Quienes ya peinamos canas a veces cerramos los ojos y visualizamos imágenes de los años cincuenta y sesenta del siglo pasado; imágenes de cosas que nos eran muy familiares a los paraguayos de entonces.
Una de esas cosas familiares era la carreta tirada por bueyes. Estos instrumentos de transporte eran de uso masivo en todas las poblaciones del Paraguay, grandes y pequeñas, incluidos los suburbios de Asunción que hoy en día son superpoblados barrios como Nazaret y San Pablo.
Resulta que hasta mediados de los años sesentas, en Paraguay no había rutas asfaltadas; los caminos eran todos estrechos terraplenes de tierra roja que se volvían intransitables en tiempo lluvioso. De todos modos, había aún muy pocos camiones, todos ellos de tamaño pequeño y provistos de motores a gasolina, pues los vehículos diésel aún no habían llegado al país.
En estas circunstancias el vehículo más utilizado para el transporte de mercancías era la carreta tirada por bueyes.
El principal inconveniente de este medio de transporte era su lentitud, razón por la cual el viaje a un pueblo distante podía durar varios días. Entonces, ¿qué comían y qué bebían los bueyes durante el viaje? Pues, comían el pasto que crecía profusamente en la vera de los caminos, y bebían de las aguadas y arroyitos que en aquel tiempo cubrían toda la geografía del país.
¿Y qué comían los boyeros? Pues, se detenían para cocinar el locro con cecina y mandioca aprovechando la leña que abundaba en todas partes mientras los bueyes pacían tranquilamente en algún pastizal cercano.
También había tiempo para el tereré, sin hielo claro, porque una de las grandes riquezas del pueblo paraguayo entonces era el tiempo; había tiempo para muchas cosas. La gente llevaba una vida tranquila y sin prisas, y el despacioso, rechinante y crujiente andar de la carreta marcaba el ritmo de la vida paraguaya de entonces.
Lo notable es que este medio tan primitivo y en apariencia tan antieconómico haya podido cumplir con toda cabalidad su misión de proveer a las comunidades de todo lo necesario para subsistir. Leña y carbón para cocinar, poroto, locro, harina, fideos y querosén para el alumbrado, amén de otros bastimentos de poco consumo en tiempos anteriores como arroz y azúcar. Todas las cosas citadas y más, mucho más, eran acarreadas por las carretas. Estos medios repartían también algunos productos más o menos lujosos como café y aceite comestible, pues, las generaciones anteriores cocinaban con grasa en vez de con aceite.
No podemos olvidar tampoco otros productos que hacían las delicias de las mujeres que habitaban las más alejadas aldeas como ser: mercería, telas, espejos y peines. Bebidas, ferretería y herramientas también llegaban lento pero seguramente a los puntos más alejados y olvidados del país.
Estos vehículos transitaban principalmente por caminos alternativos que cruzaban malezales y bosques, y que se llamaban precisamente «carreteras». Dichos caminos terminaban casi siempre convertidos en profundas zanjas, erosionados por las filosas ruedas de la carreta.
La estructura de estos vehículos estaba conformada como sigue: El «lecho», que sería el chasis, luego las paredes de los costados y la de atrás, la que se plegaba hacia abajo para permitir la carga y descarga de mercancías. El eje de la carreta era una viga que pasaba por debajo del lecho y al que iban adheridas las ruedas.
Después, partiendo del centro del eje y hacia adelante iba la «pértiga», que era un listón largo en cuyo extremo estaba el yugo, el cual servía para sujetar a los bueyes por sus cuernos, y finalmente, y obviando las ruedas, estaba el «mushasho», el cual era un palo con aspecto de garrote que colgaba de la pértiga y que servía para apoyar ésta contra el suelo cuando los bueyes no estaban.
Las carretas las había de dos clases: las de una «yunta» y las de tres «yuntas». Las primeras funcionaban con dos bueyes, mientras que las segundas eran tiradas por una ristra de seis animales. Estas últimas eran carretas gigantescas cuyas ruedas medían más de dos metros de altura, y que hacían lo que en aquellos días eran considerados viajes de larga distancia. En los años veinte y treinta del siglo pasado eran precisamente caravanas de estos grandes carruajes las que transportaban las naranjas de Paraguarí y Misiones hasta la que hoy es la ciudad de San Antonio, que en aquel tiempo se llamaba Puerto Naranja, para embarcarlas a la Argentina.
Estas grandes carretas eran las equivalentes a un camión Scania de nuestros días, y sus propietarios eran considerados «Carai Guasú», personajes muy relevantes de su comunidad.
La carreta tirada por bueyes ya pasó o está pasando de moda, pero en su momento fue un gran dinamizador de la economía paraguaya, y para nosotros los gerontes, su evocación nos trae muy gratos recuerdos de un tiempo perdido al parecer más feliz.
NOTA: Le pedí a Óscar Brito que escribiera un artículo sobre la carreta paraguaya, sus características y cómo eran sus viajes, especialmente los relacionados con San Antonio y el transporte de naranjas. Este es el texto que me entregó, y lo incluyo como apéndice, junto a otros artículos, en el libro que estoy escribiendo sobre la historia de San Antonio.
Carreta ñembyense y su boyero, el 1 de febrero de 1972, cerca del cerro Ñemby. Fotografía de José Blanch.
En Ñemby conviven los barrios antiguos con nuevas micro identidades que surgen del crecimiento poblacional. Los documentos antiguos nos dicen que la columna vertebral de nuestra ciudad se apoya en cinco barrios principales: Caaguazú, Mbocayaty, Cañadita, Pa’i Ñu y Urugua’y. Este último barrio, por razones que aún desconocemos, con el tiempo pasó a llamarse Rincón, y de una parte de este surgió más tarde La Lomita. Lo curioso es que una parte de La Lomita todavía se conoce como Urugua’y. Además, existe otro sector vecino con ese mismo nombre que hoy ya figura como parte de Capiatá, y esto se debe a que Capiatá fue avanzando sobre territorio de Ñemby creando un conflicto de límites que actualmente las autoridades municipales están tratando de resolver. En cuanto al barrio Salinas, hoy tan importante, en los registros antiguos no aparece, lo que supone que probablemente Salinas haya sido antes una parte de Mbocayaty que, con el tiempo, se separó también para ser un barrio propio.
Hoy solemos ver en redes sociales a vecinos que defienden con fanatismo su territorio, diciendo: «Yo no soy de Pa’i Ñu, soy de Villa del Carmen» o «Vivo en Coca Cola, no en Pa’i Ñu». Lo mismo pasa con los habitantes de Villa Anita (Mbocayaty) o Villa Leticia (Caaguazú), quienes se identifican antes con su loteamiento o urbanización que con el barrio histórico al que pertenecen geográficamente. Esto es algo nuevo. En los últimos 30 años, el crecimiento de la ciudad creó barrios dentro de los barrios. Cuando una fracción de loteamiento o villa creció lo suficiente generó su propia dinámica comercial, sus propias comisiones vecinales y sus propios puntos de referencia (como es el caso de la fábrica de Coca Cola). Los vecinos ya no se sintieron parte de una extensión gigante de tierra, sino de su comunidad inmediata, la que veían al salir de su casa.
Pero no todos los barrios siguieron este camino. Cañadita es un caso excepcional. Aunque es uno de los barrios más grandes y antiguos, no se repartió como los otros en pedazos con nombres nuevos. Cañadita es solo Cañadita en toda su extensión. Los cañaditeños son cañaditeños de punta a punta de su barrio. En los registros antiguos, el barrio figura con el nombre de “Cañadita de La Frontera”, denominación que nos da una idea de su importancia y su gran extensión, incluso sugiriendo que pudo haber llegado a ser un pueblo independiente. Eso fue lo que pasó con San Antonio de La Frontera, que en 1903 se separó de Ñemby por petición de sus propios vecinos. Incluso cuando albergó una próspera colonia de inmigrantes europeos, Cañadita decidió seguir siendo parte de Ñemby. Lo normal en nuestro país era que las colonias de inmigrantes terminaran separándose para formar sus propias ciudades, pero en el caso de los vecinos de Cañadita, prefirieron quedarse con nosotros.
CÓMO NOS LLAMAMOS
Como sabemos que a veces es difícil saber cómo referirse a los vecinos de cada barrio, proponemos esta lista de gentilicios basada en el uso popular y la morfología del español:
Mbocayaty: mbocayatense
Pa’i Ñu: pa’iñuense
Cañadita: cañaditeño/a
Salinas: salinense o salineño/a
Caaguazú: caaguaceño/a
San Carlos: sancarleño/a
Rincón: rincoeño/a, rinconeño/a o rinconero/a
La Lomita: lomitense
San Miguel: sanmiguelino/a
Florida: floridense (también floridiano/a)
Los Naranjos: naranjeño/a o naranjoseño/a
Vista Alegre: vistaalegrense
Villa Leticia: leticiano/a o villaleticiano/a
Villa Anita: villanitense o anitense
Cerrito: cerritano/a
Santa Rosa: santarroseño/a
Coca Cola: coqueño/a
3 de Mayo: tresdemayense
Cerro Guy: cerroguyense o cerroguy´ense
La Conquista: conquisteño/a
Villa del Carmen: carmelense o carmelino/a
Pereco: perequeño/a
Ruta Ñemby, antiguamente conocida como «Quinto Camino Real a Ñemby», en la zona del arroyo Ytororö, finales de los 70. Libro: Madame Lynch.
De territorio cario guaraní a pueblo capillero: la historia del nombre San Lorenzo de la Frontera y su regreso a Ñemby
En estos días de fiesta en Ñemby, siempre aparece la misma plática entre los vecinos: que cuando se creó la primera junta económico-administrativa del pueblo, el lugar se llamaba San Lorenzo de La Frontera. Todos los ñembyenses sabemos que ese fue el nombre oficial por mucho tiempo, y muchos también saben que, hacia 1945, pasó a llamarse otra vez Ñemby. El problema es que casi nadie tiene claro de dónde viene el nombre San Lorenzo de La Frontera. Hay incluso chapuceros locales que se hacen llamar “historiadores” que repiten que ese nombre surgió en 1899, y eso es un error tremendo. El nombre de San Lorenzo de la Frontera no fue un invento de 1899 ni un cambio repentino. El pueblo de San Lorenzo de la Frontera no nació de la nada en una fecha de escritorio: San Lorenzo de la Frontera ya existía desde 1718 como pueblo, y mucho antes como región habitada por los carios guaraníes, desde los primeros años de la conquista.
ÑEMBY Y LA FRONTERA: DOS NOMBRES PARA EL MISMO LUGAR
Para entenderlo, hay que ir a la época de la conquista. Los guaraníes llamaban Ñemby —que significa “abajo”— a un extenso territorio que iba desde lo que hoy es Limpio hasta Villeta. Le decían así porque era la zona “más abajo” de los carios que vivían en la margen izquierda del río Paraguay. Cuando llegaron los españoles, a ese mismo territorio lo empezaron a llamar “La Frontera”, probablemente porque marcaba el límite con otros pueblos indígenas: los paranáes más al sur y los guaicurúes al oeste, del otro lado del río. Así, los guaraníes lo llamaban Ñemby y los españoles, La Frontera (Duarte de Vargas, 2004).
Hasta 1714, La Frontera/Ñemby abarcaba lo que hoy son Lambaré, Villa Elisa, San Antonio, el actual Ñemby y Villeta. Después fue perdiendo territorio: primero Villeta (1714), luego Lambaré (convertida en barrio de Asunción), y más tarde San Antonio y Villa Elisa, ya en el siglo XX. De esta manera, Ñemby quedó sin salida al río, al que ancestral e históricamente estuvo ligado.
1718: LA CAPILLA QUE LE DIO NOMBRE AL PUEBLO
Pero vamos a la primera década de 1700. En esos años, La Frontera sufría ataques frecuentes de los guaicurúes y agaces que cruzaban desde el Chaco, robaban cosechas, mataban pobladores y atemorizaban a la gente que vivía dispersa y sin protección. En 1716, el gobernador Juan Gregorio Bazán de Pedraza quiso trasladar a todos los vecinos de La Frontera a Villeta para concentrarlos y poblar la nueva villa. El Cabildo de Asunción le dijo que no, porque si despoblaban La Frontera quedaría libre el camino para que los indios llegaran hasta más adentro de la provincia. En su lugar, propusieron hacer una casa fuerte para proteger a los pobladores de La Frontera (Velázquez, 1966).
Bazán murió en 1717 y su sucesor, Diego de los Reyes Balmaceda, tomó otra decisión: en vez de una fortaleza militar, ordenó construir una capilla dedicada a San Lorenzo, al pie del cerro y junto al arroyo Ñemby (González, 1994). Esa capilla fue terminada en 1718 y se convirtió en el centro del nuevo pueblo y en un punto de reunión y defensa.
A partir de ahí, La Frontera dejó de ser solo una región o un territorio disperso y pasó a ser un pueblo, un pueblo capillero, por ser un asentamiento que creció alrededor de una capilla. El santo patrón elegido fue San Lorenzo, un santo español elegido por los españoles que vivían allí.
DE LA FRONTERA A SAN LORENZO DE LA FRONTERA
Durante décadas, el pueblo siguió llamándose oficialmente La Frontera, tal como figura en documentos, en los relatos de los exploradores Félix de Azara y Juan Francisco Aguirre, y en antiguos mapas, pero poco a poco se empezó a agregarle el nombre de su santo patrón. Un documento de 1782, por ejemplo, menciona la parroquia de San Lorenzo de La Frontera como una de las principales de españoles en la provincia. En el interrogatorio y exposición del Procurador Síndico General de Asunción, Juan de Machain, durante el gobierno de Pedro Melo de Portugal, a San Lorenzo de La Frontera se lo menciona en la lista de las parroquias que componían un distrito eclesiástico en ese momento. Dice el documento: “(Los) Curatos mantienen sus Tenientes en proporcionadas distancias con sus respectivas ayudas de Parroquias, que son las siguientes: Primera, Nuestra Señora del Rosario de Luque: Segunda, de San José del Peñón: Tercera, San Lorenzo del Campo Grande: Cuarta, San Lorenzo de la Frontera: Quinta, Nuestra Señora del Rosario en Itauguá, etc.”. (Audibert, 1893). No se estaba hablando todavía de un pueblo con ese nombre, sino de la parroquia de San Lorenzo en el pueblo de La Frontera.
Ya en esos tiempos se veía que las parroquias dedicadas a San Lorenzo terminarían siendo también los nombres de dos pueblos vecinos. Uno estaba en Campo Grande, por lo que quedó como San Lorenzo “del” Campo Grande. El otro estaba en La Frontera, y por eso se llamó San Lorenzo “de” La Frontera.
Con el tiempo, y sobre todo gracias a la costumbre oral, el pueblo de La Frontera pasó a ser conocido directamente como San Lorenzo de La Frontera, para diferenciarlo del otro San Lorenzo, el más nuevo, el del Campo Grande, fundado en 1775.
EL REGRESO AL NOMBRE ORIGINAL
En los años 40, para evitar confusiones con San Lorenzo del Campo Grande, las autoridades decidieron devolverle al pueblo su nombre más antiguo y original: Ñemby, el mismo que le habían dado los carios mucho antes de que llegaran los españoles (Gutiérrez, 1977).
REFERENCIAS
Audibert, A. (1893). Los límites de la antigua provincia del Paraguay. Buenos Aires: Imprenta La Económica de Iustont Hnos. y Cía.
Duarte de Vargas, A. (2004). Raíces históricas de Ñemby. Ñemby: Inédito.
González, D. M. (1994). Origen e historia de los pueblos del Paraguay: toponimia guaraní. Asunción: Universidad Nacional.
Gutiérrez, R. (1977). Historia de la arquitectura del Paraguay, 1537-1911. Asunción: Comuneros.
