Temprano en las mañanas, después de recoger las ropas de sus clientas en sus hogares, ellas se dirigían al arroyo con grandes líos de ropa en la cabeza. Acompañadas de sus hijos, se sentaban junto a las aguas que fluían junto a las hierbas, cerca del pocito de la escuela Don Bienvenido Osorio. Allí se pasaban horas y horas encorvadas sobre sus tablas, azotando una y otra vez las telas con sus manos, con sus cepillos, con sus palas de lavar, pequeñas herramientas de madera en forma de raqueta que sus esposos les fabricaban. Mientras fumaban sus gruesos cigarros o conversaban entre ellas, fregaban la mugre ajena con el único detergente que tenían: el jabón en pan. Sábanas, manteles y ropas ponían a secar sobre los alambrados y arbustos, seguidas por las vacas que se acercaban a comer pasto y flores. Los niños jugaban por allí, y los mangos maduros caían de los árboles cercanos. Con el cerro Ñemby de fondo, el paisaje era tan hermoso que parecía una pintura campestre llena de detalles. A pesar de los dolores de espalda y las heridas en las manos, estas mujeres sufridas apenas se quejaban. Ña Pabla, Ña Francisca, Ña Luisa, Ña Chivé y otras más, suavizaban sus prendas con su sudor para contribuir al escaso salario de sus esposos, quienes trabajaban como agricultores, ayudantes de albañil o jornaleros. Por las tardecitas, regresaban a casa con sus palanganas llenas de ropas, que transportaban en la cabeza sobre una rosca de trapo. Los niños las ayudaban a llevar los baldes, los ajakás y otros utensilios. Cansadas pero orgullosas entregaban sus esfuerzos a las clientas satisfechas, y solo entonces, después de recibir el pago, volvían a sus hogares junto al cerro, impregnadas del olor del jabón, y los efluvios del ysyry.
Freddy Ovelar















