AGUA PARA LOS PÁJAROS

Variedades

Por el calor y la sequía reinantes, las lagunas están casi secas, y el nivel de los ríos en baja. Los pájaros y las abejas padecen el calor y la sed como los otros seres vivos, y sufren el doble por la búsqueda de agua. Ayudémoslos a sobrevivir poniendo un bebedero en el jardín, en los boscajes, patios baldíos, o bajo cualquier sombra. Recordemos que los pájaros pueden deshidratarse y caerse muertos del cielo. Ellos no pueden pedirlo y a nosotros no nos cuesta nada. ¡Choca esas alitas!

María Sol Salinas

Un bebedero para pájaros y abejas hecho de botella de plástico
Se recomienda cambiar de agua de tanto en tanto para evitar un posible criadero de mosquitos
No olvidar colgar el bebedero con agua limpia y fresca en una sombra

NO ES DALÍ, NO ES MONET, NO ES MIRÓ, ES AILTON ORTIZ

Entrevista

De leña, de musgo, de manzana, de óxido, de sol, de chocolate, de barro, de café, de rosa, de naranja, de lila, de malva, de vino, de pastel, se revisten las pinturas de Ailton Ortiz, como el plumaje de los pavorreales. Los colores y las forman se llevan bien en las obras de este joven artista plástico, mitad ñembyense, mitad sanantoniano. Hoy lo visitamos en su casa de San Antonio, que encontramos llena de cuadros y tejas pintadas, y tomando tereré nos pusimos a charlar, un poco de su vida, un poco de su familia, y sobre todo, de sus pinturas, que por su belleza atraen a las almas como la luna atrae a las mareas.

¿CÓMO FUE TU CONTACTO CON EL MUNDO DE LA PINTURA? Creo que el principio de todo fue mi amor por los dibujos.

¿ESTUDIASTE EN ALGUNA ESCUELA DE ARTE? Sí, al terminar el colegio estudié pintura en el Instituto de Bellas Artes de Asunción, por 5 años.

¿EN QUÉ TE INSPIRAS PARA PINTAR? Me gustan los paisajes del campo, y de ahí saco las imágenes que después llevo a mis cuadros.

LA MAYORÍA DE TUS PINTURAS ESTÁN HECHAS SOBRE TEJAS. ¿CÓMO TE SURGIÓ ESA IDEA? Fue al principio de la pandemia, Yo me había quedado sin trabajo porque me dedicaba a los eventos, y tomé una teja de por ahí y comencé a pintarla. Entonces una vecina se acercó a mí y me preguntó si podía pintarle a su perro, de nombre Beethoven. Le dije que sí, le pinté, lo hice bien, me gustó, y lo publiqué en mis redes sociales. Enseguida comenzaron a lloverme pedidos.

¿RECUERDAS CUÁL FUE EL PRIMER CUADRO QUE VENDISTE? Sí, lo vendí a una señora en una exposición callejera en la plaza de Ñemby, en el año 2.000. Entonces tenía 15 años de edad.

¿PUEDE UN PINTOR VIVIR DE SUS PINTURAS EN PARAGUAY? Yo creo que sí, si el cliente no le regatea mucho el precio.

¿CON QUÉ PINTOR TE HUBIESE GUSTADO ENCONTRARTE Y CONVERSAR? Con Claude Monet, porque a él, al igual que a mí, le atraían el paisaje y el aire libre.

¿CUÁNTO TIEMPO MÁS O MENOS TARDAS EN PINTAR UNA OBRA? Una teja me lleva media hora. Un lienzo al óleo entre 2 y 3 días, depende del tamaño.

¿CUÁL ES LA OBRA MÁS CARA QUE VENDISTE? Fue un paisaje campestre, por 3.500.000 Gs.

¿QUÉ EDAD TIENES? ¿ESTÁS CASADO? ¿CUÁNTOS HIJOS TIENES? Tengo 40 años, estoy acompañado, y tengo 2 hijos.

¿CONOCES LA HISTORIA DE POR QUÉ TUS PADRES TE PUSIERON ESE NOMBRE? Porque así se llamaba mi abuelo, que tenía origen brasileño.

¿CUÁNTO CUESTAN TUS TRABAJOS? Una teja pintada, 30.000, una antena pintada, 200.000, un lienzo al óleo, 500.000 Gs.

¿UN NÚMERO DE CONTACTO? El (0981) 667-521.

Ailton Ortiz Cavalcante lleva 5 meses viviendo de la pintura, si bien desde la niñez se ha dedicado a este arte. Un aireado y luminoso estudio, atestado de cuadros y obras en marcha, es el refugio de este modesto artesano que no solo pinta lo que ve ante él, sino lo que ve en sí mismo.

Texto: Freddy Ovelar

Fotografía: Fernando Ovelar

LAS BRUMAS DE LA RUINA. Este cuadro resalta una atmosfera espectral, en la que un grupo de árboles talados y un cielo tenebroso evocan la insensible avaricia del hombre.
RANCHITO CAMPIRANO. Los paisajes campestres son una constante en las obras del pintor paraguayo Ailton Ortiz Cavalcante.
En Ailton Ortiz Cavalcante, las tejas toman otro valor, valen por sus formas, por sus colores y por sus claroscuros
RANCHITO CAMPIRANO. Los paisajes campestres son una constante en las obras del pintor paraguayo Ailton Ortiz Cavalcante.
Los colores y las forman se llevan bien en las obras de este joven artista plástico, mitad ñembyense, mitad sanantoniano.
CASITA CAMPESINA: Las vistas campestres se hacen poesía y color en las obras de Ailton Ortiz.
El pintor, en pleno proceso de creación.
Ailton Ortiz Cavalcante lleva 5 meses viviendo de la pintura, si bien desde la niñez se ha dedicado a este arte.
Un momento de mí entrevista con EL GENIO DE LOS PERROS, Ailton Ortiz Cavalcante
El aireado y luminoso taller del pintor sanantoniano, está atestado de cuadros terminados y obras en marcha.
Ailton Ortiz ha merecido la fama sobre todo por haber dado color y vida a las tejas, pero también pinta sobre lienzo. ¡Y lo hace genial!
Las intenciones de las pinturas de Ailton Ortiz son sencillas, pero a la vez bellísimas.