Velázquez, R. E. (1966). La fundación de la Villeta del Guarnipitán en 1714 y la población del litoral paraguayo. Sevilla: Anuario de Estudios Americanos.
Fachada de la Iglesia San Lorenzo de Ñemby en 1977.
Cuándo y por qué Ñemby formó su primera municipalidad, más de 180 años después de su origen
Aunque mucha gente cree que Ñemby fue “fundado” en 1899, en realidad ese año se creó la primera Junta Económico-Administrativa del pueblo, que es algo muy diferente. Para entonces, el pueblo ya existía desde hacía más de 180 años, por lo que decir que se fundó el pueblo en 1899 es completamente erróneo. Ñemby era conocido entonces como San Lorenzo de La Frontera, y su origen se remonta a 1718, cuando se levantó una capilla en honor a San Lorenzo en la región de “La Frontera”, no lejos del río Paraguay. Esa capilla dio origen al pueblo de La Frontera, que con el tiempo adoptó el nombre de su santo y pasó a llamarse San Lorenzo de La Frontera, para diferenciarse del otro San Lorenzo, el más nuevo, el del Campo Grande, fundado en 1775.
Para 1899, Ñemby no era un simple caserío. Ya contaba con una iglesia establecida desde hacía casi dos siglos, nueve compañías, un puerto sobre el río Paraguay, un sacerdote, escuelas, y más de siete mil habitantes. El problema era que todo el poder del pueblo estaba concentrado en una sola persona, en Aniceto Benítez. Este hombre era juez, jefe político (comisario) y administrador municipal al mismo tiempo. Es decir, decidía sobre asuntos judiciales (como conflictos legales entre vecinos), el orden público y también sobre temas administrativos (como el uso del dinero del pueblo, los impuestos, o el mantenimiento de caminos y escuelas). Este exceso de responsabilidades hacía que muchos problemas no se resolvieran como se debiera. Por ejemplo, si alguien necesitaba hablar con el juez, no lo encontraba porque estaba cumpliendo funciones como jefe político en alguna compañía. O si había un reclamo administrativo, tampoco estaba disponible. Fue precisamente este problema lo que llevó a los vecinos a organizarse y reclamar una solución: la creación de una Junta Económico-Administrativa que distribuyera mejor las responsabilidades y ayudara al progreso del pueblo.
UNA CARTA QUE LO CAMBIÓ TODO
Los vecinos llevaban tiempo insistiendo ante el Ministerio del Interior para que se separaran los cargos de juez y jefe político, como ya se había hecho en otras localidades como Ypané y Colonia Elisa. Pero no tenían respuesta.
Entonces ocurrió algo fundamental: el 7 de julio de 1899, un vecino envió una carta al diario La Prensa de Asunción, exponiendo la situación de Ñemby. La carta fue publicada el 13 de julio y tuvo un fuerte impacto. En ella se contaba que el pueblo tenía ingresos suficientes (al menos 200 pesos mensuales) que no podían aprovecharse por falta de una junta que los administrara. También denunciaba que una misma persona manejaba los tres poderes del pueblo a su antojo, y que eso estaba afectando incluso a los comerciantes, algunos de los cuales ya estaban cerrando sus negocios.
EL DECRETO QUE FORMALIZÓ LA JUNTA
Gracias a la presión que generó esa carta —y a las gestiones que los vecinos ya venían haciendo—, el entonces presidente de la República, Emilio Aceval, firmó el 2 de agosto de 1899 un decreto que creaba oficialmente la Junta Económico-Administrativa de San Lorenzo de la Frontera.
El decreto también designaba a los primeros miembros de esta Junta: presidente Merardo Morales, vicepresidente Pedro Franchisena, y los miembros titulares José M. Delvalle, Conrado Goetz, Manuel Gómez y Venancio González.
Esta primera Junta Económico-Administrativa fue, en la práctica, la primera municipalidad del pueblo. Con su creación, se separaron por fin los demás poderes, como el judicial y el político, que siguieron bajo la responsabilidad del juez y el comisario.
La Casa de la Cultura de Ñemby, que durante muchos años fue sede de la Junta Municipal. Esta foto la tomé en 1999.
Estacioneros de Ñemby, patrimonio excepcional de la religiosidad popular paraguaya.
En Ñemby, hay sonidos que solo se escuchan una vez al año, pero que parecen venir desde muy lejos. Son las voces de los estacioneros, hombres que caminan lentamente por las calles durante la Semana Santa, cantando con el alma rota. Sus cantos, sin instrumentos ni acompañamientos, atraviesan la noche y las casas en silencio, recordando la pasión de Cristo. Llevan una cruz, un estandarte y faroles encendidos. No necesitan nada más. Con sus voces basta.
Estacioneros de la Capilla Inmaculada Concepción de María del barrio Salinas, participando en el Vía Crucis de la parroquia de Ñemby, en 1994.
Los estacioneros llevan este nombre porque recorren simbólicamente las 14 estaciones del Calvario de Jesús. Su paso es lento, solemne, como si cada uno cargara su propia cruz. Su jornada más intensa es el Jueves Santo, aunque ya comienzan el miércoles. Ese día salen a recorrer los barrios desde las seis de la tarde hasta la madrugada del viernes, visitando capillas y casas que han preparado un calvario. Este calvario es un arco adornado con hojas de pindó, de caña dulce o de castilla, laurel jhu, ramas de ka’avove’í o de otros árboles, donde se coloca una cruz, una imagen sagrada, flores y una vela encendida. En algunas paradas, los dueños de casa salen con velas encendidas para recibir a los estacioneros y se arrodillan. Los maestros también se arrodillan frente al calvario familiar, mientras los estacioneros entonan un canto breve y dolido. Al finalizar el ritual, los anfitriones agradecen la visita ofreciéndoles chipa, sopa o cigarro, y como se hacía antiguamente, también caña. Además, entregan una vela sin encender para reponer la del farol del grupo, y los cantores siguen su camino. Muchos vecinos apagan sus radios o televisores, interrumpen sus quehaceres, y se asoman a sus ventanas o salen de sus casas para observar en silencio el paso apesadumbrado de los estacioneros.
El Viernes Santo participan en la lectura de las 7 palabras en la iglesia de Ñemby. Después de cada palabra, entonan lamentos desgarradores. Acompañan el tradicional «Tupaitû» mientras el cuerpo de Jesús está cubierto por una sábana blanca. Luego acompañan la procesión con el cuerpo presente de Cristo, cantando amargamente. Por la noche, continúan visitando casas y cantando hasta aproximadamente medianoche. Así se despiden, hasta su reaparición en el Curuzú Ára, o en otras fechas como los novenarios o el Día de los Difuntos.
¿De dónde vienen los estacioneros?
Es difícil decir con exactitud cuándo nació esta tradición. Hasta bien entrada la primera mitad del siglo XX no hay documentos que lo confirmen, ni fotografías ni retratos en la pintura costumbrista, donde sí aparecen aguateros, lavanderas, burreritas, serenateros o naranjeras. Tampoco figuran en textos históricos ni revistas de la época. Para rastrear su origen, revisamos más de 140 ediciones de La Tribuna, El País y El Pueblo, entre 1939 y 1945, en plenas fechas de Semana Santa, en la hemeroteca Carlos Antonio López de Asunción. No encontramos una sola mención a los estacioneros. Ni siquiera aparecen en los artículos religiosos o en los programas litúrgicos. Es como si, antes de 1950, no hubieran existido en el registro escrito.
Lo que sí se sabe es que su espíritu viene de lejos. Entre los primeros testimonios escritos sobre la Pasión de Cristo se encuentra el de una viajera llamada Egeria, una peregrina que partió desde la actual Galicia hacia Jerusalén entre los años 381 y 384. En su diario —conocido como Itinerario de Egeria— relató cómo, en la Semana Santa, los fieles recorrían los lugares sagrados mientras leían y cantaban pasajes del Evangelio (Muncharaz, 2012). Se trataba de una forma sencilla de conmemorar el sufrimiento de Jesús, con oraciones, himnos y figuras simbólicas. Claro que Egeria no menciona nada parecido a los estacioneros, pero ese espíritu de caminar rezando, en colectividad, acompañando a Cristo, ya estaba presente hace más de 1600 años.
Con el tiempo, esa costumbre fue tomando forma en Europa, especialmente en España, donde surgió el Cantus Passionis o Canto de la Pasión (González Valle, 1992). Se cantaba a capela, sin instrumentos, con un tono triste y profundo, y con varios cantores que asumían distintos roles: uno narraba, otro representaba a Jesús, y un coro hacía de pueblo. Durante siglos, este canto se realizó en iglesias durante la Semana Santa, con dramatización, luces tenues y una profunda carga emocional. El objetivo era claro: conmover y enseñar. Este Cantus Passionis era muy común en regiones como Castilla, de donde procedían muchos de los misioneros franciscanos y jesuitas que vinieron al Paraguay en los siglos XVI y XVII. Hay consenso entre los estudiosos en que los franciscanos trajeron el rito del Vía Crucis, y los jesuitas introdujeron la educación musical y el canto gregoriano en las reducciones indígenas (Fahrenkrog 2020). Los franciscanos, en especial, trajeron una forma de vivir la fe muy cercana a la gente. Promovían una religiosidad simple, enfocada en la vida de Jesús, la Virgen y los santos. Por eso muchas tradiciones que hoy nos resultan familiares en Paraguay, como los pesebres, las novenas, las procesiones o las fiestas patronales, tienen que ver con ellos. No era solo enseñar desde un púlpito, sino compartir, celebrar y rezar con la comunidad.
De ahí que se tienda a afirmar que los estacioneros son herederos de las prácticas introducidas por estas órdenes religiosas. A primera vista, parecería que lo que antes se cantaba en latín y bajo el control de la Iglesia en Europa, se transformó aquí en una expresión en guaraní y jopará, nacida del pueblo y para el pueblo. Sin embargo, lo curioso es que, a pesar de las similitudes, no contamos con registros que permitan entender claramente cómo se produjo esa evolución, si es que realmente ocurrió. ¿Cómo pasamos del canto sacro europeo al grupo de hombres humildes que hoy recorren las calles cantando las estaciones del Vía Crucis?
Estacioneros de la Capilla Santísima Cruz de Rincón durante una grabación para el Canal 9 (SNT) en los años 90. El uniforme que usan sigue siendo el mismo hasta hoy.Foto de Marcelo Danei.
Un documento que ayuda a imaginar los antiguos ritos religiosos en Paraguay es el informe del teniente gobernador Gonzalo de Doblas, escrito en 1785. En él describe con detalle cómo se vivía la Semana Santa en los pueblos guaraníes. No habla de estacioneros, pero sí de ciertos grupos de niños que, por su forma de participar, recuerdan vagamente a ellos. Este es un fragmento de lo que escribió sobre el Miércoles Santo: “Las funciones de Semana Santa se hacen con bastante solemnidad y devoción, aunque con poca decencia las procesiones, por lo imperfecto de las imágenes, y ningún adorno de todo cuanto en ella sirve. En algunos pueblos comienzan la procesiones desde el lunes santo, pero lo más común es desde el miércoles; este día a la tarde se cantan en la iglesia las tinieblas con toda la música, con tanta solemnidad como pudieran en una colegiata en donde es de admirar el oír cantar lamentaciones y demás lecciones a muchachos de 8 a 10 años de edad. Duran las tinieblas hasta las oraciones, a cuya hora, al tiempo de “Miserere mei Deu”, cerradas las puertas y apagadas las luces, se azotan rigurosamente los indios, poco después se hace la plática de pasión en el idioma guaraní, la que acabada, se dispone la procesión de esta forma. Dispuestas las imágenes que han de salir en la procesión, y pronta la música en el medio de la iglesia, van entrando por la puerta, que cae al patio del colegio, varios muchachos vestidos con sotanillas y roquetes de los acólitos, con los instrumentos y signos de la pasión de Cristo. Entra uno de estos con la linterna, y dos a su lado con dos faroles hechos con telas de las entraña de los toros, puestos en la punta de cañas largas; se hincan de rodillas delante de la imagen que está en medio de la iglesia y, entre tanto, canta la música un motete en guaraní, que expresa aquel paso, el que concluido se levantan todos los muchachos, y siguen a ponerse en orden de la procesión, y entran otros con otra insignia; y así van siguiendo, hasta que concluyen todos, que son tal vez 20 o más, y las insignias que llevan son tan toscas..(…). Luego que acaban de pasar, se levanta el cura y los demás que han estado sentados entretanto, y sigue la procesión, que sale y anda alrededor de la plaza, que esta iluminada, y dispuestos en las cuatro esquinas altares para hacer paradas” (Doblas, 1785, citado en Gómez-Perasso y Szarán, 1978). A primera vista, podría parecer una versión muy temprana y distinta de lo que más tarde serían los estacioneros: niños vestidos con sotanas, llevando elementos hechos rústicamente con los materiales que tenían a mano: insignias, faroles de cuero y caña, y cantando motetes en guaraní. Además, la procesión salía a la plaza, donde se hacían paradas frente a altares, lo que recuerda un poco a las estaciones de hoy. Pero hay diferencias importantes: los protagonistas eran niños organizados por la iglesia, todo partía desde el templo y estaba dirigido por el cura. Muy lejos aún de los grupos autónomos y callejeros que hoy recorren Ñemby.
Aquí en Ñemby, usamos el nombre “estacioneros” para referirnos a estos grupos. Ese es el único nombre que usamos, sin vueltas ni variantes. En otros rincones del país también se los llama “pasioneros”, “procesioneros” y, en menor medida, “pasionistas” o “faroleros”. Según cuenta Ramiro Domínguez, en el esquema del Guairá —que abarca Guairá, Caazapá y Caaguazú—, no aparece la palabra “estacionero” en los estudios del antropólogo León Cadogan. Él sostiene que es un término exclusivo del entorno asunceño (Domínguez, 1993). Y como la expresión estacionero solo usamos en Paraguay, rastreamos el significado de las palabras pasionista y pasionario en antiguos textos de España, para ver si existía alguna relación con nuestra tradición. Así descubrimos que los pasionistas eran una congregación religiosa fundada por el sacerdote Pablo de la Cruz en 1720, cuya misión era mantener viva la memoria del sufrimiento y el amor de Jesús crucificado. También encontramos que en el siglo XVII, en Salamanca, se usaba el término pasionero para referirse a clérigos encargados de los oficios religiosos de la Semana Santa (Pinar, 2010). La Real Academia Española definía en 1780 al «pasionero» como aquel que “canta la Pasión en los Oficios Divinos de la Semana Santa” (Diccionario de la lengua castellana, 1780). Esto indica que los pasionistas y pasioneros antiguos eran en realidad clérigos y no personas del común. Difícil, entonces, trazar una línea directa entre ellos y nuestros estacioneros, que surgieron fuera del ámbito clerical y sin formación religiosa. Más allá de la similitud en los nombres, parece que sus caminos fueron totalmente distintos.
«El que canta la Pasión en los Oficios Divinos de la Semana Santa’. Así definía el Diccionario de la lengua castellana al término pasionero en 1780, añadiendo que «en algunas partes se llaman pasionistas» (Diccionario de la lengua castellana, Tomo I, Real Academia Española, 1780).
Ya en la época de la independencia, alrededor de 1820, el comerciante inglés John Parish Robertson fue testigo de los ritos de Semana Santa en Asunción. En su relato tampoco aparece nada que se parezca a los estacioneros. Lo que sí describe es al pueblo recorriendo las iglesias y rezando en cada una de ellas, una costumbre que hoy también nos resulta familiar. Decía, por ejemplo: “El Jueves Santo toda la población de la ciudad estaba en movimiento rezando las estaciones o recorriendo distintas iglesias y repitiendo en cada una de ellas un cierto número de plegarias” (Robertson, 1838, citado en Gómez-Perasso y Szarán, 1978).
