobierno del intendente Tomás Olmedo no solo ha ignorado este tipo de legado, sino que ha tomado decisiones que parecen destinadas a destruirlo.