LLEGÓ LA ESTACIÓN DE LA VIDA

Noticias

El invierno terminó. Las colinas siguen verdes, los lapachos coloridos, y en los barrios que se abren alrededor del cerro despiertan las florecillas junto al júbilo de los insectos, las mariposas, los pajarillos.

Las uvas y los mangos comienzan a florecer. El aire lleva un leve perfume de jacarandá, y el cielo aparece tan azul como el sueño de una joven de dieciséis años. Si esto no es la primavera, entonces ¿qué otra cosa puede ser? ¡FELIZ PRIMAVERA 2020!

Lapacho en flor en la campiña paraguaya
Flores del jardín paraguayo
Flores de mango

EL ÑEMBY QUE SE FUE – EL METEORITO QUE CAYÓ EN 1898

Historia

Los habitantes del barrio Caaguazú conocemos una fascinante historia acerca de un fenómeno extraterrestre ocurrido en Ñemby hace muchísimo tiempo. Según la leyenda, en una noche tormentosa, un bólido de fuego descendió del cielo y quedó atrapado entre las frondosas ramas de un gran árbol. De ese objeto emergió un ser brillante, un humanoide de características asombrosas, que entabló conversación con los vecinos. Aunque pueda sonar como una historia ficticia, ahora sabemos que este relato, o al menos parte de él, tiene sus raíces en un hecho real que tuvo lugar el viernes 26 de agosto de 1898, hace 122 años. En aquella noche, mientras caía una tormenta, los aproximadamente 3.200 habitantes del valle de Ñemby (en ese entonces llamado San Lorenzo de la Frontera) experimentaron un estruendo ensordecedor en sus hogares y una intensa luz que se filtró por las ventanas, causando temor y asombro en la comunidad.

Lo que parecía el aterrizaje de un ser sobrenatural resultó ser la caída de un meteorito, como se desprende de las publicaciones que surgieron días después del evento. Ronald Maidana, un destacado escritor paraguayo, expone estos hechos en su artículo titulado «El Enigma de San Lorenzo de la Frontera (1898): ¿Espuria? ¿Meteoro colosal? ¿Un objeto aéreo desconocido?». Una de estas publicaciones incluye una carta firmada por Ramón Ibáñez, quien más tarde se convertiría en vicepresidente de la Primera Junta Administrativa de Ñemby. La carta fue publicada por el diario «La Prensa» de Asunción el lunes 29 de agosto de 1898 y dice lo siguiente (fragmento):

«El viernes por la noche se desató una tormenta espantosa, en medio de la cual se produjo un estruendo colosal que indicaba que algo extraordinario había ocurrido. A pesar de encontrarme durmiendo completamente en mi domicilio, que se encuentra a más de una legua de distancia del lugar del suceso, me desperté sobresaltado por el fuerte ruido y la conmoción que se escuchaban dentro de mi habitación, como si el mundo hubiera estallado. Hoy, al visitar a mi amigo Franchisena, descubrí la causa que había provocado el ruido que tanto me asustó la noche anterior: se trataba de la caída de un meteoro gigante en su quinta, que destrozó la mayor parte de sus cultivos. El meteoro (…) está compuesto de sulfuro, antimonio y bismuto, y según otros, de sulfuro de plata y cobre; su color es bastante extraño, azul y verdoso; tiene una forma triangular y un tamaño fenomenal de veintisiete metros y quince centímetros de largo y catorce y veinticinco de ancho en la parte media; además, en el centro tiene grabada la figura de un hombre de dimensiones extraordinarias».

Otro diario capitalino, «El Pueblo», respondió a la publicación de «La Prensa» el miércoles 31 de agosto de 1898, informando lo siguiente (fragmento):

«Hemos recibido la noticia de la caída de un aerolito en San Lorenzo de la Frontera. Según nuestras averiguaciones, parece ser cierto que algo así sucedió, aunque no con las proporciones ni particularidades mencionadas por el corresponsal de ‘La Prensa’. Lo cierto es que el párroco de la localidad se hizo cargo del fenómeno, reuniendo a sus feligreses en la iglesia para explicarles de manera más prosaica sobre su origen».

La historia sobre este fenómeno de antaño puede definirse como leyenda que pertenece al folklore ñembyense. Sin embargo, a los vecinos del barrio Caaguazú nos complace saber que esta leyenda, oída de voz de nuestros mayores, tiene una base de verdad.

NOTA: Si el lector está interesado en leer la primera parte del extenso trabajo realizado por el escritor Ronald Maidana, puede hacerlo descargándolo de aquí: https://www.academia.edu/…/El_Enigma_de_San_Lorenzo_de…

Por Freddy Ovelar

El diario La Prensa publicó una carta de Ramón Ibáñez, quien luego sería vicepresidente de la Primera Junta Administrativa de Ñemby, en la que relata lo sucedido en una quinta de Ñemby, el 26 de agosto de 1898.
Facsímil de la publicación del diario LA PRENSA, del 29 de agosto de 1898.