Incluso, en las primeras décadas de ese siglo todavía hay vacíos: ni siquiera en tiempos de Emiliano R. Fernández parece existir el término “estacionero” ni se insinúa la existencia de grupos similares. Se suele decir que el “poeta del pueblo” estuvo ligado a esta tradición, pero no hay pruebas que lo confirmen. Lo más probable es que haya sido después de su muerte, en 1949, cuando los estacioneros empezaron a musicalizar sus poemas, como “Ojope Kangy” y “Semana Santa”, para cantarlos en sus recorridos. En el poema “Semana Santa”, Emiliano describe toda la celebración, desde el Domingo de Ramos hasta el Sábado de Gloria. Si los estacioneros ya existían, uno pensaría que los habría mencionado. Pero no lo hace. Eso sí, en la parte XV del poema dice en guaraní que el vecindario “está en estación”, pero evidentemente se refiere a los vecinos participando en las estaciones del Vía Crucis, no a los estacioneros como los entendemos hoy. Aquí el fragmento:
«Tape ykére kurusu
Rehecháma oñembo-calvario
Ha estación-pe vecindario
Oñembo’éma a Jesús”.
Puede que los estacioneros ya existieran hacia el final de la vida de Emiliano, pero como recién estaban surgiendo, no llegaron a ser visibles para él. Si los hubiera conocido, estamos seguros que su profunda fe y su rol como ñembo’e ýva lo habrían llevado a escribir sobre ellos y, tal vez, a ser uno de ellos.
Lo más probable es que los primeros grupos de estacioneros, tal como los conocemos hoy —con su forma de cantar, vestir y recorrer los barrios— hayan surgido en la primera mitad del siglo XX, entre las décadas de 1920 y 1940. El grupo de estacioneros más antiguo registrado en Ñemby es la Sociedad Católica Amparo Seguro de los Cristianos, formada el 8 de abril de 1948 en el barrio Rincón (aunque su origen se remonta a años anteriores), y ligado a la capilla Santísima Cruz del mismo barrio. Los estacioneros de la capilla San Francisco de Asís de Cañadita afirman que en 1941 comenzaron los primeros pasos para la creación del grupo. Estas fechas coinciden más o menos con la aparición de otros grupos en distintas ciudades: los estacioneros de la capilla Santa Catalina en la Zona Sur de Fernando de la Mora afirman haber empezado en 1928; los de Loma San Jerónimo de Asunción, en 1935; los de Ysaty de Asunción, en 1949, y los de Mbocayaty de Villa Elisa, en 1959. Estos son los más antiguos, pero es recién entre mediados de los años 80 y durante la década del 90 que aparecen muchos más grupos.
En algunos casos, como en el departamento de Misiones, se suele pensar que los estacioneros tienen una larga historia, especialmente en Tañarandy, donde la celebración actual es muy reconocida. Pero en realidad, en esa zona no se registraban grupos de estacioneros antes de 1992, cuando el artista Koki Ruiz impulsó una procesión experimental en el Viernes Santo, que con el tiempo se convirtió en un evento masivo y emblemático. Antes de eso, solo en Jesús había un grupo de estacioneros, formado por una familia que trajo la tradición desde Villa Elisa en la década de 1950.
Entonces, ¿por qué se cree que esta tradición viene desde la época de las misiones? Tal vez porque el canto suena a siglos pasados. Tal vez porque muchos estacioneros aprendieron de sus padres y abuelos, y eso crea una sensación de antigüedad. Porque antes caminaban descalzos, por caminos de tierra y monte, en noches oscuras, con cruces talladas por ellos mismos y con ropas hechas en casa. Daban la impresión de salir de otro siglo. O de otro mundo. Como si vinieran del tiempo de Jesús, con la misma fe sencilla, la misma forma de andar. Los propios grupos ayudan a reforzar esta idea de antigüedad. Cándido Ortiz, el estacionero más veterano de la capilla Inmaculada Concepción de María de Cañadita, tiene 78 años y afirma haber heredado la tradición de su padre, lo que indica que comenzó a participar alrededor de 1960, cuando tenía unos 13 años. Es posible que el padre de Ortiz haya heredado la tradición de su propio padre (el abuelo de Ortiz), quien probablemente fue uno de los primeros en practicarla, más o menos entre 1920 y 1940, cuando la tradición todavía estaba comenzando o en proceso de consolidación. En una época en que los hombres eran padres a edades más tempranas, las generaciones se acortaban, lo que puede generar una ilusión de mayor antigüedad. Además, la foto más antigua oficialmente registrada de un grupo de estacioneros en Paraguay fue tomada en Ñemby en 1963, y refuerza la idea de que la tradición no es tan antigua como se cree. Curiosamente, fue recién a finales de la década de 1960, con la llegada del diario ABC Color, cuando los estacioneros —especialmente los de Ñemby— comenzaron a aparecer en reportajes de Semana Santa.
Esta foto de 1963 es la imagen oficialmente más antigua que encontramos de los estacioneros de Ñemby —y posiblemente de todo Paraguay— durante nuestra investigación. Es un valioso testimonio para nuestra historia. Cortesía del padre Hugo Adrián Fernández Valiente, director del Museo Eclesiástico Juan Sinforiano Bogarín.
Para entender el surgimiento de los estacioneros, también es importante mirar el contexto cultural y religioso entre 1920 y 1940. Fue un periodo de resurgimiento del teatro y de la poesía en guaraní (Meliá, 1992), y al mismo tiempo, la Iglesia atravesaba una profunda crisis. Había escasez de sacerdotes y la formación religiosa de la población era muy limitada. Según un estudio realizado por Banducci Júnior y Amizo en 2011, desde la independencia el Estado fue debilitando el poder de la Iglesia, lo que afectó gravemente la transmisión de la fe. A mediados del siglo XIX, había apenas un sacerdote para cada 8.000 personas, y para 1914 la situación empeoró: solo quedaban 101 sacerdotes en todo el país, lo que significaba uno por cada 16.000 habitantes. Con tan pocos curas, muchas comunidades quedaron a la deriva, y la gente empezó a organizarse por su cuenta para mantener vivas sus creencias y tradiciones religiosas. En ese contexto, los laicos asumieron un papel más activo, tomando el control de las ceremonias, peregrinaciones, rezos y otras expresiones de fe. Así nacieron formas de religiosidad popular, muchas veces espontáneas, que no siempre eran bien vistas por la Iglesia. Como parte de este proceso de apropiación popular de la religión, podrían haber surgido los estacioneros.
Un ejemplo muy claro de esa religiosidad popular, que antecede directamente a los estacioneros, aparece en el recuerdo de Ramiro Domínguez. Según él, hacia la década de 1940, existían los purahéi ñembo’e o ñembo’e purahéi, cantos religiosos del pueblo que también se conocían como loadas. Él recuerda que, de niño, cuando iba con sus padres a la estancia, era muy común escuchar las «loadas del sábado ka’aru». Domínguez explica que la palabra loada viene de “loar”, que significa alabar, y que es un arcaísmo que se conservó en el habla paraguaya. También cuenta algo que coincide con lo que venimos observando: como había muy pocos sacerdotes, la gente se organizaba por su cuenta y se reunía en torno a alguna capilla o pequeño oratorio para rezar y cantar. A veces hacían el rosario cantado; otras veces, rezaban primero y después venían los cantos: las loadas o ñembo’e purahéi. Todavía no existía un nombre especial como “estacioneros” para quienes cantaban. Era simplemente el pueblo reunido. Casi siempre había alguien que guiaba el rezo, el llamado ñembo’e yvâ (Domínguez, 1993). Teresa Méndez-Faith también destaca esta continuidad entre los antiguos cantos religiosos del pueblo y los grupos de estacioneros, aunque los vincula con la tradición jesuítica. Dice: “En el teatro jesuítico tuvo mucha preponderancia el purahei ñembo’e (rezo cantado), origen de los estacioneros” (Méndez-Faith, 2001).
Banducci Júnior y Amizo explican que el clero, al querer imponer un orden moral más estricto, no supo entenderse con estas formas espontáneas de fe, a las que miraba con recelo. Según los autores, no fue sino hasta las décadas de 1950 y 1960, con las reformas del Concilio Vaticano II, cuando la Iglesia empezó a abrirse más al mundo moderno y a aceptar mejor las tradiciones populares (Banducci Júnior & Amizo, 2011). Aun así, la aceptación no fue completa y, de hecho, los estacioneros seguían siendo mal vistos. Considerados más como expresiones populares que como parte de lo religioso, la sociedad misma los consideraba poco importantes. En 1975, durante el II Encuentro sobre Religiosidad Popular y Liturgia realizado en Asunción por el Consejo Episcopal Latinoamericano, se llegó a sugerir que los cantos de los estacioneros fueran reemplazados por otros “más comprensibles”. En las conclusiones del encuentro, se recomendaba que la Iglesia debía “propiciar, promover y si fuera posible auspiciar la creatividad musical y religiosa para la Semana Santa, que reemplace al canto hoy no comprendido de ciertos ‘estacioneros‘” (CELAM, 1978).
Pero, al final, los estacioneros resistieron. Hoy, aunque sus orígenes sigan siendo un misterio, existen, caminan y cantan. No necesitan pruebas ni documentos. Su presencia es real, viva, y profundamente humana. Se ha dicho que sus vestimentas y rituales recuerdan a las cofradías de Sevilla, que también portan cruces, estandartes y entonan cantos gregorianos. Es posible que esas imágenes hayan inspirado a alguien, en algún rincón del Paraguay –¿por qué no en Ñemby?–, hace cien años o menos. Quizás todo empezó con un pequeño grupo, un canto aprendido de oído, una cruz improvisada, y una noche de Jueves Santo. De ahí en más, la tradición caminó sola.
Elementos distintivos
En Ñemby, el estacionero forma parte del corazón mismo de las celebraciones de Semana Santa. A diferencia de otras ciudades donde su participación se limita a los alrededores de los templos o a simples recorridos procesionales, en Ñemby los estacioneros entran a la iglesia, toman parte activa del ritual, entonan alabanzas y organizan, junto con los encargados de liturgia, las estaciones del Viacrucis. No son figuras marginales ni meras presencias simbólicas. Su presencia no es decorativa ni periférica, sino central.
Esto contrasta con lo que ocurre en otras ciudades del país, como Horqueta, Concepción o Pedro Juan Caballero, donde los estacioneros no están integrados de manera orgánica a la liturgia eclesiástica. En esos lugares, los estacioneros suelen concentrarse en los cementerios el Viernes Santo, en celebraciones donde lo religioso convive con lo festivo. Los grupos son menos formales, a veces pequeños, incluso dúos de mujeres, y es común que acepten una colaboración o un refrigerio. En algunos casos, hay consumo de alcohol durante los cantos. Desde la Iglesia se critica estas prácticas por considerarlas alejadas del verdadero sentido del ritual. Frente a esto, los estacioneros de Ñemby se destacan por seguir con seriedad las normas de la liturgia, no aceptar ningún tipo de pago y no permitir el consumo de alcohol, reafirmando así una devoción seria, ordenada y muy cercana a la comunidad (Banducci Júnior & Amizo, 2011).
Los grupos son de varones o de mujeres, nunca mixtos. También hay grupos formados por hombres y niños, a quienes se les llama “semilleros”. Para mantener viva la tradición, los adultos integran a sus hijos desde pequeños. A veces, incluso son los niños “semilleros” quienes invitan a sus padres a participar. Así, se busca que esta costumbre no desaparezca, ya que en varias localidades del país —e incluso en Ñemby— hay grupos que se han ido perdiendo con el tiempo.
Estacioneros acompañados por «semilleros» de la Capilla Inmaculada Concepción de María del barrio Cañadita, año 2018. Foto del Cerro Cultural Ñemby.
En localidades como Villa Elisa, Ysaty o San Jerónimo, los grupos suelen formarse a partir de asociaciones, clubes o clanes familiares con hermanos, primos, hijos y nietos. En Ñemby, los estacioneros nacen directamente de las capillas barriales. Su identidad está fuertemente vinculada a la devoción religiosa de su comunidad y al santo patrono de su capilla. Esa relación es tan fuerte que, en 1950, los estacioneros del barrio Salinas incluso fundaron la capilla Inmaculada Concepción de María, aunque eligieron como su patrona particular a la Santísima Cruz. Esa conexión espiritual también se refleja en su vestimenta, que suele llevar los colores del santo o santa que veneran. Por ejemplo, los estacioneros de la capilla Inmaculada Concepción de María de Cañadita visten de blanco, azul y negro: el blanco simboliza la pureza, el azul la paz, y el negro el luto.
Imagen de la Santísima Cruz, patrona de los estacioneros de la Capilla Inmaculada Concepción del barrio Salinas, fundada por los propios estacioneros del lugar.
La indumentaria de los estacioneros de Ñemby se ha ido transformando con los años. Anteriormente iban descalzos y vestidos de luto riguroso. Hoy optan por una vestimenta más elegante, aunque diseñada por ellos mismos, ya que no existe una boutique para estacioneros. Usan pantalones y camisas con franjas de colores, una capa corta o pañoleta bordada con una cruz que cae sobre el hombro y una diminuta corbata, que los grupos consideran un símbolo de distinción. Las mujeres suelen usar túnicas y tocas, mientras que los niños se visten igual que los hombres. A diferencia de los grupos de otras ciudades, que usan birretes, bandas y fajas, los ñembyenses prefieren una imagen sobria pero decorosa.
Entre los años 1960 y principios de 1970, Ñemby llegó a contar con hasta doce grupos de estacioneros (Abc color, 1974). Actualmente, la ciudad cuenta con diez grupos activos, entre los cuales se encuentran:
1- Grupo de la Capilla Santísima Cruz de Rincón, formado el 8 de abril de 1948 por Gumercindo Duarte, aunque la tradición es anterior, ya que Duarte la heredó de su padre.
2- Grupo de la Capilla Inmaculada Concepción de María de Salinas, formado el 24 de junio de 1950, misma fecha en que los propios estacioneros fundaron la capilla.
3- Grupo de la Capilla San Francisco de Cañadita, varones, formado alrededor de 1955, aunque sus orígenes se remontan a 1941.
4- Grupo de la Capilla Inmaculada Concepción de María de Cañadita, varones, formado el 14 de enero de 1956.
5- Grupo de la Capilla Inmaculada Concepción de María de Cañadita, mujeres, formado en 2003.
6- Grupo de la Capilla San Juan Bautista de Cañadita, varones (fecha de formación desconocida).
7- Grupo de la Capilla San Juan Bautista de Cañadita, mujeres (fecha de formación desconocida).
8- Grupo de la Capilla San Jorge de Mbocayaty (fecha de formación desconocida).
9- Grupo de la Capilla San Blas de Rincón, Tape Guazú (fecha de formación desconocida).
10- Grupo de la Capilla Santísima Cruz de Pa’í Ñu (fecha de formación desconocida).
Aunque el estilo de los cánticos es netamente local, se perciben influencias del canto gregoriano y de la música española antigua. Estos cánticos se interpretan a capela, sin acompañamiento instrumental, y pueden ser en español, guaraní o jopará. El tono melancólico de las canciones simboliza el sufrimiento de Cristo, dando la impresión de que los estacioneros lloran mientras cantan. Sus letras hablan de la pasión, la crucifixión y muerte de Jesús, también de la Virgen María, y de otros momentos de la Semana Santa. Algunas canciones son desgarradoras, mientras que otras tienen un tono más meditativo. Según el investigador Mario Rubén Álvarez, estos cantos suelen realizarse a dos voces, combinando intervalos de tercera mayor y menor, con una tonalidad predominante en sol mayor (Álvarez, 2002). Por su parte, el director de orquesta Sánchez Haase señala que también pueden escucharse en una sola voz, a dos o incluso a tres voces, manteniendo siempre un ritmo sencillo en compás de 2/4. La forma de cantar es nasal, lo que le da un sonido particular, profundo y dolido. El cantante lírico Alejandro Méndez Mazzo explica que esta técnica no perjudica la voz, y que incluso es usada como ejercicio vocal para activar los resonadores nasales (Última Hora, 2009).
