Cuando éramos niños, Ñemby era la capital de las mandarinas. Personas de Asunción y de localidades cercanas venían al pueblo en busca de estas deliciosas frutas. En aquellos tiempos, podíamos comer tantas mandarinas como quisiéramos, sin tener que pagar por ellas. El sabor se adhería a nuestros paladares como una exquisita golosina hecha de miel y pulpas jugosas. En el patio de nuestras casas, las mandarinas colgaban por todas partes, por lo que debíamos tener cuidado de no golpearnos la cabeza con ellas. Las vecinas más ancianas recolectaban mandarinas en bolsas y canastos para luego venderlas en el mercado. Mandarinas. ¡Millones por doquier! Planetitas colgantes en cielos amontonados. Un universo de mandarinas. Universo no. Multiversos. Mandarinas verdes, mandarinas naranjas. Pequeñas, grandes, arrugadas, lisas. En los bordes del camino, en los matorrales, en las chacras, en las laderas del cerro, el color amarillo se imponía en todas partes. Las plantas de mandarina se agitaban frenéticamente, como si fueran entidades enfurecidas que se resistían a entregar sus tesoros sin librar una batalla. Ahora todo ha cambiado. Las mandarinas escasean y, lamentablemente, las pocas que quedan están enfermas. Sin embargo, aquellos afortunados que tienen una planta de mandarina en casa valoran su preciado regalo, deleitándose con cada dulce gota de miel que emana de este maravilloso fruto que nos brinda la tierra.
Freddy Ovelar