EL ÑEMBY QUE SE FUE – ESPLENDOR Y OCASO DE LA LÍNEA 18 “PYTÂÍ”

Historia

En Ñemby no se puede hablar de transporte público regular hasta la llegada de la empresa “29 de setiembre Boquerón S.R.L.”, línea 18, en 1983. Hasta entonces, el transporte suburbano de Ñemby era brindado por carros, caballos, motos y bicicletas, y las únicas líneas de transporte público que llegaban a la ciudad eran las 39, 20 y 47, que circulaban por la ruta y cruzaban el microcentro, dejando aislados a los barrios. Una publicación de Abc color del año 1972 ilustraba con claridad la problemática de la falta de transporte público: “Otro de los problemas (de Ñemby) es el transporte público que lo una con Asunción. En este sentido, la Municipalidad (de Ñemby) está gestionando la extensión de línea de algunos micros y ómnibus, aunque existe también el Proyecto de llamar a licitación a las líneas interesadas. Conviene destacar que desde Cuatro Mojones sale una moderna ruta asfaltada hasta Ñemby. Por el momento, Ñemby usufructúa los transportes Públicos de San Antonio, Ypané y San Lorenzo. Pero los ómnibus de San Lorenzo tienen un horario muy irregular, por lo que casi no se cuenta con ellos. La población está formada por personas que deben viajar diariamente hasta la capital, porque trabajan o porque estudian”, indicaba una parte de la publicación (los paréntesis son nuestros). La llegada de la línea 18 con sus primeras 22 unidades, en forma experimental el 26 de octubre de 1982, y oficialmente el 3 de enero de 1983, supuso la extensión de la ciudad hacia sus distintos puntos, incluso a núcleos de población más alejados, como 4 vientos, Paí Ñu, Tapé Guasú, Capilla del Monte y Uruguay, de modo que la población más modesta y rural podía acceder al transporte rápido y económico, facilitándosele su desplazamiento. El transporte regular de pasajeros comenzó a desentrañar paulatinamente el distrito, y supuso una auténtica revolución en la ciudad, cambiando costumbres y hábitos de muchos vecinos, y trayendo consigo la extensión del casco urbano, la apertura de nuevos loteamientos, la rápida urbanización de los suburbios, la revalorización de los inmuebles y el fuerte crecimiento demográfico. Gracias a su primera línea de colectivos (con insignia cien por cien ñembyense), el poblador podía llegar a distintos puntos de la capital, a los mercados 4 y Abasto, la Terminad de ómnibus de Asunción, el puerto del centro, IPS Central y el Jardín Botánico. Gracias a la línea 18, Ñemby comenzaba a ser una importante localidad al sur de Asunción.

LA TERMINAL

La primera parada de la línea 18 fue un predio cercano al Monumento de la Batalla de Ytororô, hasta que la empresa adquirió un lote en el centro de Ñemby, donde está ahora el supermercado Gran Vía. En dicho lugar, el 27 de diciembre de 1983, a los efectos de ampliar y centralizar sus servicios, la empresa puso en funcionamiento la Terminal, las oficinas de Administración, los talleres y la estación de servicio. La Terminal, que entonces ya beneficiaba a unas 50.000 personas que utilizaban los colectivos para ir a trabajar, estudiar o comprar al mercado, potenció su función como centro comercial y área de esparcimiento alquilando salones comerciales a almacenes, peluquerías, copetines, tiendas de electrodomésticos, expendedores de juegos electrónicos y roperías. Desde la moderna estación partían los colectivos que comunicaban Ñemby con sus barrios y ciudades vecinas, y en ella los pasajeros podían tomar dos veces la misma línea sin pagar un nuevo pasaje. El novedoso sistema de transbordo, innovador de su tiempo, funcionaba cuando el pasajero se bajaba en la terminal y cambiaba de boleto en una caseta, y allí mismo esperaba a subirse a otro colectivo. Los boletos siempre diferían en color y tamaño e indicaban el destino al que quería ir el pasajero para completar su ruta; ésta podía ser Calle Última (IPS) o Centro, si el pasajero venía de un barrio, o Caaguazú, Paí Ñú o La Lomita, si el pasajero venía de Asunción. A principios de 1988, la empresa ya operaba con 60 unidades, dando empleo a 204 trabajadores, 146 choferes, 14 inspectores de boleto, 20 empleados administrativos y 25 talleristas. Con el tiempo la línea 18 adhirió más micros a su flota, amplió sus recorridos y se erigió en pionera en brindar transporte las 24 horas, siendo la única y última opción de viaje para miles de viajeros domingueros, trasnochados y madrugadores del área Metropolitana, que hoy la añoran con cariño.

EL OCASO

Hacia finales de los 90, las deudas impagas y el desastre administrativo derivaron en el inicio del fin de la empresa. La pérdida y demolición de su terminal, los años de conflictos en los estrados judiciales, el impudor de los sindicalistas, y las restricciones de circular estrangularon la existencia de la más tradicional empresa ñembyense. En el año 2010 la firma fue vendida y renombrada “29 de Setiembre Boquerón S.A.”. Los socios de esta nueva empresa se enfrentaron a desacuerdos y la empresa fue dividida en 3 fracciones, originando así 3 administraciones distintas, y una fuerte disputa por el derecho de usufrutuar el mismo itinerario. Finalmente, estas sociedades opuestas fueron devoradas también por el caos del sindicalismo, millonarias deudas y el trabajo irregular, y pusieron fin a uno de los emprendimientos del transporte más ambiciosos de Central. 