Estacioneras de la Capilla San Juan Bautista del barrio Cañadita, año 2018. Llevan los mismos elementos que los varones: la cruz, la bandera y el farol.
Las canciones son mayormente anónimas y se han transmitido de manera oral por generaciones. A veces, las letras las componen los propios miembros del grupo, como los maestros o aquellos con la capacidad de escribir poesía. Debido a que muchos de los antiguos estacioneros apenas sabían leer y escribir, los versos se aprendían de memoria y con el tiempo fueron perdiendo su forma original, llegando a volverse incoherentes y difíciles de entender. Bartomeu Meliá cita a Alcibíades González Delvalle en Estacioneros de Perasso y Szarán: “Quedan las palabras de la lengua sin la lengua, de tal manera que ‘los versos originales casi ya no existen, por lo menos así como fueron escritos. Con rigurosidad gramatical no entenderíamos muchas estrofas. Los mismos estacioneros no las entienden, pero las sienten’” (Meliá, 1992). Algunos opinan que esta poesía debería corregirse para recuperar su claridad original. Nosotros preferimos sumarnos a quienes valoran la imperfección como belleza y testimonio de un arte popular.
Manuscrito de un estacionero de Ñemby con la letra de la canción “De rodillas”. Se observan errores gramaticales y de ortografía que afectan el sentido en varias partes del poema.Pero, más que la corrección gramatical, lo que importa es cómo se oye al entonarlo.
Como dijéramos, en Ñemby la tradición no pasa de generación en generación por linaje, sino por pertenencia religioso-barrial. Eso le da un carácter abierto y comunitario, pero también más vulnerable al olvido. Por eso, los grupos se esfuerzan por preservar su herencia escribiendo sus letras en cuadernos para evitar perderlas. En abril de 2023, consultamos a Cándido Ortiz sobre la cantidad de canciones en el repertorio de la capilla Inmaculada Concepción de Cañadita, y nos dijo que eran cerca de 500. También hablamos con un miembro del grupo de estacioneros de la capilla San Francisco de Asís, quien estimó que tenían unas 70. Cada grupo tiene su propia decisión: algunos siguen ampliando su repertorio; otros consideran que lo que poseen es justo y suficiente para conservar su memoria y cumplir con su misión.
Anteriormente, sin embargo, tener un repertorio amplio no solo era valioso, sino necesario. En tiempos en que existía el Kurusu Ñuguaitî —un encuentro ritual entre grupos que se cruzaban en el camino— la cantidad de canciones podía marcar la diferencia entre ganar o perder. Cuando dos grupos se encontraban frente a frente, uno iniciaba el “requerimiento”, preguntando al otro: “¿De dónde vienes?” El otro grupo daba entonces la “contestación”, diciendo: “De la casa de Jerusalén al encuentro del Señor”. Luego, los bandereros se acercaban rápidamente haciendo tres reverencias con su bandera, hasta encontrarse en el centro del camino. A veces seguían su recorrido, pero otras veces comenzaba una competencia de canto que podía extenderse hasta el amanecer, y solo terminaba cuando uno de los grupos, el perdedor, se quedaba sin canciones.
Imagen de los estacioneros de la Capilla San Francisco de Asís del barrio Cañadita, gentilmente cedida por el grupo. Probablemente tomada en el año 2018.
En ese contexto, era común que los estacioneros intentaran apropiarse en secreto de letras ajenas, para asegurarse una mayor duración en estas competencias. Cada grupo cuidaba entonces su repertorio como un tesoro litúrgico valioso, como un patrimonio estratégico que no debía compartirse. Con los años, el Kurusu Ñuguaitî fue desapareciendo en Ñemby, y también el temor a perder en público, por lo que estos encuentros dejaron de realizarse hace aproximadamente 40 años. Para evitar la vergüenza de ser vencidos, los grupos comenzaron a coordinar sus rutas para evitar el cruce. Hoy ya no hay “robos musicales”, pero cada grupo sigue protegiendo sus letras como una marca propia.
En la Cuaresma, los estacioneros inician los ensayos que los prepararán para las noches del Vía Crucis. El canto no se improvisa: requiere tiempo, paciencia y armonía. Los grupos suelen componerse idealmente por 14 personas, en representación de las 14 estaciones del Vía Crucis, aunque pueden variar entre 10 y 20 integrantes. Superar los 18 ya implica desafíos técnicos, como mantener la afinación y coordinar las voces. Los grupos muy reducidos también pueden tener dificultades para sostener la polifonía (Banducci Júnior & Amizo, 2011).
Además de su participación en Semana Santa, los estacioneros de Ñemby también suelen cantar en otras fechas importantes, como los rezos familiares, el Kurusu Ara (Día de la Cruz, 3 de mayo), el Día de Todos los Santos (1 de noviembre), los novenarios y, en algunas ocasiones, la fiesta patronal de la ciudad, el 10 de agosto.
Estacioneros de la Sociedad Amparo Seguro de los Cristianos de la Compañía Rincón, durante el Viernes Santo de 2023, en la Parroquia de Ñemby. Foto de Abc color.
NOTA DEL AUTOR: Este trabajo busca ser el más completo sobre los estacioneros de Ñemby, y aún está en proceso...
Referencias
ABC Color. (1974, 14 de abril). Semana Santa en Ñemby: Llegan los cambios a una arraigada tradición. ABC Color. Asunción.
Álvarez, M. R. (2002). Lo mejor del folklore paraguayo. Asunción: Editorial El Lector.
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Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM). (1978). La Iglesia y América Latina: aportes pastorales desde el CELAM, conclusiones de los principales encuentros organizados por el CELAM en los diez últimos años (Tomo 1). Secretariado General del CELAM.
Doblas, G. de. (1836). Memoria histórica, geográfica, política y económica sobre la provincia de Misiones de indios guaraníes. Imprenta del Estado. Buenos Aires.
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Última Hora. (2009, abril 11). Purahéi asy, el cántico de los estacioneros. Asunción: Editorial El País.
El interés por la industrialización de la ganadería en Paraguay comenzó en 1915, en pleno contexto de la Primera Guerra Mundial. El empresario estadounidense George Lewis Rickard propuso la construcción de un frigorífico al sur de Asunción con capacidad para procesar 300 cabezas de ganado al día. Este proyecto fue aprobado por el Congreso y ratificado por el Presidente el 14 de julio de 1915, con un capital inicial de 1.500.000 dólares oro. Parte de este capital sería suscrito en Paraguay y el resto en Estados Unidos. A la empresa se le otorgaron importantes beneficios y condiciones, como la exoneración de derechos de importación sobre maquinaria, útiles y materiales necesarios para la planta, así como la exoneración de impuestos sobre las exportaciones de carne congelada y otros productos del frigorífico. Además, se estableció que el frigorífico debía faenar un mínimo de 300 animales diarios y que la concesión duraría 25 años, con la obligación de comenzar a operar en un plazo de dos años. También se acordó que la empresa debería pagar un único impuesto de veinte centavos oro sellado por la exportación de cada cuero de animal faenado en la planta (Anuario Estadístico, 1915) (Unión Panamericana, 1915).
Pero Rickard no cumplió con los requisitos para establecer la planta de procesamiento debido principalmente a la dificultad de conseguir materiales durante el conflicto bélico mundial. Además, los altos precios de estos materiales hicieron que el costo del proyecto aumentara considerablemente. Debido a esto, según la Ley 241 del 30 de mayo de 1917, las garantías de Rickard fueron transferidas a la empresa Central Products Co. La Central Products Co. era una empresa perteneciente a la International Products Co., que a su vez estaba controlada por la American International Corporation. La International Products Co. fue organizada el 28 de julio de 1916 para adquirir las propiedades de la New York & Paraguay Quebracho Co., ubicadas en Puerto Pinasco, que consistían en 200 leguas de tierras con quebracho, junto con ganado y mejoras (Bureau of Foreign and Domestic Commerce, 1918) (Moody, 1922). Entre las personas que formaron la junta directiva de la International Products Co. estuvieron William M. Baldwin, Charles E. Perkins, German P. Sulzberger, Joseph E. Stevens, J. Ogden Armour, Percival Farquhar y Philip W. Henry.
La Central Products Co. y la International Products Co se registraron juntas bajo la ley paraguaya como «Compañía Internacional de Productos» (IPC) (Halsey & Sherwell, 1926). El negocio de extracto de quebracho (tanino) lo manejaría directamente la International Products Co., mientras que la empresa subsidiaria se encargaría del empaque de carne, gestionando 150.000 cabezas de ganado en Puerto Pinasco. Ambas empresas tenían el mismo gerente general.
Con la promulgación de la Ley Nº 241 de 1917, se le otorgó a la IPC una concesión por 20 años para establecer un frigorífico en el pueblo de San Antonio, con varias condiciones y beneficios. Entre los más destacados estaban:
1. Instalación de un matadero para ganado vacuno, lanar, porcino y caprino, con la capacidad de preparar y conservar carnes mediante métodos modernos, siempre incluyendo la conservación por frío.
2. Construcción de infraestructuras propias, como muelles, y el mantenimiento de embarcaciones para el transporte de ganado y productos.
3. Exoneración de impuestos aduaneros para la maquinaria, útiles y artículos necesarios para la instalación y operación del frigorífico, además de la libre introducción de ganado y la exención de impuestos municipales y fiscales sobre la producción y exportación.
4. Incentivos para la mejora ganadera, como la posibilidad de cultivar praderas y practicar la mestización para mejorar la calidad del ganado.
5. La concesión especificaba que la empresa debía instalar el frigorífico con capacidad para faenar 500 animales al día en un plazo máximo de cinco años, bajo pena de caducidad.
6. La empresa estaba sujeta a regulaciones de sanidad animal y de control de la producción de alimentos, y tenía prohibida la transferencia de sus derechos a terceros sin el consentimiento del Poder Ejecutivo.
Algunos historiadores cometen el error de afirmar que las actividades del frigorífico ya estaban en marcha en 1917, incluso antes, en 1916 o 1915, pero esto no es correcto. Un informe del 1 de septiembre de 1918, publicado en Commerce Reports por el agregado comercial Robert S. Barrett desde Buenos Aires, lo aclara. En el índice de dicho informe aparece el título: “Paraguay tiene su primera empresa de ventas estadounidense”. Más adelante, en el cuerpo del artículo, bajo el subtítulo “Empresa estadounidense inicia operaciones en Paraguay”, se detalla esta información: “Se ha completado prácticamente la instalación de la gran planta de envasado de la International Products Co cerca de Asunción, y se espera que el sacrificio de ganado comience durante la primera semana de octubre (de 1918). Al principio, se sacrificará alrededor de 50 cabezas de ganado diariamente, pero este número aumentará gradualmente. Para finales de año, se espera que el sacrificio diario alcance las 400 cabezas, que es la capacidad actual de la planta. Aunque la planta está preparada para enviar carne enfriada, por el momento sus operaciones se limitarán al enlatado. La producción será enviada a Buenos Aires por las propias barcazas de la compañía y luego transferida a barcos de vapor para los puertos de Europa y Estados Unidos. La planta (…) ha estado en construcción durante el último año y se dice que es uno de los establecimientos más modernos de su tipo en América del Sur” (Commerce Reports, 1918). Esto demuestra que las operaciones de este frigorífico comenzaron más tarde de lo que algunos piensan, ya que su construcción se terminó a finales de 1918, no antes.
Fotografía del Frigorífico de la IPC tomada en 1927 por Enrique Maas. Imagoteca Paraguaya.
Cabe mencionar que hasta 1918 Paraguay no había podido enviar carne, pieles u otros productos animales directamente a Estados Unidos ni a otros países fuera de Argentina, Brasil y Uruguay debido a la falta de leyes de desinfección adecuadas. El Gobierno paraguayo empezó a tomar en serio la cuestión de la sanidad del ganado, reconociendo que si sus productos pudieran exportarse directamente a Estados Unidos y Europa, el país obtendría grandes beneficios. En 1918, un representante del Departamento de Agricultura de Estados Unidos pasó varios meses en Asunción asesorando al Gobierno sobre los requisitos sanitarios necesarios. El objetivo era aprobar una ley de inspección de carne que cumpliera con las exigencias de los mercados extranjeros, en especial el de Estados Unidos, y estableciera regulaciones estrictas para garantizar la calidad (Brock, 1919). Para 1919, la industria del procesamiento de carne en Paraguay estaba completamente controlada por empresas estadounidenses, con tres plantas operando en el país: una de Morris & Co. en San Salvador, otra de Swift & Co. en Zeballos-Cué, y la de Central Products Co. en San Antonio. Aunque al principio estas plantas eran llamadas «frigoríficos», en realidad no eran instalaciones de congelación, sino que se dedicaban al enlatado de carne. Fue la IPC de San Antonio la que, en 1920, comenzó a instalar las máquinas necesarias para empezar con la refrigeración. Antes de que existieran los frigoríficos, la preparación de carne a nivel comercial se limitaba a los «saladeros», que producían carne seca o «charqui» (cecina). El saladero más importante era el de Risso, ubicado en el Alto Paraguay, cerca de la frontera con Brasil. Este y otros saladeros más pequeños tuvieron que cerrar porque no pudieron competir con los frigoríficos en el mercado de la carne (Schurz, 1920).
Preparación del terreno, construcción de infraestructura y organización administrativa (1917-1920)
La ubicación del frigorífico fue cuidadosamente seleccionada: «San Antonio está ubicada en el río, a unas millas por debajo de Asunción, casi directamente frente a la desembocadura del Pilcomayo» (Schurz, 1920). En una zona de “matorrales” la empresa comenzó la limpieza del terreno para la construcción de la planta. «El terreno ha sido limpiado y se ha comenzado la construcción de un muelle» (Brock, 1919).
Este terreno elegido para la planta estaba «bien por encima de la marca de inundación del río Paraguay y poseía uno de los mejores puertos del río». La IPC se centró en asegurar que las instalaciones fueran modernas y resistentes. El edificio principal era una estructura de tres pisos de hormigón armado, y se estaba trabajando en la construcción de un segundo edificio de cinco pisos dedicado específicamente a la preparación de carne refrigerada. Además, la planta estaba equipada con talleres de maquinaria completamente estadounidense, almacenes, una planta de hielo, hornos de ladrillo y una planta de luz eléctrica, utilizando tecnología moderna en todas las fases del proceso de producción (Schurz, 1920).
La compañía tenía su propia flota de remolcadores y barcazas, con la cual transportaba su ganado río abajo y llevaba los productos terminados a Buenos Aires. Instaló oficinas administrativas en Asunción, mientras que el departamento de contabilidad y otras oficinas administrativas generales se ubicaron en San Antonio. Las operaciones internacionales se gestionaban desde sus oficinas en Buenos Aires y Nueva York (Schurz, 1920).
En sus primeros años, la empresa empleó a alrededor de 1.400 personas, tanto hombres como mujeres (Rivarola, 1993), construyendo un nuevo núcleo urbano en torno al frigorífico. La mayoría de los funcionarios administrativos de la compañía y los empleados de oficina eran estadounidenses. Muchos de estos extranjeros vivían en San Antonio y disponían de modernas y atractivas casas de ladrillo, construidas especialmente para ellos. Los demás empleados vivían en cómodas y limpias casas de madera, que se les proporcionaban sin costo alguno. Las proyecciones de películas y la escuela nocturna eran parte de la política de la compañía para cuidar a sus trabajadores (Schurz, 1920).
