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Los especialistas podólogos nos recomiendan caminar descalzos. «Andar descalzo favorece la estructura anatómica del cuerpo, siempre y cuando se camine sobre una superficie lisa», dicen. Además es saludable porque nos libera del infecto y pegajoso contacto con la goma de los calzados. Hace muchos años, antes de la era Stronista, poseer un par de calzados era casi un lujo extravagante para la mayoría de los paraguayos. En algunos hogares campesinos había un par de calzados que pertenecían al padre de la familia quien los usaba solo para los días domingos para ir a misa, pero luego de terminada la celebración religiosa el señor se descalzaba y volvía a casa con sus zapatos en hombros porque éstos le hacían doler los pies.
Hasta no hace mucho tiempo, sobre todo en las zonas rurales de nuestro país, se podía ver a niños ir a la escuela descalzos. Según estudios, estos niños que daban clases sin zapatos aprendían más y mejor debido a que se sentían «más libres y más felices y desarrollaban mejor su inteligencia» (Foto ABC color)
Sin embargo, en otras casas relativamente prósperas de nuestra campiña, también las mujeres poseían calzados pero los usaban sólo en raras ocasiones, en acontecimiento sociales o religiosos y cuando era necesario ponerse muy lindas. Se las podía ver entonces en algunas noches caminando descalzas por caminos arenosos y con sus zapatos de tacón en la mano. Se dirigían a alguna fiesta Karapé, de esas que se celebraban bajo la enramada y sobre un suelo de tierra bien regado para no levantar polvo. Claro que al llegar cerca del lugar iluminado por lámparas “Mbopi”, ellas se restregaban los pies, se calzaban los zapatos, y entraban en la fiesta radiantes como damas de la realeza.
Existe una dureza natural en los pies de los paraguayos. Increíblemente, la mayoría podemos caminar sobre suelos ásperos casi sin molestias y sin quejarnos. Mi madre me contó que ella tuvo sus primeros zapatos recién después de ser señorita, y cuando le pregunté cómo se las arreglaba para caminar descalza sobre la crujiente escarcha en esos amaneceres muy fríos, allá en su Quiindy natal, me respondió que el truco consistía en caminar a paso rápido y sin detenerse para evitar que se congelaran los pies.
Caminar descalzo es totalmente natural, más allá de la vergüenza que pudiera ocasionarnos. Existen países desarrollados donde ahora mismo es una moda andar con los pies desnudos. Nueva Zelanda es uno de ellos. Sus habitantes andan descalzos por la calle. Allí el 50% de los jóvenes van al colegio totalmente descalzos, llueva o haga frío. Es curioso. Pero claro que por aquellos lugares andar descalzo es una opción y no una cuestión de pobreza.
En nuestro país, el problema de los pies descalzos comenzó a experimentar algún alivio allá por los años 50, cuando empezaron a llegar al país esas zapatillas deportivas de lona y goma a las que acá llamamos “championes”. Aunque estos artículos eran más baratos que los zapatos de cuero, aún no estaban al alcance de las grandes mayorías, y la gente pobre siguió caminando descalza. Pero en la siguiente década apareció otra novedad: esas pantuflas de goma a las que llamamos “zapatillas japonesas”, o simplemente zapatillas, hoy de uso tan generalizado que todo paraguayo cuenta con por lo menos dos pares de estos artículos.
Cuando yo era niño sí poseía calzados y con ellos en los pies me iba a la escuela, pero la mayoría de mis amigos no los tenían, de modo que para salir a caminar o jugar con ellos me desprendía de mis calzados y así andaba todo el día: descalzo. Aún hoy, que ya soy un hombre viejo, sigo practicando esa costumbre porque los zapatos me molestan y me hacen doler los pies.
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