LOS FUNDADORES DE LA EMPRESA DE TRANSPORTE “29 DE SETIEMBRE – BOQUERÓN S.R.L.”

Los empresarios que dieron vida a uno de los mayores emblemas ñembyenses, fueron: Enrique Sosa Torales, Félix Amarilla, Rodolfo López, Isidro Acosta González, Abel Bogado, Sixto López, Valentín Paredes, Alberto Osorio, Aquilino Giménez, Virgilio Meza, Juan Mendoza, Vicente Mendieta, Dr. Adalberto Solalinde, Clemente Espínola, Marcelina viuda de Ocampos, Esperanza Ferreira, Otto Dietz Baüer y Cristóbal Espínola. 

GENERALIDADES

Superficie de la Terminal: 6.100 metros cuadrados.

Área cubierta: 1.500 metros cuadrados.

La inversión en la construcción de la terminal: 80.000.000 de guaraníes (año1983).

Concurrencia en la terminal en 1988: 5.000 personas diariamente, ascenso y descenso de pasajeros.

Cantidad de ómnibus (1988): 60 unidades.Fecha de habilitación: 03 de enero de 1983

Personal (año 1988): 204

Cantidad de Accionistas: 18

Cantidad de salones comerciales en la estación: 18

Capital: 10.000.000 de guaraníes.

Investigación y redacción: Freddy Ovelar

Colaboración: Ovidio Mendieta (El “Increíble”)

Fuentes consultadas: A) Pedro Espinosa B) “Historia de la empresa 29 de Setiembre Boquerón S.R.L.” línea 18 (Folleto), de autor desconocido.

Fotografía, edición y archivo: Fernando Ovelar

PRÓXIMA ENTREGA: LA HISTORIA DE LOS CHOFERES DE LA LÍNEA 18 Y SUS ANÉCDOTAS

La leyenda de la “18 pytaí” quedará ligada a la memoria de los ñembyenses y aledaños como la línea que nunca dejó a nadie en la calle. ¡Patrimonio ñembyense eterno!
Es indudable la importancia de la empresa 29 de setiembre en la potenciación del desarrollo de Ñemby.
Sobre estas líneas, quien escribe, Freddy Ovelar, en su tiempo de estudiante, en una foto con Enrique Sosa Torales, fundador, gerente general y accionista mayoritario de la línea 18, y su señora esposa. El éxito de la línea 18 y el carácter difícil hicieron de Sosa Torales una figura reconocida, respetada, y a la vez admirada por la comunidad. El personaje ñembyense encarnó al típico hombre de negocios y caudillo político paraguayo. A pesar de haber impulsado a cara de perro una de las empresas de transporte más eficaces y poderosas de Central, y haber sido propietario de una de las mayores flotas de vehículos del país, las malas decisiones le hicieron perder todo. El visionario ñembyense falleció en la ruina, entre el olvido y el desprecio, el 26 de junio de 2013. Próximamente, escribiremos una breve reseña sobre la vida y el legado de este genio que, a la hora de visionar el futuro del transporte, ayudó decisivamente a la transformación de Ñemby.
Los que ya no somos tan jóvenes podemos recordar que en la terminal de la línea 18, que era también un centro comercial, los pasajeros debíamos cambiar de boleto para el trasbordo, y esperar para tomar nuestra unidad. Aprovechábamos el tiempo para mironear en los pasillos, comprar un helado en una tienda, un “Beldent” o un “Halls” de Babalú, cortarnos el pelo en lo de Ruiz, lucirnos en los juegos electrónicos, ver televisión en el bar, o incluso novillear, si se daba la oportunidad. Muchos todavía podemos recordar la afluencia de pasajeros en el patio, en horas pico, esperando la llegada del bus, y cuando éste llegaba, raudo por el túnel, de pronto los viajeros se abalanzaban sobre él en desorden absoluto y a los tropezones. Y cómo olvidar las canciones tropicales echando chispas en el aire, el bullicio de los pájaros al caer sobre las copas de los mangos, en las tardecitas, y el grito de los choferes: “¡Rincón!” “¡La Lomita!” “¡Caaguazú!”. En la foto, una vista del taller-gomería que se encontraba justo frente a la parada-terminal.
LA LEGENDARIA “18 PYTAÍ”. Tan icónica como nuestro cerro, la mítica línea “18 pytaí” ondeó la bandera ñembyense en las rutas nacionales. Impulsada por capital ñembyense, dirigida por propietarios ñembyenses y conducida por choferes ñembyenses, la línea 18 “29 de Setiembre Boquerón S.R.L.” es tal vez la línea de transporte más evocada y recordada por los pasajeros del área metropolitana. 
A pesar de ser llamada la FRANKENSTEIN DEL TRANSPORTE PÚBLICO, la “18 pytaí” ocasionó pocos accidentes, y fue la única y última opción de viaje para miles de viajeros domingueros, trasnochados y madrugadores, que hoy la añoran con cariño.
Foto extraída de la página Colectivos Paraguayos y de América, cuya descripción dice: “Colectivos de antaño. Una foto de un semi-antaño de la vieja línea 18, comandada por la Empresa 29 de Septiembre. La foto data de una noche de primavera del 2015 en la Autopista Aviadores del Chaco y el cruce con San Martín. Coche 44, carrocería San Jorge, 1113 (1979) Mercedes Benz L-Series Empresa 29 de Septiembre Boquerón S.R.L”. 