Operaciones iniciales y primeras exportaciones (1920-1921)
Aunque la empresa criaba ganado en sus propias tierras para asegurar un suministro constante, también compraba ganado a agricultores locales. «Actualmente (noviembre de 1919), la planta está matando alrededor de 400 cabezas de ganado al día» (Schurz, 1920). En total, la IPC poseía casi 300 leguas cuadradas de tierra, incluyendo propiedades en Puerto Pinasco, Pedernal en el Chaco y las estancias Postillón en el Alto Paraguay. Además, arrendaron cinco leguas adicionales en el lado argentino del río, frente a San Antonio (Schurz, 1920).
Productos envasados y exportados por la IPC de San Antonio a principios de la década de 1940. Extraído de Quién es quién en el Paraguay (1941), de Monte Domecq.
La IPC comenzó a exportar tanino inicios de la década de 1920, convirtiéndose en el principal productor y exportador de tanino en Paraguay. En cuanto a su productos cárnicos, su primera exportación incluyó 73.443 cajones de carne conservada (Lovera & Franceschelli, 2019). En abril de 1921, se realizó la primera exportación de carne congelada desde el puerto de San Antonio (Unión Panamericana, 1921).
Vaca`í en la guerra del Chaco y exportaciones en 1965.
Durante la Guerra del Chaco (1932-1935), la falta de carne fresca se solucionaba con carne enlatada, conocida popularmente como «vacaí» o corned beef. Este alimento se convirtió en uno de los principales sustentos de los soldados en el frente de batalla debido a su durabilidad y facilidad de transporte. La carne enlatada, de aproximadamente 450 gramos, junto con agua y galletas, formaba la llamada «ración de hierro», un alimento esencial para los soldados en combate (Ramírez de Rojas, 2018; ABC, 2021).
La carne conservada provocaba mucha sed, especialmente bajo el intenso calor del Chaco, lo que hacía que los soldados evitaran comerla en esas condiciones extremas (González, 1957). Se sabe que muchas de estas latas llevaban los sellos de los fabricantes paraguayos, lo que sugiere que, aunque no hay registros específicos de ventas directas del Frigorífico de San Antonio, este tuvo un papel en la producción y distribución de carne enlatada para el conflicto.
Un aspecto interesante del hotel de la IPC, ca. 1950, ubicado en un entorno tranquilo y aún agreste. Fuente: Recuerdos de San Antonio.
Cuando el precio mundial del tanino cayó en 1955, la IPC vendió su fábrica en Puerto Pinasco en 1965 a la empresa Invicta, que luego quebró. Las ventas de carne de la IPC alcanzaron 13.6 millones de dólares en 1965, principalmente a los Estados Unidos. Ese año, las exportaciones del área de envasado de carnes fueron de unos 5 millones de dólares, lo que representaba aproximadamente el 30% del total de carne exportada desde Paraguay (CEPAL, 1987).
Secciones, huelga, producción, impuestos bajos y promesas sin cumplir
La fábrica de la IPC era el corazón del pueblo de San Antonio, y su funcionamiento era fundamental para la vida de la comunidad. El período de trabajo empezaba con la zafra ganadera, que se prolongaba durante seis meses. Durante ese tiempo, la planta funcionaba a todo ritmo, pero al finalizar la temporada, el frigorífico prácticamente cerraba sus puertas, y los empleados se quedaban sin trabajo durante el resto del año. Esta falta de estabilidad afectaba especialmente a las familias de San Antonio y Ñemby. En Ñemby, una maestra de la escuela Carlos Antonio López explicaba en 1972: «Los hombres tienen muy poco trabajo, porque solo trabajan en el Frigorífico de San Antonio durante seis meses. Los otros seis meses se quedan en la casa o no tienen a qué dedicarse. Algunos trabajan en las chacras y otros en la cantera, de manera que el principal problema con que cuenta el alumno es el económico” (Abc Color, 1972).
En 1977, el periodista y escritor Alcibíades González Delvalle destacó cómo la prosperidad de San Antonio dependía directamente de la fábrica: “San Antonio, ubicada aproximadamente a 25 kilómetros de la capital, a orillas del río Paraguay, es la típica localidad que vive pendiente de un solo factor: la fábrica. Como le va a esta, le va también al pueblo. El frigorífico rige la vida de la comunidad. La atrapa. La envuelve. La seduce. Ejerce una extraña fascinación. En época de receso —que suele durar hasta seis meses— sus empleados encuentran buenos trabajos, con mejor remuneración incluso, pero apenas la empresa llama a inscripción y dejan todo para regresar. Es cierto, la fábrica es una solución económica para dos mil familias durante tres o cuatro meses. Una solución a medias. A muchos les causa más males que beneficios. Es por el sistema con que se rige la fábrica. Al respecto, existen muchas quejas en contra de sus autoridades” (Abc color, 1977).
Por su parte, Óscar Brito, cofundador de El nuevo paraguayo, ofrece un testimonio único sobre el frigorífico. Brito vivió sus primeros cinco años de vida en uno de los chalets ubicados detrás de lo que fue el hotel de la IPC, una estructura que aún permanece en pie aunque ya en estado semi-ruinoso. Más adelante, ya de adulto, trabajó en el frigorífico, lo que le permitió conocer de cerca el funcionamiento de esta gigantesca planta industrial. A pedido nuestro, Brito compartió un entrañable relato en el que describe con detalle las diferentes secciones del frigorífico que él conoció: “¿Cuál era el lugar central de los viejos pueblos del Paraguay? Eran la iglesia y su plaza alrededor de las cuales estaban ubicados los edificios públicos: la comisaría, la municipalidad, el correo, juzgado de paz, registro civil, etcétera. En ese sentido, el pueblo de San Antonio era igual a los demás, excepto en que su zona de interés y desarrollo no eran ni la iglesia ni el centro del pueblo sino la gigantesca planta industrial del frigorífico San Antonio; porque era en los alrededores de dicho complejo donde se daba el mayor crecimiento edilicio y movimiento comercial del pueblo. La fábrica estaba situada a la vera del río Paraguay y contaba con su propio puerto de embarque en el que atracaban sin problemas los más grandes buques para cargar sus productos de exportación. Los vehículos llegaban a la planta por un camino empedrado bordeado de paraísos, a cuyo costado corría también otra calzada peatonal cubierta por grandes baldosas de piedra. Después, a la izquierda de estas avenidas, se encontraba la carnicería de la fábrica que surtía a sus empleados, y también la plaza del mercado, y luego, a la derecha, se hallaba un gran barrio de obreros al que llamaban «Casillas». Al trasponer el portón principal del inmenso predio, se podía ver a la izquierda una gran edificación con un nombre raro, se llamaba: «Oficina de Tiempo», donde se controlaban los relojes marcadores y las tarjetas de los dos mil obreros y empleados que trabajaban en la planta. A la derecha estaba una sección llamada «Latería». En ese lugar se recibían grandes planchas de hojalata que luego eran cortadas y moldeadas con máquinas para convertirlas en los envases que más tarde contendrían los diversos tipos de carne en conserva. Más a la derecha estaba la «Tripería”, donde caían los intestinos vacunos, y se separaban la diversas menudencias: el mondongo, el librillo, el chinchulín, para ser vendidos a los chureros; y también las menudencias de lujo como el hígado, la lengua, las sesos y los riñones, que eran destinados exclusivamente a la exportación. Encima de todo este conjunto se hallaba la «Playa de matanzas” donde las reses eran sacrificadas, desolladas y destazadas por los más hábiles cuchilleros del pueblo. La razón por la que este trabajo se hacía en el piso más alto era para que las diversas partes del animal fueran descendiendo por simple gravedad a sus respectivos lugares de procesamiento. Más atrás y hacia el río, estaba la «Cocina» donde se cocían y envasaban los productos. Después estaba la sección más grande y más poblada del personal a la que llamaban «Pintada», que era el lugar donde se etiquetaban los productos enlatados para la exportación. En ese lugar, las latas aún sin etiquetar permanecían en estacionamiento durante un mes con el objeto de descubrir los envases cuyo contenido estuviera contaminado con bacterias. Estas latas eran descubiertas porque se hinchaban como globos, y después eran retiradas y arrojadas a la basura. Pero el lugar más interesante de la planta era la «Sala de máquinas», donde se generaba toda la energía eléctrica que alimentaba al inmenso complejo, a las casas aledañas a la fábrica y al alumbrado público de las calles adyacentes, porque en aquel tiempo el país no estaba aún electrificado. En ese lugar cuatro gigantescas máquinas de vapor alimentadas con fuel-oil, y cuyos engranajes eran tan grandes como la altura de casas producían toda la energía necesaria y aún sobraba. En dicha fábrica se producía exclusivamente para el mercado norteamericano. Los productos eran abundantes pero no variados. Ellos consistían de «corned beef» (vaca`í), carne con caldo en latas cilíndricas de seis libras, picadillo de carne y carne congelada. El trabajo en la fábrica no era continuo durante todo el año, sino que se realizaba por zafras. En los años cincuenta y sesenta se trabajaba seis meses al año, pero con el correr de los años dicho tiempo de trabajo fue reduciéndose hasta que en los últimos años, dicho tiempo laboral se redujo a sólo dos meses. Pero lo que más vivifica la nostalgia de esos buenos años es el recuerdo de la belleza de las chicas trabajadoras con sus uniformes de blanco purísimo y sus botitas del mismo color. Hoy San Antonio ya no es una gran villa industrial, sino que se convirtió en una más de los ciudades dormitorio que rodean la capital, y la que fue la fábrica todavía exhibe su inmensa mole blanquecina recortándose contra el cielo, recordándonos que el modesto pueblo de San Antonio fue una vez uno de los grandes motores de trabajo, prosperidad y riqueza del Paraguay”.
Publicidad de 1932 de la International Products Corporation, representante en Paraguay de encurtidos y conservas inglesas, piñas en almibar, perfumería, leche evaporada y condensada, además de productos elaborados en su frigorífico como bifes, hígados y riñones fritos en salsa, y corned beef.
En 1928, los trabajadores del frigorífico protagonizaron una de las huelgas más importantes de su historia. El 10 de enero de ese año, alrededor de 800 obreros se declararon en huelga contra la IPC. Las demandas de los trabajadores incluían la reducción de la jornada laboral a 8 horas, salarios justos y la formalización de un convenio colectivo de trabajo. La Liga de Obreros Marítimos (LOM) y la Unión Obrera del Paraguay (UOP) respaldaron la medida, llamando a la solidaridad con los huelguistas y pidiendo a la población que no comprara productos de la IPC. Los huelguistas bloquearon la entrada y salida del frigorífico, paralizando sus actividades. Además, organizaron un mitin en contra del entonces presidente Eusebio Ayala, mostrando su descontento no solo con la empresa, sino también con las políticas laborales del gobierno.
En 1964, el frigorífico vivió uno de sus años más productivos. Durante este periodo, se faenaron 69.496 animales, cuyo valor total de adquisición alcanzó los 429.032.818 guaraníes. La planta empleó a 2.137 trabajadores durante la temporada de faena, mientras que en el periodo de receso solo permanecían ocupados 285 empleados. Ese año se elaboraron 712.400 cajones de carne conservada de 24/12 onzas, 2.278 cajones de lenguas de 6/6 libras y 190.250 kilogramos de extracto de carne. Además, se obtuvieron importantes cantidades de subproductos como cueros (69.496 unidades), grasa comestible (646.581 kg), sebo industrial (350.748 kg), sangre seca (205.604 kg), huesos industriales (192.713 kg) y huesos núcleos (68.835 kg). También se produjeron fertilizantes (1.207.909 kg), crackling o chicharõ (447.473 kg), pelo de oreja (48 kg), hiel concentrada (2.220 kg), astas (34.411 kg), cerda (2.915 kg), aceite de patas (10.289 kg) y pezuñas (34.411 kg). Cuatro años después, en 1968, el frigorífico seguía en auge, aunque con una ligera reducción en su capacidad. Ese año empleó a 1.900 trabajadores. El 22 de marzo comenzó la temporada de zafra, y ese mismo día se sacrificaron 400 cabezas de ganado (ABC Color, 1968).
En marzo de 1968, ABC Color informó sobre el inicio de la zafra ganadera en San Antonio.
Para 1977, la IPC empleaba a hombres, mujeres, estudiantes e incluso a niños. Las mujeres “changadoras” llegaban a la fábrica a las cuatro de la mañana con la esperanza de ocupar un puesto temporal si alguna trabajadora faltaba. Algunas, demasiado jóvenes para trabajar legalmente, mentían sobre su edad y soportaban semanas sin hacer nada, volviendo a sus casas sin haber logrado trabajar. Los estudiantes secundarios tenían que levantarse entre las dos y las tres de la madrugada para cumplir con sus turnos, que comenzaban a las cuatro de la mañana y terminaban al mediodía. Después, a la una de la tarde, ya estaban en el colegio, prácticamente sin tiempo para descansar o tener actividades recreativas. Los niños más pequeños también tenían responsabilidades. Los empleados y obreros del frigorífico recibían una tarjeta especial para retirar carne en la carnicería de la empresa, y el costo se les descontaba directamente de sus sueldos. A algunos niños se les pagaba 300 guaraníes al mes por ayudar en esta tarea en la carnicería. Cuando había función de cine, muchos niños iban directamente a dormir al patio de la carnicería después de la película, esperando su turno para entrar a trabajar. Pero rara vez dormían realmente, ya que se pasaban el tiempo jugando y divirtiéndose. Esta falta de sueño hacía que la mayoría de estos niños llegaran a la escuela cansados, y muchos se dormían en clase. Además, no se alimentaban bien, lo que afectaba su rendimiento en el aula (ABC Color, 1977).
Además de estas duras condiciones laborales, la IPC fue criticada por su falta de compromiso con la comunidad. Prometía más de lo que cumplía, pagaba muy pocos impuestos y se mostraba distante con los habitantes fuera de su círculo de empleados.
En 1945, por ejemplo, el Ministerio del Interior tuvo que pagar a la IPC para que la comisaría de San Antonio recibiera carne. Esto muestra cómo incluso en necesidades básicas, la empresa prefería cobrar en lugar de contribuir (Decretos N° 7.524, 7.533, 8.181 y 8.214, 1945).
Vista del frigorífico IPC de San Antonio, probablemente de las décadas de 1950 o 1960. Autor de la fotografía desconocido.
Durante décadas, la IPC pagó muy pocos impuestos municipales. En 1970 solo abonaba G. 1.890 semestrales en concepto de patente, una cifra que las autoridades del pueblo describieron como equivalente a la de un “almacén”. Tras varias gestiones, en 1974 se logró aumentar el pago a G. 25.000 anuales, aunque seguía siendo insuficiente para una empresa de su tamaño. Para ponerlo en perspectiva, los pequeños faenadores pagaban 100 guaraníes por cada cabeza de ganado faenada, mientras que la IPC solo pagaba 4 guaraníes por cabeza (ABC Color, 1977).
En 1977, con la entrada en vigor de la Ley 620/76, la IPC se vio obligada a pagar impuestos adecuados a su actividad. Sin embargo, la empresa no lo aceptó fácilmente. Intentó presionar a las autoridades municipales, incluso solicitando al Ministerio del Interior que interviniera la Municipalidad de San Antonio. Los concejales consideraron esto un intento de intimidación, reaccionando con una demanda por difamación y calumnia contra un representante de la empresa. La IPC también se ganó la crítica de la comunidad por no cumplir con lo que prometía. En 1972, mientras negociaba una reducción de impuestos, la empresa aseguró que construiría un campo deportivo para el colegio y pavimentaría calles de San Antonio. Ninguna de estas promesas se materializó.
