Nosotros, los ñembyenses, no tenemos la imagen de los ermitaños haraposos y de barba blanca que viven en los montes, que se alimentan de raíces y beben agua de lluvia. No. Nosotros somos ermitaños urbanos, amigos del consumismo, de la vida agitada, de la ciudad. Nosotros amamos las reuniones de amigos, los deportes, las fiestas, los viajes. Hoy, no somos ermitaños por una decisión filosófica, o por el deseo de abrazar una vida en soledad, lo somos porque hemos sidos llamados a la responsabilidad social y a no salir de nuestras casas. Pero para ser sinceros, lo último que buscábamos era el aislamiento, revivir el sosiego de nuestros mayores en un momento en que vivimos aferrados a la libertad, al capitalismo, a la fiebre de resultados. El comienzo de nuestra vida de ermitaños no fue fácil; apenas pudimos adaptarnos a este nuevo concepto del “aislamiento total”. Pero uno de los aspectos más agradables de pasar aislados es la oportunidad de compartir en familia: de estar más tiempo con las criaturas, de besar más a la señora, de jugar juntos, de recordar viejas anécdotas, de ver películas. Hoy en día es muy difícil sentirnos solos, pues la mayoría de los ermitaños de ciudad estamos conectados al mundo exterior a través de teléfonos y computadoras. Pero si todavía nos sentimos solos, pensamos en los otros ermitaños que conocemos, y entonces nos damos cuenta de que en realidad no estamos solos, porque somos conscientes de nuestra unidad con el barrio, con la ciudad, con el país, con el mundo. Los ermitaños del barrio Caaguazú, los ermitaños de Asunción, los ermitaños de Nueva York, tenemos algo en común: estamos peleando una guerra contra un enemigo invisible, el Covid-19, y lo estamos haciendo por nuestra salud, y por la salud de todos. Soportar la reclusión es síntoma de auto-preservación, de fortaleza, de amor al prójimo, de patriotismo. Si no, que lo digan los ermitaños más pobres que sobreviven sin ingresos, y que no salen de sus casas aunque no tengan más qué comer. Por las tardes, cuando estás sentado en la sala o en el patio de tu casa y hueles el olor de las tortillas fritándose, te das cuenta de que la vida se aferra a la vida como puede, que no le importa postergar la libertad ni los placeres porque en el fondo lo que vale es ¡la vida! Es un sacrificio menor el cenar tortillas con cocido si ello implica preservar tu vida y la vida de tu familia. Esta es una guerra contra un virus que golpea fuerte, a la economía, a los médicos, pero sobre todo a los enfermos, a los internados, muchos de los cuales levantaron este país y ahora están peleando para no morirse asfixiados. Cerremos nuestras puertas, pero mantengamos abierta la esperanza de que esta pesadilla termine pronto. Lo malo también llega a su fin, tarde o temprano; el incendio se extingue, el árbol retoña, la tormenta termina, el día vuelve a clarear. Quizá necesitábamos un escarmiento como éste, quizá el mundo necesitaba un reseteo en todos los sentidos. El mundo de ayer era un mundo ruidoso y de velocidad frenética; hoy se ha tomado un descanso. La ciudad también se ha tomado un descanso; hoy es un desierto de asfalto, cemento y vidrio. A veces salimos a buscar comida en ese desierto y añoramos correr por sus calles, libres, despreocupados. Pero la normalidad es ahora un privilegio, y como a una novia enojada, hay que saberla conquistar de nuevo. Por eso, hoy más que nunca necesitamos ser ermitaños, vivir aislados en nuestra ermita. Solo si renunciamos al mundo y a nosotros mismos podremos luchar contra este virus y derribarlo.
Texto: Freddy Ovelar
Fotografía: Shutterstock






















