FLORECEN LAS UVAS

Variedades

Como cada final de invierno, después de la caída de las hojas, de suponer un montón de palos viejos y secos, las parras salen de su estado vegetativo y despiertan. Dejan ver, primero, los brotes sobre sus sarmientos, que son tallos nuevos que crecerán hasta convertirse en hojas, luego, la inflorescencia, que son los granos de uva que darán lugar a las bayas de los racimos. Sobrevendrán meses de pura evolución; las parras beberán del sereno de la noche, se nutrirán con el néctar de la tierra, de las lluvias y el sol, y al fin, estarán exuberantes de hojas, ramas, colores, abejas, pajarillos, y sobre todo, ¡uvas maduras! Pero hasta entonces, el parral, como la vida, se irá abriendo camino, y nosotros, los que tenemos uno en casa, lo miraremos y admiraremos.

Freddy Ovelar

Flores de uva sobre sarmientos verdes.
Retoño de parra. Los racimos pronto comenzarán a hincharse.
Granos de uva en desarrollo y crecimiento
Apreciamos a las uvas, mientras éstas crecen y se desarrollan
Flores de vid. Al fin de la primavera estarán crecidas y maduras las uvas, que podremos arrancar y consumir frescas.

ÑEMBY Y LOS PERROS

El Ñemby que se fue

Antes de ser perros, éramos niños descalzos energizados con caldo de puchero y tortillas. Nuestros padres eran pobres, y aunque siempre faltaba el dinero para las atenciones del hogar, ellos sabían arreglárselas para no hacernos faltar el pan de cada día. ¡Gracias papá! ¡Gracias mamá! Ahora sé lo difícil que fue para ustedes. Vivíamos en precarias condiciones en el barrio Caaguazú, que entonces era un barrio infestado de yuyales, caminos de tierra y capueras. “Mejor en choza propia que en palacio ajeno”, nos dijo papá el día en que nos mudamos a casa, en Febrero de 1988. La casa estaba sin terminar, tenía aroma a barro fresco, y a mí me daba igual que fuera de una sola pieza, que no tuviera electricidad ni revoques ni baño ni piso ni puerta ni ventana. En aquel tiempo, la televisión y la radio eran lujos inalcanzables, y nuestro mobiliario se reducía a dos camas (en una dormíamos cuatro hermanos y en la otra nuestros padres) y una mesa con sillas, pero entonces, bajo el techo de nuestro definitivo hogar, nos sentíamos la familia más afortunada del mundo.

Yo tenía 12 años cuando me uní a los perros del barrio. Una mañana, siendo todavía muy nuevo en la cuadra, estaba en el umbral de casa mirando hacia la calle donde un grupo de cachorros jugaba al futbol. Ellos eran Teio, Lepi, Ángel y Clein, nativos del barrio Caaguazú y primos entre sí. El llamado Teio desvió la mirada hacia mí y me preguntó si quería jugar con ellos. Contesté que sí y salí a su encuentro; me saludaron alegres, con apretón de manos, abrazos. Ha upéi, mbaetekó, de lujo. Teio me sacudió el pelo con inquietas palmaditas, Ángel me pasó la pelota y Lepi me convidó su galleta. Era su manera de decirme que yo era bienvenido y que podía ser parte de ellos, de su jauría de perros, o cachorros de perro.

Los recuerdos que tengo de esa época son todos muy agradables. Hacíamos partidos so`o en la calle con pelotas de carey o trapo; construíamos pandorgas con varillas de tacuara y hule y competíamos por quién las hacía volar más alto. Jugábamos a los trompos, a las balitas, a las escondidas, a todo tipo de juegos en los que echábamos a rodar nuestra imaginación. No teníamos dinero, ni ropas, ni zapatos ni nada, pero estábamos felices de poder jugar. Los juegos eran la golosina de nuestra pobreza, y aunque no éramos niños pillos, a veces un desacuerdo o una burla podían causar el moquete. Al desafío de un bravucón con pretensiones graciosas (por ejemplo: EPOCÓ INAMBIRE, perverso detonante de épicos socos y lloros), seguía la mayor mofa para el desafiado; justo antes de tocar la oreja de su retado, el retador mojaba la palma de su mano con una larga lamida burlona. Entonces la fiera que dormía en el retado despertaba y se producía el moquete; el retado se arrojaba sobre su retador con los ojos desorbitados y dientes a la vista; los nambiros caían y rodaban por el suelo trenzados en un lío feroz de piernas y brazos pirulos. Dicen los expertos que no hay mejor momento que la niñez para aprender a repartir moquetes y a recibirlos; el nuestro era un moquete amistoso que parecía reforzar los lazos de nuestra jauría. En nuestra manera de ser, podíamos estar un rato gritándonos groseros insultos o pegándonos puñetazos furiosos y al otro estar riendo y jugando otra vez. Creo que este vínculo masculino es algo que las mujeres nunca entenderán.

A la casa del vecino íbamos a ver tele en los horarios de los dibujos y las series; nos reuníamos los de la manzana sentados en el piso, sudorosos, hediondos, y los que no entraban se quedaban afuera para mirar desde la ventana. Veíamos Transformers, Remi, Sankuokái, Los Picapiedra, Súper Campeones, Los Pitufos, El pájaro Loco, La familia Ingalls, El increíble Hulk, La Pantera Rosa, Bonanza, El Gran Chaparral, Thundercats, He-Man, Robotech, Mazinger Z, etcétera. A los perros nos gustaban las películas de pistoleros. Siempre que terminaban nos apeábamos de nuestros caballos imaginarios y nos ajustábamos el sombrero imaginario, luego sacábamos la pistola de palo de la cintura y comenzábamos a dispararnos plomos imaginarios. ¡Pum! ¡Pum! ¡Pium! ¡Pium! A veces, hacíamos de indios de ojos pintados, con arcos y flechas de ramitas de mango y alaridos de combate.