Otro caso emblemático fue el del centro de salud. La empresa donó un terreno para la construcción del edificio, y la comunidad comenzó a trabajar en el lugar. Pero cuando se solicitó formalizar la donación, la IPC se negó, dejando a la comunidad sin terreno y con los ladrillos ya comprados para la obra. Finalmente, los vecinos, con la ayuda de la Municipalidad y otras instituciones, lograron construir el centro de salud en otro predio.
Además, cuando la Municipalidad intentó abrir una calle importante para mejorar la comunicación de un barrio, el frigorífico actuó rápidamente para detener la obra. En lugar de apoyar el proyecto, la IPC construyó un lavadero de vacunos en el mismo lugar, lo que impidió que se pudiera llevar a cabo la obra comunal (Abc Color, 1977).
El declive, cierre y transformación del frigorífico
Hacia mediados de la década de 1970, la industria cárnica comenzó a enfrentar un fuerte declive debido al cierre del Mercado Común Europeo a la producción paraguaya. La IPC no pudo resistir esta crisis y finalmente cerró sus operaciones en 1978 (Parquet, 1987).
En ese contexto, el periodista y escritor Alcibíades González Delvalle reflexionaba en 1978: “Por fin el frigorífico de San Antonio cerró sus puertas después de haberlas tenido entreabiertas durante 61 años. Nunca han estado abiertas del todo. Ha sido siempre un frigorífico a medias. Nunca dejó de vivir de espaldas a San Antonio. En 61 años de actividad, el frigorífico de la IPC no gastó un céntimo por el pueblo. No se le debe ni media cuadra de empedrado. Los escolares nunca recibieron un lápiz de papel como obsequio de la empresa. Hubo (una) época en que los agentes de Policía tenían que abrir los portones a los gringos quienes, en ningún caso, estaban dispuestos a salir de sus vehículos para cumplir con la baja función de abrir el portón” (González Delvalle, 1984).
Portada de ABC Color del 8 de septiembre de 1989, que relata el trágico incendio ocurrido el día anterior en el frigorífico, donde perdieron la vida 10 obreros: 6 hombres y 4 mujeres.
En los años 80, la planta fue adquirida por un grupo liderado por Alberto Antebi, quien la renombró Frigorífico San Antonio (FRISA). Sin embargo, la fábrica nunca recuperó su antiguo esplendor y funcionaba con una capacidad muy reducida, empleando a solo 350 obreros en esa década. Además, la empresa enfrentó numerosas denuncias por irregularidades laborales y abusos. El 7 de septiembre de 1989, un gran incendio en la planta causó la muerte de 10 obreros por asfixia o intoxicación. La tragedia dejó en evidencia graves negligencias: el frigorífico no contaba con un departamento de seguridad, los trabajadores laboraban sin equipo de protección adecuado y la planta ni siquiera estaba habilitada por la Dirección de Higiene y Seguridad Ocupacional del Ministerio de Justicia y Trabajo (Abc color, 1989). Tras el incendio, la empresa enfrentó acusaciones de chicanas legales para evadir el pago de indemnizaciones, y el IPS presentó acciones judiciales contra Alberto Antebi, señalando que durante años la compañía había retenido aportes de los trabajadores sin entregarlos al seguro social, presuntamente para intereses particulares.
Actualmente, el frigorífico sigue operando bajo el nombre de Minerva Foods, gestionado por una empresa de capital brasileño. Paralelamente, un grupo de ciudadanos busca preservar el antiguo hotel de empleados de la IPC como patrimonio histórico, social y cultural de San Antonio.
REFERENCIAS
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DECLARAN AL COCOTERO COMO SÍMBOLO NACIONAL DEL PARAGUAY: UNA PLANTA CON RAÍCES HISTÓRICAS EN ÑEMBY
El cocotero o mbocayá, cuya fragante flor adorna nuestros pesebres en esta temporada, ha sido declarado oficialmente como planta nacional del Paraguay gracias a la promulgación de la Ley 7380, publicada en la Gaceta Oficial el pasado 13 de diciembre. Esta normativa también establece como símbolos nacionales a la flor del cocotero y a su fruto, reconociendo su importancia histórica, cultural y alimenticia para el país.
A la llegada de los españoles a la zona de la actual Gran Asunción, se encontraron con una planta alargada, espinosa y delegada que producía pequeños frutos utilizados por los carios guaraníes para diversos fines. En ese entonces, la comarca de Ñemby estaba cubierta por grandes selvas de cocoteros. Uno de esos territorios históricos es conocido hoy día como Mbocayaty.
Mbocayaty fue liderado por el Mburuvichá cario Timbuai y se extendía desde el actual Barcequillo hasta el río Paraguay, cubriendo los territorios actuales de Ñemby, San Antonio y Villa Elisa. El pueblo de Ñemby fue históricamente un lugar de cocoteros y tuvo una aceitera donde se procesaba el coco para la producción de aceite. Incluso, el cocotero aparece representado en el escudo de la bandera de Ñemby, como un recordatorio de su importancia para la identidad ñembyense.
El cocotero enfrenta la amenaza del avance urbano. Sería importante que las autoridades que sean electas en 2026 tomen en serio la protección de nuestros árboles autóctonos e históricos y trabajen en replantarlos en áreas verdes como el cerro. El gobierno del intendente Tomás Olmedo no solo ha ignorado este tipo de legado, sino que ha tomado decisiones que parecen destinadas a destruirlo.
A mediados del siglo XIX, Paraguay estaba bajo el gobierno firme de Carlos Antonio López, quien guiaba al país en un proceso de modernización. Después de años de aislamiento, Paraguay intentaba abrirse al mundo sin perder su independencia. Fue en este momento cuando llegó el cónsul estadounidense Edward A. Hopkins, un joven carismático pero arrogante, que prometió «civilizar» al Paraguay a través de inversiones extranjeras, especialmente mediante la United States and Paraguay Navigation Company. López le dio muchos favores a Hopkins para ayudarlo con sus negocios. Le permitió traer maquinaria e insumos para sus industrias, abrir una fábrica de cigarrillos en Asunción y adquirir tierras en San Antonio. En este paraje, le ofreció un espacio en el antiguo cuartel para que su empresa lo usara como vivienda para sus empleados y como depósito para su aserradero, que estaba ubicado a orillas del río Paraguay (Moore, 1898). La fábrica de cigarros y el aserradero, que funcionaba con motores a vapor, empleaba a técnicos y jefes de diversas nacionalidades, como estadounidenses, irlandeses y cubanos. En el aserradero también laboraban 20 indígenas, 10 provenientes de Ypané y 10 de Guarambaré (Senado de los Estados Unidos, 1858). Gracias a un muelle natural de piedra, los barcos podían llegar fácilmente hasta el lugar.
EL PRIMER ASERRADERO A VAPOR DEL RÍO DE LA PLATA
El aserradero de San Antonio trabajaba diez horas al día, procesando más de 1.6 metros cúbicos de madera. Hopkins, en un informe al Senado de los Estados Unidos en 1858, destacó las ventajas del negocio. Mencionó que habían enviado más sierras porque consideraban que los bosques de San Antonio ofrecían “madera inagotable”, y que no existía otro aserradero similar en toda la región. Dijo: “No había otro aserradero al sur del ecuador, al este de los Andes, y ningún sitio adecuado para molinos en un radio de 1.500 millas en estos ríos, excepto el nuestro”. La compañía de Hopkins con sus sierras en San Antonio no solo buscaba producir madera, sino también fabricar toneles y otros productos derivados. Así lo detalló en su informe: “La segunda expedición llevó unos 22 artesanos adicionales, entre ellos mecánicos e ingenieros, operarios de aserraderos, toneleros y empaquetadores, carpinteros, ebanistas y tripulación para dos barcos a vapor, todos con sus herramientas de trabajo —que en un país como Buenos Aires serían inútiles, ya que carece de ríos y árboles—. Con solo la fábrica de toneles esperábamos ganar miles de dólares al año al evitar el enorme desperdicio de cueros en Paraguay, que se usaban para empacar las exportaciones del país, como yerba, tabaco, azúcar, melaza (mucho mejor conservadas en madera), así como para proveer a las provincias del sur, y a las ciudades de Buenos Aires y Montevideo con tubos y barriles, siempre muy caros. Paraguay y los países vecinos son California en riqueza” (Senado de los Estados Unidos, 1858).
Pero la relación entre Hopkins y López nunca fue fácil. Hopkins actuaba más como un “chiflado pintoresco” que como un verdadero cónsul. Solía pedir a la policía que limpiaran su cigarrería. Además, exigía castigos físicos para sus empleados: quería azotes para sus obreros más jóvenes y que desterraran a 20 leguas a las mujeres que faltaban al trabajo. A sus empleados del aserradero también descontaba el sueldo por cualquier “falta accidental” (El Nacional Argentino, 1859). Las excentricidades de Hopkins no paraban allí: le pidió a López ser nombrado almirante de la marina paraguaya para construir un barco diseñado por él mismo. Su plan era navegar con una tripulación estadounidense hasta Buenos Aires para secuestrar al dictador Rosas, asegurando que “solo necesitaba 100.000 pesos” para lograrlo. Pero López estaba irritado.
El USS Water Witch fue un barco de vapor con ruedas laterales, de 150 pies de largo y 7 pies 10 pulgadas de calado, que exploró los ríos de la cuenca del Plata a mediados de la década de 1850. Autor: Thomas Jefferson Page.
EL “CINTARAZO” EN SAN ANTONIO QUE DESATÓ LA TORMENTA
Un sábado 22 de julio de 1854, Edward Hopkins, su hermano Clement y su amiga madame Guillemot, esposa del diplomático francés en Paraguay, salieron a cabalgar por el establecimiento de San Antonio. Recorrieron la orilla del río, pasando por el muelle natural de piedra del aserradero y bordeando los “bosques inagotables de San Antonio” y los campos recién sembrados de maíz (Gutiérrez, 1982). Al mediodía, regresaron para almorzar. A la tarde, se prepararon para volver a Asunción, pero Clement fue quien acompañó a madame Guillemot, ya que Edward decidió quedarse a pasar la noche en San Antonio (Ynsfrán, 1954). Clement y madame Guillemot montaron sus caballos y emprendieron el regreso. En medio de un paisaje rural, sobre el camino angosto que cruza el arroyo Guazú, se toparon con una manada de ganado estatal que venía en dirección opuesta, rumbo a la estancia de Surubi`i. La tropa, formada por ariscos bueyes, era guiada por el soldado paraguayo Agustín Silvero, junto a sus asistentes (Vol. 1663, Nº7, año 1854). El soldado, al ver a la pareja acercarse a galope, hizo señas con el brazo para que se detuvieran y evitar así asustar a los animales. Pero Clement no le hizo caso: levantó la fusta y se lanzó al galope con su acompañante, atropellando el rebaño. El movimiento abrupto provocó el caos: los bueyes se desbandaron, dispersándose entre “las fragosidades de ambos lados del camino” (Vol.57.Núm . 28. S. Criminal). Aquello fue demasiado para el soldado, que consideró una ofensa tanto al ganado como a su deber; desenvainó su sable y descargó un sonoro “cintarazo” en la espalda de Clement Hopkins. El caos de la manada fue superado por el escándalo que acababa de ocurrir. Clement Hopkins, golpeado en su orgullo y con el lomo aún ardiendo, regresó con Guillemot al aserradero a contarle lo ocurrido a su hermano Edward, quien montó en cólera.
EL ESCUADRÓN DEL PARAGUAY. La imagen muestra una flota naval estadounidense bien equipada en formación, navegando hacia Asunción. Los barcos son una mezcla de buques de guerra a vela y a vapor, reflejando la transición tecnológica de la época. Abajo se indican los nombres de los barcos, que incluyen las fragatas Sabine y St. Lawrence, las corbetas Falmouth y Preble, las goletas Dolphin, Bainbridge y Perry, los vapores Fulton, Water Witch, Harriet Lane, Memphis, Atalanta, Caledonia, Southern Star, Westernport, el buque almacén Supply, entre otros transportes. Entre todos destaca el USS Sabine, la nave insignia, acompañado a su derecha por el Water Witch, que, a su lado, parece diminuto. Ilustración de Harper’s Weekly, del 16 de octubre de 1858.
El lunes temprano, dejando de lado toda diplomacia, cabalgó a gran velocidad hasta la casa de Gobierno en Asunción. Al llegar, irrumpió en el despacho de López, vestido “con ropa de montar” y con un gran rebenque en la mano, completamente fuera de sí. Lanzó insultos y acusaciones, se burló del gobierno paraguayo y hasta desairó a la familia del presidente. Exigió que el gobierno publicara una disculpa en su semanario por “ofender” a los Estados Unidos (El Nacional Argentino, 1859) y pidió, nada menos, que fusilaran al soldado que había osado cintarear a su hermano (Bermejo, 1873). Ante semejante actitud, López tomó una decisión tajante: le ordenó que se marchara de su presencia con “su gran rebenque”, le retiró sus credenciales diplomáticas y le ordenó abandonar el país de inmediato. Además, le confiscó las tierras que había adquirido en San Antonio y clausuró su fábrica de cigarros en Asunción. Por su parte, el soldado Silvero recibió un castigo de «trescientos palos», aunque solo había cumplido con su deber (Vol.57.Núm . 28. S. Criminal). En una cruel ironía del destino, mientras el soldado sufría los azotes, Hopkins reclamaba una indemnización exorbitante de 935.000 dólares.
EL DESALOJO FORZADO DEL ASERRADERO
El cierre del aserradero de San Antonio fue llevado a cabo de manera abrupta y desordenada, según el testimonio de Alexander Ferguson, maquinista y mayordomo del establecimiento. Los hechos comenzaron el 12 de septiembre de 1854 y se desarrollaron bajo la supervisión del juez de paz Nicolás Vásquez, hombre de confianza del presidente López, quien actuó en representación del gobierno paraguayo. A las 7:30 de la mañana, el juez Vásquez llegó a la propiedad con la intención de realizar un inventario, pero limitó sus registros únicamente a bienes ubicados dentro de un área específica de dos y media cuerdas (aproximadamente 200 metros), dejando fuera muchas otras partes de la propiedad y negándose a incluir bienes como la maquinaria pesada o la leña acumulada en el terreno. A pesar de una promesa inicial de registrar todos los bienes, Vásquez incumplió este compromiso. Al día siguiente, al amanecer, el cierre se intensificó con la llegada de más de 100 peones y alrededor de 40 carretas de bueyes. Se rompieron cercas para crear un acceso más directo, y los trabajadores comenzaron a retirar todo lo que encontraban, incluyendo maquinaria pesada, como sierras y herramientas de carpintería, mesas, sillas y demás enseres de la casa y la cocina, provisiones como maíz destinado para alimentar a los caballos. En el terreno también había una variedad de animales domésticos, como caballos, mulas y bueyes. Estos animales no fueron incluidos en el inventario ni protegidos. Las cercas fueron abiertas, dejando a los animales a su suerte, vagando sin control y expuestos a peligros. Aproximadamente a las 11:00 de la mañana del segundo día, el juez Vásquez ordenó que Ferguson y los demás empleados abandonaran inmediatamente la propiedad, pese a que el decreto oficial otorgaba un plazo de cuatro días para evacuarla. Esto dejó al equipo sin un lugar donde quedarse y sin provisiones básicas. Ante la falta de apoyo, tuvieron que negociar el transporte de su equipaje con las carretas disponibles, pagando precios excesivos. El juez intentó que Ferguson firmara un inventario incompleto, afirmando que era solo un registro parcial de lo que ya había realizado. Ferguson aceptó firmar con la condición de que se incluyera una nota aclaratoria en el documento. No obstante, quedó claro que el inventario no reflejaba todos los bienes confiscados, dejando varias pérdidas fuera del registro oficial. Al anochecer del segundo día, Ferguson y su equipo se vieron obligados a abandonar la propiedad, dejando al juez y a sus asistentes en plena posesión del lugar. Sin lugar donde dormir ni comida disponible, caminaron hacia la agencia general de la compañía en Asunción, adonde llegaron cerca de las 11:00 de la noche. La copia autenticada del inventario, prometida por el juez, no estaba lista al momento de su salida (Senado de los Estados Unidos, 1858).