Los 4 perros originales. De izquierda a derecha: Ángel, Teio, Lepi y Freddy

PERROS MUY ESTUDIOSOS

La rudeza del paisaje ñembyense coincidía con la de sus habitantes; la pobreza era general y extrema, y los cachorros de perro usábamos championes chinos o zapatillas para irnos a la escuela; a falta de mochilas, los cuadernos y los útiles escolares los cargábamos en una bolsita de hule. Las condiciones edilicias de nuestra amada “Paz del Chaco” no eran las mejores. Recuerdo las últimas clases del sexto grado bajo la sombra de un mango. Quizá el lector esté pensando en esto como algo muy desafortunado, pero está equivocado; nosotros éramos felices al dar clases al aire libre, abrazados a la luz del sol y al viento fresco. En el patio disponíamos de una vista espectacular de la floresta de Cañadita, y teníamos música funcional y todo: en las altas ramas del mango los pájaros entonaban sus trinos, y las cigarras nos convidaban su canto dejándose balancear por el viento. El azul del cielo paseaba nubes y coloreaba los follajes del mango en movimiento, en nuestros banquitos de madera venían a posarse mariposas, blancas, amarillas, rojas, con las alas abiertas como brazos. Las mariposas jugueteaban en nuestras cabezas, aleteaban en nuestros cuadernos, se desteñían en nuestros bolsillos. ¡No hay delicia más exquisita que salir del encierro y mecerse muellemente en la libertad! Nosotros no admirábamos la pintura, éramos la pintura. “Sólo los pobres saben lo que significa la vida: los ricos tienen que imaginarlo”, decía Bukowski.

LOS MONTES Y LOS PERROS

Los perros despreciábamos la camiseta y andábamos en shorcitos, descalzos, llenos de barro y mugre, y como grandes pájaros nos mecíamos en los árboles del bosque de mediodía. Correteábamos por los montes como duendes, como espíritus salvajes, buscando el tesoro reluciente de los nísperos, el amarillo dulzor de las guayabas. En la temporada de los mangos siempre estábamos con la boca embadurnada de pulpas y teníamos la hondita en la mano para tirarle a algún árbol generoso. Los mangos maduros de los montes nos encantaban y los preferíamos sobre los que caían en casa. A estas frutas elegíamos echarlas antes que tomarlas del suelo porque nos gustaba la conquista. ¿Cuántos placeres superan al arte de acertar un mango y verlo caer bullicioso por las ramas? Nosotros vivíamos en el mundo de los pobres; éramos lo que se dice cabezudos, mitaí akahata, mitaí aka kurú, mitaí pychái, pero éramos cabezudos de sal y sol, puros como la noche y el silencio. Una de nuestras diversiones favoritas era salir de cacería, honditear pájaros, buscar nidos del ynambú, atrapar tapitís, cazar toda clase de bichos del monte. No pocas veces lo que cazábamos era el alimento del día; nuestras madres preparaban guisos del ynambú y estofado del tejú guasú; las tórtolas y los yerutís los comíamos fritos y bien aderezados con limón, cebolla y picante. ¡Jamás volveré a probar cosa más deliciosa! Yo era goloso, y aunque de vez en cuando picábamos en casa un asado o una pasta, no sentía especial aprecio por los caldos. Yo prefería almorzar el muslo de un pajarito asado que peligrarme de morir ahogado en un locro incandescente; o echarme a nado en la laguna del cerro antes que en una sopa de verduras huérfana. Comíamos lo que había, y si no había, echábamos mano a las frutas de estación: guayabas, mangos, cocos, pomelos, uvas, aguacates, moras, mandarinas, naranjas. ¿Cómo podías pasar hambre con todas estas frutas a tu alrededor?

EL CERRO ÑEMBY Y LOS PERROS

Cuando hoy veo el furor que está causando el cerro Ñemby, como un planeta recién descubierto, no puedo evitar recordar los días en que los cachorros de perro íbamos a escalarlo y explorarlo. Desafiando a los guardias armados de la Concret-Mix, que no dudaban en disparar al aire si avistaban intrusos, tomábamos los caminitos olorosos del cerro que eran oscuros pasadizos por las malezas que los cerraban como cúpulas. Llegábamos a la cima sudando y cansados, quedando al borde de dos precipicios: uno, de la campiña inmensa, al frente; otro, de la cantera, a nuestras espaldas. Sentados en la cúspide nos poníamos a contemplar los maravillosos paisajes de los barrios ñembyenses que se extendían ante nosotros como un lienzo. Los suburbios de Caaguazú, Cañadita y La Lomita se desgarraban en el horizonte en formidables espesuras, reduciendo a casi nada la presencia humana, la escuelita Don Bienvenido Osorio dominaba una franja rodeada de mangos, con su vaporoso Ykuá como una adoración, las lavanderas del arroyo encorvadas sobre sus tablas, los altos cocoteros se elevaban firmes como guardianes de prodigiosas chacras, los caminitos de tierra serpenteaban entre lapachos, tocados algunos por el andar perezoso de los carritos aguateros, las vacadas pastaban en tranquilas praderas, los hilillos de humo ascendían de chozas techadas con paja.