GANANCIAS PERDIDAS PARA LA «UNITED STATES AND PARAGUAY NAVIGATION COMPANY«
Tras la orden de clausura de López, se frustraron las grandes expectativas de ganancias para el cónsul y sus empresas, que operaron solo durante 9 meses en el país. En su informe al Senado, Hopkins lamentaba las pérdidas de su cigarrería: “En el momento de la detención, estábamos fabricando 250.000 cigarros al mes, y de haber continuado sin interferencias, habríamos llegado a producir al menos un millón de cigarros por mes. Para 115 operarios (el número de empleados cuando se cerró la fábrica), cuando otros seis meses o un año los hicieran hábiles, cada uno produciría 300 cigarros por día, o en 26 días, 7.800 cigarros por mes, lo que multiplicado por 115 da un total de 897,000 cigarros. Contábamos, como prueban nuestros libros, con ciento cuarenta personas empleadas en ese momento, que ganaban entre tres y diez dólares al mes, precios fabulosos para los paraguayos, que nunca antes ni después se habían visto. Entonces, ¿cuáles habrían sido nuestras ganancias si se nos hubiera permitido poner en operación nuestros molinos de azúcar, molino de harina, máquina para ladrillos, molino de cepillos, desmotadoras de algodón, molinos de arroz, etc., que solo aguardaban su turno para ser instalados? Hoy tendríamos en nuestra plantilla a 1.500 personas enriqueciendo y civilizando al país”.
En su informe, Hopkins indicó que López no solo ordenó el cierre de todos los establecimientos, sino también la quema de las cercas y cobertizos. También mencionó que la empresa enfrentó ataques por parte de la población, quienes pasaron de tratar amablemente a los empleados a insultarlos y acosarlos. Según Hopkins, era común que les gritaran en las calles, les lanzaran cáscaras de naranja y cigarros, e incluso que treparan hasta las ventanas de sus casas para arrojar objetos a las habitaciones (Senado de los Estados Unidos, 1858). El diplomático lamentó la interrupción de sus negocios y el robo de los bienes de sus empresas, que equivalían a miles de dólares.
EL WATER WITCH Y EL CAÑONAZO DE ITAPIRÚ
Hopkins fue sacado del Paraguay a bordo del USS Water Witch, un buque estadounidense de visita en el país, que exploraba los ríos paraguayos en una expedición científica. Esto enfureció a López, que decretó la prohibición de entrada a todos los buques de guerra extranjeros en aguas paraguayas. El 1 de febrero de 1855, el Water Witch, ignorando la orden, intentó pasar una barrera sobre el Paraná. El buque estaba comandado por el teniente Williams N. Jeffers, en ausencia del capitán Thomas Page, y tenía una tripulación de 28 hombres y tres obuses como armamento. El comandante del fuerte de Itapirú, Vicente Duarte, envió un mensajero para advertir al teniente Jeffers, pero éste despectivamente tiró el decreto al suelo y le dijo al oficial que no le importaba el comandante de Itapirú, y que iba a continuar su camino sin hacer caso al decreto (Robles, 1855). El Water Witch continuó su avance, y Duarte ordenó disparos de fogueo como advertencia. Ante la burla de la tripulación del USS, que se rió de la batería paraguaya, Duarte ordenó abrir fuego con artillería real. Comenzó un intercambio de disparos entre la fortaleza y el barco: el Itapirú con sus cañones y el USS con sus obuses. La situación terminó mal para los estadounidenses: un disparo preciso alcanzó al Water Witch, dañando una de sus ruedas de propulsión, rompiendo los cables del timón, destruyendo las lanchas a bordo y matando al timonel Samuel Chaney. El Water Witch, incapaz de dañar la fortaleza, detuvo el fuego y quedó a la deriva, siendo arrastrado por la corriente hasta la ciudad de Corrientes. El cañonazo de Itapirú fue un duro golpe para la Armada de los Estados Unidos y causó un gran escándalo internacional. Los periódicos en Buenos Aires, Montevideo, Río de Janeiro, Londres, París y Estados Unidos cubrieron ampliamente el suceso, calificando a los paraguayos de salvajes. Hopkins, antes amigo de Paraguay, pasó a ser su enemigo acérrimo y pidió la intervención militar de EE. UU., calificando al país como “ese lugar de beréberes asiáticos”, esa «excrecencia del cuerpo internacional aun menos civilizado que el sultanato de Moscate” (Peña, 2001).
BATERÍAS EN HUMAITÁ. La fortaleza de Humaitá, situada en un terreno elevado junto al río Paraguay, contaba con baterías de artillería equipadas con cañones de gran calibre, estratégicamente dispuestas para controlar el paso del río. Sus defensas incluían trincheras, zanjas y galerías subterráneas diseñadas para resistir asedios prolongados. Detrás de las baterías se alzaban almacenes y edificaciones fortificadas. Ilustración publicada en Harper’s Weekly, 19 de marzo de 1859.
LA EXPEDICIÓN AL PARAGUAY: ENTRE LA DIPLOMACIA Y LA GUERRA
Tres años después del cañonazo de Itapirú, el presidente de Estados Unidos James Buchanan informó al Congreso sobre la situación con Paraguay y pidió permiso para exigir disculpas, indemnizaciones y garantías por los incidentes ocurridos. Parte de la prensa estadounidense apoyó esta solicitud. El Congreso aprobó una resolución que autorizaba al presidente a tomar las medidas necesarias, incluso el uso de la fuerza, si Paraguay no ofrecía una solución justa. Buchanan ordenó la movilización de la flota más grande y poderosa que Estados Unidos haya desplegado jamás. Se prepararon 19 buques, incluidos siete barcos de vapor que fueron adaptados para el combate. La flota zarpó a finales de octubre de 1858 bajo el mando del comodoro W. B. Shubrick. Contaba con cerca de 200 cañones y una tripulación cercana a los 2000 hombres y marines (Denison, 1859). El encargado de negociar un acuerdo con López fue James B. Bowlin. Se le ordenó exigir una disculpa por el ataque al Water Witch, junto con una indemnización de al menos cinco mil dólares para la familia del marinero fallecido, y lograr que el gobierno paraguayo pagara 500.000 dólares a la compañía de Hopkins. La flota estadounidense hizo una pausa en Corrientes, mientras Justo José de Urquiza, presidente de la Confederación Argentina, decidió acompañar a James B. Bowlin en el Fulton hacia Asunción para mediar y calmar la tensa situación. El resto de la flota quedó esperando en Corrientes, mientras el Fulton avanzaba en solitario. La disposición a negociar creció rápidamente cuando pasaron frente a la formidable fortaleza de Humaitá. Este consistía en varias baterías de artillería en un terreno elevado, con 16 grandes cañones estratégicamente colocados para controlar el paso del río. Además, Bowlin supo que en Humaitá había unos 12.000 soldados paraguayos y una reserva de 16.000 más listos para luchar (Torres, 2016). El puerto de Asunción también estaba protegido por fuertes defensas, entre las cuales destacaba una imponente batería de varios cañones. El 4 de febrero de 1859 se firmó un tratado de mutuo acuerdo y el 11 se publicó en el Semanario una proclamación de paz (Denison, 1859). En sus memorias, el presidente Buchanan falseó la historia al decir que los barcos estadounidenses habían llegado hasta Asunción y que Paraguay había ofrecido “amplias disculpas” (Buchanan, 1865). La verdad fue otra: Paraguay nunca se disculpó y, aunque pagó 10.000 dólares por el timonel muerto, no cedió ante la desmesurada exigencia de 500.000 dólares para la compañía de Hopkins, que no recibió un centavo. Así concluyó un episodio internacional que comenzó en un polvoriento camino rural de San Antonio, con el golpe de sable al hermano de un altivo cónsul, y un certero cañonazo a un buque yanqui. Dos desafíos que, en su tiempo, sorprendieron al mundo desde el centro de Sudamérica.
ILUSTRACIÓN DE HARPER’S WEEKLY (2 de abril y 16 de octubre de 1859) mostrando la flota estadounidense anclada frente a la costa de Montevideo, en su viaje hacia Paraguay. Se ven varios barcos en la bahía y, al fondo, la capital de Uruguay con sus edificios bajos. En la publicación, Carlos Antonio López fue descrito como un hombre “astuto, resuelto e ignorante”, quien, según el medio, no tendría más opción que ceder a las demandas de Estados Unidos para lograr la paz, pero esto no sucedió.
FLOTA ANCLADA EN ROSARIO EL 7 DE MAYO DE 1859. El comodoro Shubrick había regresado de Asunción el 18 de febrero y, tras haberse acordado la paz, todas las naves continuaron su curso río abajo, anclando en Rosario el 22 de febrero. En honor a la fecha del natalicio de Washington, se realizaron salvas, las naves fueron engalanadas y se llevaron a cabo ceremonias habituales. Mientras la flota permanecía allí, José Justo de Urquiza invitó al comodoro y al comisionado a visitar su palacio en San José. Ilustración de Harper’s Weekly.
La caricatura de la izquierda muestra cómo los estadounidenses imaginaban la guerra contra Paraguay, con soldados victoriosos y un Carlos Antonio López humillado. La imagen de la derecha muestra la realidad, con un brindis cordial entre ambos, donde aparecen el presidente Carlos y su hijo Francisco Solano López. Ilustración de Harper’s Weekly, 30 de abril de 1859.
REFERENCIAS
Archivo Nacional de Asunción. (1854). Proceso al soldado de caballería Agustín Silvero por castigo al norteamericano Hopkins. Vol. 1663, Nº 7.
Bermejo, I. A. (1873). Episodios de la vida privada, política y social en la República del Paraguay. Madrid: R. Labajos.
Buchanan, J. (n.d.). The administration on the eve of the Rebellion: A history of four years before the war.
Denison, J. L. (1859). Paraguay Expedition. En A pictorial history of the navy of the United States (pp. XX–XX). Henry Bill.
El Nacional Argentino. (1859, enero 5). Prensa paraguaya. Historia documentada de las cuestiones entre el gobierno del Paraguay y el de los Estados Unidos. El Nacional Argentino (Año VIII, Nº 834). Paraná.
Gutiérrez, R. (1982). Nuevos aportes a la cartografía urbana y arquitectónica del Paraguay. Anuario de la Academia Paraguaya de la Historia, XIX.
Moore, J. B. (1898). Reclamo de los Estados Unidos y la Compañía de Navegación Paraguay: Comisión bajo la convención entre los Estados Unidos y Paraguay del 4 de febrero de 1859. En Historia y resumen de los arbitrajes internacionales en los que los Estados Unidos ha sido parte (Vol. II, pp. XX–XX). Government Printing Office.
Peña, P. (2001). Intervenciones norteamericanas en América Latina. En El libro negro del capitalismo. Navarra: Editorial Txalaparta.
Robles, W. (1854, febrero 18). El Water Witch americano y la fortaleza de Itapirú en el Paraná: Documento oficial. Semanario, Nº 6.
Senado de los Estados Unidos. (1858–1869). Official documents relating to Paraguay, 1858–1869 (35º Congreso, 1ª Sesión, Nº 60).
A finales del siglo XIX y principios del siglo XX, Paraguay vivía entre naranjales. El país, reconocido por su fertilidad y exuberancia, exportaba millones de naranjas, y San Antonio fue uno de los centros neurálgicos de este comercio. Hoy en día, el puerto está silencioso, pero en aquellos tiempos, el bullicio y la actividad en torno a la exportación de naranjas formaban parte del paisaje cotidiano de San Antonio. Este es el relato de una época dorada que desapareció, pero cuya historia perdura.
El jardín de las Hespérides
El naranjo llegó a Paraguay con los colonizadores europeos y los misioneros jesuitas. El clima y la tierra paraguaya parecían tan propicios para este árbol que pronto se convirtió en parte natural de su paisaje. Al respecto, el cronista Gaudencio Yubero señalaba en 1915: «El naranjo ocupa en el Paraguay el primer puesto en su vegetación. Por todas partes donde se mire, desde el jardín de una población, desde la casa del hacendado hasta la cabaña del más pobre habitante, en las montañas como en las llanuras… la redondeada silueta y el verde oscuro y lustroso del árbol de las manzanas de oro aparece en todo el país, convirtiéndolo en un verdadero jardín de las Hespérides» (Yubero, 1915).
La abundancia de naranjas era tal que, en temporadas de crecidas de los ríos, se veían los ríos «arrastrar cantidades enormes de naranjas». Esto resultaba fascinante para los visitantes extranjeros, quienes no podían comprender cómo era posible que los naranjales creciesen en estado casi silvestre, como si la naturaleza misma hubiese decidido plantar esos árboles en cada rincón del país. Yubero también destacaba que, en Paraguay, el clima y la fertilidad del suelo eran tan favorables para los naranjales que «muchos de los inmensos naranjales que se encuentran en el territorio deben su existencia exclusivamente a la naturaleza». La producción de estos árboles era impresionante. “La producción media por planta es de 2.000 frutos para el naranjo” (El Financiero, 1923), lo que indica que un solo árbol podía producir miles de naranjas al año bajo condiciones óptimas.
Naranjeras de San Antonio transportando canastas repletas de naranjas en el muelle hacia el vapor, alrededor de 1905.
Villeta, junto al puerto de San Antonio, era un importante punto de embarque de naranjas. Esta foto muestra a cargadoras de naranjas en Villeta, publicada en la revista Caras y Caretas, Buenos Aires, 1906.
Villeta en 1913, vista desde el puerto hacia la ciudad, con cargamentos de naranjas listos para embarcar. Publicado en Caras y Caretas.
Otra imagen del puerto de Villeta, donde mujeres llevan canastas de naranjas sobre sus cabezas para cargarlas en el vapor. Foto tomada en 1913, publicada en Caras y Caretas.
Largosmuelles para cargar naranjas en el puerto de Villeta. Caras y Caretas, 1913.
El puerto Naranja en la visión de Child
El puerto de San Antonio, junto a Villeta, fue uno de los principales puntos de exportación de naranjas hacia Argentina y otros mercados del Plata. La vida en este puerto, especialmente durante la temporada de cosecha entre mayo y agosto, era frenética. Carretas cargadas con miles de naranjas descendían desde las colinas hasta el puerto, donde mujeres descalzas subían y bajaban por largas pasarelas de madera, llevando cestas de naranjas sobre sus cabezas.