Las alturas nos bendecían con corrientes de aire fresco, y luego de complacernos en él echábamos a rodar piedras cantera abajo, o a gritar groserías para divertirnos escuchando el eco de nuestra voz. Luego decidíamos bajar hacia la laguna que reverberaba en una parte de la cantera. Sus aguas eran cálidas y marronescas, con hierbajos en sus orillas. La laguna yacía tranquila y desierta, como esperándonos, y descendiendo el último trecho de rocas dispuestas como escalones llegábamos hasta ella, sudando y jadeando, y con nuestras últimas fuerzas nos quitábamos los shorcitos y quedábamos desnudos. Los perros nos poníamos al borde del punto de chapuzón, y contando: ¡A la una, a las dos y a las tres! nos arrojábamos al charco, gritando de gusto. Lepi era un buen nadador, chapoteaba de espaldas alejándose del borde, y los demás lo veíamos sumergirse en la parte más profunda de la laguna. Los demás nos sumergíamos lentamente hacia las partes menos profundas y luego nadábamos en círculos bajo el agua; nos gustaba hacer esas cosas. El único ruido que nos llegaba a través del calor del aire era el rugir de las marejadas que rompían contra las rocas. Una vez, vimos a un hombre armado parado en el borde de la laguna. Era el guardia.

-No se permite nadar en la laguna -nos dijo-. ¡FUERA DE AQUI!

Salimos del agua chorreando y nos pusimos los shorcitos como pudimos, corrimos saltando sobre las piedras dejando en ellas nuestras huellas acuosas. De regreso en la subida, explorábamos grutas ocultas en las cimas, que nosotros creíamos eran los dormitorios del pombero. Una vez, en plena exploración de esos misterios, me acometieron unas ganas irresistibles de ir de vientre.

-Ejapó ape, dijo Ángel, entrando en un mechón de arbustos cercanos. No me aguantaba más, pero estábamos demasiado lejos para volver rápido a casa. Descender del cerro nos llevaría media hora, y desde las laderas hasta casa tardaríamos otra media hora más. No. Era imposible, no había alternativa; defecaría en el cerro.

-No tengo papel- dije.

-Eipurú ñaná- dijo Clein.  Todos se rieron.

Me metí rápido en el yuyal y me bajé el shorcito; me puse de cuclillas y a continuación hice mis necesidades. Oteé a mí alrededor las plantas de las que disponía, vi una de hojas verdes, medio anchas, eran perfectas. Sí, ¡perfectas! Estaba de suerte; las arranqué y me proporcioné con ellas una limpieza digna de un hijo de jeque que usase papel con revestimiento mineral y de doble capa aterciopelada. Resultaron ser pynó (ortigas). Pronto mi trasero y mi mano se quedaron al rojo vivo, ardiéndome como la chimenea de un tren a vapor; mi pene se hinchó como una zanahoria, y mis testículos se convirtieron en dos bolas de billar eléctricas. Durante 3 días no salí de casa y no fui a la escuela. Mamá se pasó untándome Mentholatum en mis partes íntimas, y yo me sentí tonto como un conejo. Mis amigos y mis hermanos se rieron de mí mientras yo hacía esfuerzos desesperados para no llorar. El Mentholatum se había convertido en parte integrante de mí y aún hoy su aroma es capaz de transportarme a mi niñez en un segundo. Recuerdo la publicidad: “Solo Mentholatum es Mentholatum. Los demás no son Mentholatum”.

LAS BAÑISTAS DE THOMPSON

En las vacaciones de verano, la obsesión de los perros era el arroyo de Cañadita. Chapoteábamos en el arroyo que cruzaba un bosquecillo que se inclinaba sobre la corriente, como un amante que ansiase llegar hasta su amada y abrazarla. No había ruidos en ese arroyo, no había vecinos en esos montes, solo nosotros merodeábamos esas riberas como perros salvajes. Algunas vivencias de mi pasado están grabadas en mi mente como episodios de una película fantástica; entre ellos figura la escena de las bañistas de Thompson, la cual es así: en la orilla donde el curso de agua hace una curva entre piedras y helechos, es donde están, en animada charla, las bañistas de Thompson; una fantástica reunión de cinco o seis ninfas alemanas de quince o dieciséis años que reposan bajo el soleado tiempo, sorbiendo tereré, o bebidas con pajitas. Ahí están, como descendidas del cielo, bellísimas como esculturas, con las ropas a un lado, sobre las hierbas, ocupadas en lavarse los pies o contemplándose en el agua, sin vergüenza de verse desnudas en pleno día. ¡Acá venimos los perros! Acá venimos acercándonos en puntillas al otro lado de la orilla, haciendo chistes bajos, ocultos entre los arbustos, y nos inclinamos sin temor a saborear la vista que se regala a nosotros. ¡Miren esas germanas tan bonitas! Sus ojos azules orlan sus caras brillosas por el agua, de sus pechos sobresalen las puntas de los pezones como capullos, que a veces, al moverse, saltan arriba y abajo y quedan cubiertos por sus largos y sedosos cabellos rubios, sueltos o arreglados en dos trenzas; sus labios son rojos y deliciosamente húmedos, su piel es como la cera. ¡Pueden sacarnos las muelas porque estamos anestesiados! Nuestros suspiros chocan entre sí en una descarga de aire al mirar aquellos cuerpos tan delicados, tan suaves, tan blancos, tan limpios. Los perros somos distintos de las niñas alemanas como el día de la noche; nosotros tenemos la ferocidad de los perros callejeros, ellas la gracia de los ángeles de Botticelli; nosotros la mugre, ellas la limpidez; nosotros la pobreza, ellas la riqueza. De repente, la mata de una planta que nos sirve de apoyo se cuartea y la mitad de nosotros cae al arroyo, haciendo saltar un charco de agua atronadora que sacude los follajes. Las niñas alemanas comienzan a gritar, a taparse; nosotros a correr, las niñas alemanas corren. Temerosos de ser pillados por los padres de aquellas chicas, retomamos el camino a casa aullando como locos, despertando el bullicio en los bosques, como pájaros cuando se avecina una tormenta. Éramos cachorros, y habíamos visto por primera vez mujeres desnudas; de pronto nos sentíamos adultos y capaces de encender un cigarrillo y fumarlo. Inútilmente, volvimos muchas veces al arroyo a buscar esa escena secreta, la pintura viva del bosque encantado por las hadas alemanas. Ya no la volvimos a ver.

PERROS MOQUETEROS

A medida que íbamos creciendo, se nos fueron uniendo otros perros: Papu, Raúl, Casô, Víctor y Rey. Recuerdo vívidamente las reuniones alrededor del brasero, que armábamos en casa; el toque de las guitarras, el melodioso cantar de Papu y Víctor, la caña con pomelo, el cielo cubierto de estrellas, las heladas cubriendo las hojas de las mandarinas. Cantando baladas y viejas rancheras con los perros las penas se deshacían como chispas del carbón encendido, con una rapidez mágica. Los perros me enseñaron a superar mi vergonzante kuâ chapî en las balitas y a mejorar mi chute de punta karajá en la pelota, pero sobre todo me enseñaron a moquetear. ¡Qué buenos moqueteros que éramos! Teio era el mejor, y pegaba a dos manos. Cierta noche, a la salida de una fiesta en Colón, tuvimos un encontronazo con unos tipos que habían estado molestando a una chica. Teio se encargó solito de despachar a dos, que eran tipos altos y musculosos, y se habían arremangado la camisa y movían brazos y piernas de modo sobrador. Escupiendo en sus manos se acercaron a Teio; un jab de derecha aquí, un gancho de izquierda allá, y los gigantes cayeron como fofos muñecos de trapo. Los otros perros de aquella vil manada se abalanzaron contra nuestro amigo con la intención de derribarlo, pero pretender hacer caer a Teio era como querer derribar un buey cebú con un dedo. Destrozó la turba de atacantes con un empujón extraordinario, a lo Hulk, y con sus restos los perros hicimos presa, nos divertimos un rato; daba gusto. Aquellos tipos recibieron lo que se andaban buscando. No éramos una pandilla de jóvenes groseros pero sí respondíamos a las pandillas de jóvenes groseros que nos buscaban o se metían con otros. Por nuestra energía nos sentíamos invencibles y capaces de todo; peleábamos entre nosotros, peleábamos con otros perros, pelearíamos con el mundo entero si nos llevase la contra. Los paraguayos somos estoicos y abnegados, llevamos la rudeza en los genes. Si el planeta entero estuviese a punto de caer, se sostendría sobre el lomo de los paraguayos.

Yo adquirí la tosquedad y la fiereza de los perros, y los apliqué en ciertos momentos de mi vida, moqueteándome con quien me buscaba o se pasaba de la raya. Nunca perdí una pelea (tal vez empaté, pero nunca perdí), no por saber pelear, sino que soy muy testarudo, es decir, pueden golpearme y machucarme y tumbarme y aun así puedo volver a levantarme, sacudirme y volver a pelear. No se puede conmigo, o yo no puedo conmigo mismo. Aún puedo pelear y perder, pero se sorprenderán de lo bien que este perro viejo es capaz de aguantar todavía. Lo que no lograron las clases del educado recato burgués, lo lograron la herencia de los perros, los pucheros, los locros y los cocidos con maní molido de mamá. Por mi parte, les enseñé poesía a los perros. ¡Era un cago de risa el amor! En más de una ocasión hice de poeta-cupido para los perros enamorados que recurrían a mí para que les ayudara a escribir cartitas de amor. Escritos primerizos que me salían lánguidos como huevos recién salidos de una gallina, pero con resabios de Neruda: “Me llueven tus ojos”. “Dios pintó tu ombligo”.  ¡Ah el amor! ¡El amor!

LA PRIMERA EDAD ES EL PARAÍSO SOBRE LA TIERRA

Aquellos lugares y aquellos rostros han perdido esa apariencia que tuvieron para mis ojos de niño. El camino de tierra de mi barrio es ahora una avenida asfaltada, el barrio Caaguazú es un espacio urbano, mis padres han envejecido, los perros han crecido. Las líneas que marcan el inicio de nuestra separación son difusas, lo cierto es que con el tiempo los perros y yo seguimos distintos caminos. Los perros siguieron viviendo una vida simple y autentica, despojada de toda preocupación; yo tomé el sendero de los estudios y la duda; ellos siguieron siendo puros como la noche y el silencio, yo me fragüé en un universo de libros. Las lecturas fueron tejiendo laboriosamente en mí las reflexiones que llevan a uno buscar el sentido de la vida, una respuesta a los enigmas del universo. Si el tiempo es como una carretera en la que podemos detenernos y volver hacia atrás, yo quiero volver a esos días felices, a esos instantes de la niñez, porque la edad de oro está en el pasado, en la ingenuidad de las primeras vivencias. Ahora tengo 45 años, y recordar mi infancia es la respuesta que le doy a mi ansiedad de hombre maduro y finito. En ocasiones, cuando estoy tendido en la cama, por la noche, los sueños y las alegrías de la juventud ascienden hacía mí como brillos de una mañana de domingo. Entonces me refugio en el pensamiento de mis primeros años, cuando aún me sentía protegido; cuando en las tardecitas, jugando con los perros en la calle, oía la voz de mi madre, en el portal de casa, llamándome para ir a cenar.

Freddy Ovelar