Theodore Child, un viajero británico que visitó San Antonio en 1891, dejó un relato invaluable de lo que vio: “Los dos puertos principales para el embarque de naranjas son San Lorenzo y San Antonio. El barco se detuvo en San Antonio, que es una localidad encantadora situada sobre el Paraguay; la orilla es de arena amarilla, los lirios bordean el agua, y en el fondo se levantan árboles, algunos de los cuales forman macizos de flores lilas. El puerto consiste en un cuadrado de arena; allí se encuentra, a la derecha, la cabaña y la bandera de la aduana (resguardo) y un pequeño muelle de madera; un camino rudimentariamente trazado que pasa frente a una especie de almacén (tambo) y se dirige hacia el interior; a la izquierda, una gran tienda establecida sobre postes de palmeras, con un suelo hecho de bambúes dispuestos en forma de celosía. Esta tienda está llena de naranjas, y en el exterior, sobre la arena, otras naranjas forman enormes montones. Carretas, arrastradas por yuntas de dos o cuatro bueyes y precedidas por un conductor vestido con un largo poncho y armado con una vara de bambú, bajan la colina, chirriando y crujiendo, y vienen a depositar en la orilla otros montones de frutas doradas. A la sombra de los árboles, están sentados grupos de hombres, mujeres y niños que tienen naranjas, plátanos, mandioca, loros, arrendajos y monos, todas mercancías que desean vender, pero que no se molestan en ofrecer, prefiriendo permanecer tranquilos e indiferentes, succionando mate con bombillas de plata. El vapor está amarrado, y una larga pasarela de tablas se coloca sobre altos caballetes, de manera que se puede ir y venir entre la rueda de paletas y la orilla». (Child, 1891). Es importante señalar que el viajero parece haber confundido los nombres de San Lorenzo y San Antonio, asumiendo que se trataban de dos puertos distintos. En realidad, el puerto se llamaba San Antonio y formaba parte de una de las compañías de San Lorenzo de La Frontera o Ñemby.
Naranjeras de San Antonio transportando canastas repletas de naranjas en el muelle hacia el vapor Cosmos.Fotografía tomada por Auguste François en 1891.De la colección de la Fundación Huellas de la Cultura Paraguaya.
El trabajo de carga de naranjas era realizado principalmente por mujeres, como describe Child: “Cuando todo está listo, unas sesenta mujeres y muchachas y una decena de hombres se ponen manos a la obra; unos llevan cestas llenas de naranjas, otros pasan estas cestas de la rueda de paletas a la cubierta superior, otros más pasan esas mismas cestas al corral o recinto ubicado detrás de la cabina del piloto, y finalmente otros devuelven las cestas vacías. Todo el ir y venir necesario para el transporte de las cestas es realizado por mujeres, quienes forman una procesión ascendente y otra descendente en la pasarela, casi siempre corriendo. Estas personas son indígenas de Paraguay, guaraníes y otros indios y mulatos de diversos colores, vestidos con telas de algodón de Manchester, en colores blanco, rosa, escarlata, amarillo o tonos llamativos. Las mujeres van todas descalzas. No son muy bellas en su mayoría, pero son alegres, y dispuestas a reír y gritar sin motivo alguno, simplemente porque disfrutan de la animación y el bullicio. Se parecen al pájaro y al mono. Las horas pasan y la operación sigue adelante. De acuerdo con la costumbre del Paraguay, las mujeres y las muchachas llevan cigarros en los labios. Los movimientos rápidos de los trabajadores que van y vienen en direcciones opuestas, vestidos con telas claras, las montañas de naranjas de un amarillo brillante, la tienda de un blanco deslumbrante, todo esto termina hipnotizando; pero tal es la originalidad del cuadro que uno sigue mirándolo a pesar de sí mismo. Es cierto que no hay nada más que hacer. Se ha visitado rápidamente el pueblo, enterrado en medio de los naranjos; no se puede pasear con facilidad a lo largo del río debido a los árboles cuyas ramas caen hacia el suelo; y uno se queda apoyado en la barandilla, observando a las mujeres y las muchachas que trabajan, mientras que sus esposos, padres y hermanos están tumbados en la orilla, fumando y jugando a las cartas, fieles a la costumbre paraguaya que dicta que las mujeres trabajen y los hombres se diviertan” (Child, 1891).
Mujeres paraguayas cargando naranjas en el vapor Cosmos en el muelle de San Antonio. Foto tomada el 1 de abril de 1891 por Auguste François, de la colección de la Fundación Huellas de la Cultura Paraguaya.
La magnitud y el ambiente del comercio de naranjas en San Antonio cautivaron a Theodore Child, quien en su visita siguió describiendo «El vapor debía cargar 250.000 naranjas; pero como no existe ningún control, es probable que se hayan embarcado al menos 300.000, por temor a que se pierdan. Estas naranjas son muy hermosas y tienen un perfume delicioso; se venden en San Antonio a un dólar paraguayo el millar. Las mujeres que llevan las cestas en la cabeza son pagadas a razón de 80 centavos por día; la cosecha de frutas dura ocho meses y comienza a finales de mayo. Los costos de transporte del Paraguay a Campana, y de Campana a La Boca en goleta, junto con las pérdidas resultantes de la putrefacción y la falta de cuidados durante el viaje, elevan el precio minorista de una buena naranja a dos centavos o diez céntimos en Buenos Aires. La industria más importante del Paraguay consiste en la exportación de estas naranjas. La buena temporada comienza en mayo y termina en agosto; durante ese período, los puertos de Paraguay, desde Humaitá hasta Asunción, envían enormes cantidades de frutas en vapores y goletas. Los principales puertos de embarque son Villeta, San Lorenzo y San Antonio; es allí donde se pueden ver las pintorescas procesiones de mujeres y muchachas que, riendo y gritando, llevan sobre sus cabezas las cestas de frutas desde la orilla hasta los barcos, semejantes a una tropa de laboriosas hormigas. Hasta ahora, no se ha hecho ningún uso industrial de estas naranjas; se exportan aproximadamente sesenta millones por año, se consume la misma cantidad en el país, y tal vez quede tres veces más que es comida por los monos y los pájaros, o que se pudre en el suelo» (Child, 1891).
Cargadoras de naranjas en San Antonio, ilustración publicada en Child, 1891.
La vida con mandioca y naranjas
En aquellos tiempos, las naranjas no solo eran una fuente de comercio, sino también una parte fundamental de la dieta diaria en Paraguay. La gente más pobre vivía literalmente de «un triste pedazo de mandioca y algunas naranjas», como lo menciona el relato recogido en 1889 “Historia del General Avestruz, ex-presidente de la República del Paraguay, 1889”. Esta combinación de mandioca y naranja, dos productos básicos, era el sustento cotidiano de muchas familias paraguayas.
El comercio millonario de naranjas
Durante el apogeo de la industria naranjera, Paraguay exportaba cantidades impresionantes de naranjas. La exportación a los países del Río de la Plata fue la siguiente: en 1881 se enviaron 23.958.850 de naranjas, en 1882 fueron 15.761.600, en 1883 se exportaron 24.182.200, en 1884 aumentaron a 27.275.000, en 1885 llegaron a 30.056.000 y en 1886 alcanzaron 32.482.500 unidades (Anuario Estadístico, 1886). En los años siguientes, la exportación siguió creciendo. En 1894, por ejemplo, se exportaron cerca de 50 millones de naranjas (Decoud, 1896). En 1913, un año clave, Paraguay exportó 145 millones de naranjas solo a Argentina, por un valor de 213.437 pesos oro argentino (Unión Panamericana, 1916). Esta exportación masiva convirtió a la naranja en uno de los pilares de la economía paraguaya.
Después del desembarque de naranjas y bananas paraguayas en el puerto de Buenos Aires, las ventas al por menor comenzaban de inmediato en el mismo muelle. Publicado en Caras y Caretas, 31 de mayo de 1902, Buenos Aires.
Hombre tirando un carrito para la venta de naranjas paraguayas a domicilio en Buenos Aires. Publicado en Caras y Caretas, 23 de septiembre de 1905, Buenos Aires.
El transporte de las naranjas no estaba exento de problemas. Como lo describiera Child, las frutas se cargaban a granel y no siempre llegaban en buen estado. “Las naranjas del Paraguay, recolectadas a palos, transportadas a granel en carretas y en los buques, maltratadas en todas las manipulaciones, llegan a los mercados del Plata en muy malas condiciones, con un desecho de 25%” (Yubero, 1915). A pesar de estas pérdidas, la industria naranjera siguió floreciendo a lo largo de varios lustros.
La defensa de la naranja paraguaya
La calidad de las naranjas paraguayas era tan apreciada que incluso generó tensiones comerciales con Argentina, que también empezaba a desarrollar su propia industria naranjera en provincias como Corrientes y Tucumán. En 1913, el Senado argentino debatió la posibilidad de imponer un impuesto a las naranjas paraguayas para proteger la producción local. Sin embargo, el influyente político Bernardo de Irigoyen defendió la importancia del comercio paraguayo: “¡Cómo! —dijo en su elocuente discurso—, ¿la República Argentina, país inmensamente rico, va a privar al Paraguay de una de sus escasas fuentes de recursos, solo por favorecer a los señores productores de naranjas de ciertas provincias? ¡Eso no es digno ni justo!” (Caras y Caretas, 1913). Gracias a este tipo de intervenciones, las naranjas paraguayas continuaron dominando el mercado argentino por años.
Llegada y descarga de naranjas paraguayas en La Boca, y su venta en el mercado porteño. Publicado en Caras y Caretas, 23 de septiembre de 1905, Buenos Aires.
Acumulación de naranjas paraguayas en el mercado argentino. Publicado en Caras y Caretas, 23 de septiembre de 1905, Buenos Aires.
Impuestos a la cosecha de naranjas
La importancia de la naranja en la vida cotidiana de Paraguay también se reflejaba en las regulaciones locales. A principios del siglo XX, las naranjas incluso pagaban impuestos en los mercados paraguayos. En 1903, se registraba un impuesto de0,60 centavos por una carretillada de mil naranjas(Registro Oficial, 1903). Este dato muestra no solo el volumen del comercio interno, sino también la importancia económica que la naranja había alcanzado en todos los aspectos de la vida paraguaya.
La decadencia de la industria naranjera
Con el paso del tiempo, la competencia con Argentina y otros factores, como la falta de infraestructura adecuada para el transporte y el desarrollo de otras industrias, llevaron al declive del comercio de naranjas en San Antonio. El uso de técnicas rudimentarias para la cosecha y transporte, junto con la creciente producción argentina, hizo que la exportación desde Paraguay perdiera competitividad.
A partir de la tercera década del siglo XX, los puertos de San Antonio y Villeta comenzaron a perder su relevancia. Hoy, San Antonio ya no es el bullicioso puerto naranjero que una vez fue. Las naranjas, que alguna vez cubrieron sus calles y llenaron los barcos rumbo al sur, son ahora un recuerdo del pasado.
Juan Francisco Zayas nació en San Lorenzo de la Frontera o Ñemby, alrededor de 1820, siendo hijo de Miguel Jerónimo Zayas y Francisca García. Fue ordenado sacerdote el 21 de febrero de 1846, desempeñando importantes roles en varias parroquias de Paraguay, como en Villarrica y Capiatá. Sin embargo, su mayor legado fue ser el primer cura de Areguá, designado en 1862, cuando el distrito estaba en proceso de creación, con la construcción del ferrocarril y la consolidación de sus estructuras básicas. Zayas jugó un papel fundamental en la fundación y desarrollo de la parroquia de Areguá, bendiciendo el Oratorio provisional el mismo día que se inauguró la estación de tren, el 25 de diciembre de 1862. Su compromiso con la patria se hizo evidente durante la Guerra Grande, cuando organizó y envió donaciones desde su parroquia para apoyar a los soldados y heridos paraguayos. Se cree que el padre Zayas desapareció durante la guerra, acompañando hasta el final a los combatientes paraguayos. Aunque no se sabe con certeza cómo ni dónde murió, su figura perdura como la de un mártir que sirvió tanto a su fe como a su patria.
BIBLIOGRAFÍA
Durán Estragó, M. (2005). Areguá: Rescate histórico 1576-1870. Fondec, Asunción.
Gaona, S. (1961). El clero en la Guerra del 70 (2ª ed.). El Arte, Asunción.
Rebeca Vergara Gaona, nacida el 25 de noviembre de 1987, es una abogada especializada en derecho empresarial y cumplimiento normativo. A los 11 años, dejó Ñemby para trasladarse a Argentina en busca de mejores oportunidades, aunque siempre ha mantenido una profunda conexión con su ciudad de origen, donde aún residen su madre y sus hermanos. En Argentina, Rebeca encontró un ambiente propicio para crecer, estudiar y desarrollarse profesionalmente. Graduada en abogacía por la Universidad de Buenos Aires (UBA), trabajó como analista en la Bolsa de Comercio de Buenos Aires. Además, fue ayudante de cátedra en la UBA y operador de mercado de capitales en el Instituto Argentino de Mercado de Capitales (IAMC). Complementó su formación con un posgrado en Economía y Finanzas, así como diplomaturas en fideicomisos y derecho de las finanzas corporativas en la Universidad CAECE y la Universidad Austral de Buenos Aires. Reconocida en su campo, Rebeca es miembro activo de la Asociación Española de Compliance. En 2023, recibió el Galardón Memorial José Manuel Maza en Madrid, España, por su investigación sobre la cadena de suministro de minerales en zonas de conflicto. En 2018, se presentó la oportunidad de mudarse a Andorra, un pequeño y encantador país en los Pirineos. Aunque significaba dejar atrás lo que había construido en Argentina, junto a su esposo argentino tomó la valiente decisión de buscar nuevas aventuras y oportunidades de crecimiento. Desde su llegada a Andorra, Rebeca ha trabajado en una refinería de oro certificada, donde su experiencia en compliance y en cadenas de valor de minerales críticos y de conflicto ha sido fundamental. Además de su labor profesional, Rebeca comparte su conocimiento y reflexiones sobre migración, tecnologías emergentes, derechos humanos y minerales de conflicto, convirtiéndose en una voz activa en estos temas. Su vida es un testimonio inspirador de cómo las circunstancias pueden moldear a una persona sin desviar su rumbo. Desde sus humildes comienzos en Ñemby hasta su actual hogar en La Massana, Andorra, Rebeca ha sabido aprovechar cada oportunidad para convertirse en una profesional destacada en su campo.
NOTA: Agradecemos al director de San Lorenzo PY, Daniel Vargas, por proporcionarnos el número de teléfono y el correo electrónico de Rebeca Vergara Gaona, lo que nos permitió comunicarnos con ella y facilitar la redacción de esta biografía.
Rebeca Vergara Gaona, durante su participación como abogada y experta en compliance en cadenas de valor de minerales críticos y de transición en el Congreso Internacional de Acción Climática en Santander, España, en 2024. Imagen cedida en exclusiva a El nuevo paraguayo por Rebeca Vergara Gaona.
Federico Acosta Gómez nació el 18 de julio de 1925 en Ñemby y falleció el 12 de febrero de 2022 a los 96 años. Fue un empresario destacado en el sector metalúrgico y un ferviente seguidor del Club Guaraní, donde jugó en su juventud y fue clave para que el club se mantuviera como una de las grandes potencias del fútbol paraguayo. Era conocido como el «Gran Karai Guasu Aurinegro» por su compromiso con el club. Federico no solo era nieto de uno de los miembros fundadores de la Junta Económico-Administrativa de Ñemby, sino también descendiente de uno de los fundadores del Club Fulgencio Yegros. Desde los diez años, Federico comenzó a trabajar y tuvo el honor de servir como ordenanza de dos presidentes de la República, Cecilio Báez y Félix Paiva. Admiraba la austeridad y el compromiso de los políticos de esa época, quienes, según él, se dedicaban a servir a la patria con humildad. Posteriormente, migró a la capital, donde fundó un exitoso negocio de ferretería y hierros, convirtiéndose en un referente empresarial en Asunción. Se casó con Teodora Martínez y fue padre de cuatro hijos: Federico “Pitín” Acosta, Alberto “Toti” Acosta, ambos ex presidentes del Club Guaraní, Fidel y Carlos Acosta, todos vinculados al deporte. Don Federico y su familia sufrieron persecuciones políticas durante el régimen de Stroessner, siendo detenidos y torturados debido a la militancia política de su hermano Dimas Acosta. A pesar de las adversidades, Federico dejó un legado de lucha, trabajo duro y amor por su familia y su club.
NOTA: Esta biografía se basa en el trabajo del historiador paraguayo y actual senador nacional Eduardo Nakayama, titulado “Los políticos de antes eran austeros”, publicado en 2020.