Por Freddy Ovelar


A mediados del siglo XIX, Paraguay estaba bajo el gobierno firme de Carlos Antonio López, quien guiaba al país en un proceso de modernización. Después de años de aislamiento, Paraguay intentaba abrirse al mundo sin perder su independencia. Fue en este momento cuando llegó el cónsul estadounidense Edward A. Hopkins, un joven carismático pero arrogante, que prometió «civilizar» al Paraguay a través de inversiones extranjeras, especialmente mediante la United States and Paraguay Navigation Company. López le dio muchos favores a Hopkins para ayudarlo con sus negocios. Le permitió traer maquinaria e insumos para sus industrias, abrir una fábrica de cigarrillos en Asunción y adquirir tierras en San Antonio. En este paraje, le ofreció un espacio en el antiguo cuartel para que su empresa lo usara como vivienda para sus empleados y como depósito para su aserradero, que estaba ubicado a orillas del río Paraguay (Moore, 1898). La fábrica de cigarros y el aserradero, que funcionaba con motores a vapor, empleaba a técnicos y jefes de diversas nacionalidades, como estadounidenses, irlandeses y cubanos. En el aserradero también laboraban 20 indígenas, 10 provenientes de Ypané y 10 de Guarambaré (Senado de los Estados Unidos, 1858). Gracias a un muelle natural de piedra, los barcos podían llegar fácilmente hasta el lugar.
EL PRIMER ASERRADERO A VAPOR DEL RÍO DE LA PLATA
El aserradero de San Antonio trabajaba diez horas al día, procesando más de 1.6 metros cúbicos de madera. Hopkins, en un informe al Senado de los Estados Unidos en 1858, destacó las ventajas del negocio. Mencionó que habían enviado más sierras porque consideraban que los bosques de San Antonio ofrecían “madera inagotable”, y que no existía otro aserradero similar en toda la región. Dijo: “No había otro aserradero al sur del ecuador, al este de los Andes, y ningún sitio adecuado para molinos en un radio de 1.500 millas en estos ríos, excepto el nuestro”. La compañía de Hopkins con sus sierras en San Antonio no solo buscaba producir madera, sino también fabricar toneles y otros productos derivados. Así lo detalló en su informe: “La segunda expedición llevó unos 22 artesanos adicionales, entre ellos mecánicos e ingenieros, operarios de aserraderos, toneleros y empaquetadores, carpinteros, ebanistas y tripulación para dos barcos a vapor, todos con sus herramientas de trabajo —que en un país como Buenos Aires serían inútiles, ya que carece de ríos y árboles—. Con solo la fábrica de toneles esperábamos ganar miles de dólares al año al evitar el enorme desperdicio de cueros en Paraguay, que se usaban para empacar las exportaciones del país, como yerba, tabaco, azúcar, melaza (mucho mejor conservadas en madera), así como para proveer a las provincias del sur, y a las ciudades de Buenos Aires y Montevideo con tubos y barriles, siempre muy caros. Paraguay y los países vecinos son California en riqueza” (Senado de los Estados Unidos, 1858).
Pero la relación entre Hopkins y López nunca fue fácil. Hopkins actuaba más como un “chiflado pintoresco” que como un verdadero cónsul. Solía pedir a la policía que limpiaran su cigarrería. Además, exigía castigos físicos para sus empleados: quería azotes para sus obreros más jóvenes y que desterraran a 20 leguas a las mujeres que faltaban al trabajo. A sus empleados del aserradero también descontaba el sueldo por cualquier “falta accidental” (El Nacional Argentino, 1859). Las excentricidades de Hopkins no paraban allí: le pidió a López ser nombrado almirante de la marina paraguaya para construir un barco diseñado por él mismo. Su plan era navegar con una tripulación estadounidense hasta Buenos Aires para secuestrar al dictador Rosas, asegurando que “solo necesitaba 100.000 pesos” para lograrlo. Pero López estaba irritado.


EL “CINTARAZO” EN SAN ANTONIO QUE DESATÓ LA TORMENTA
Un sábado 22 de julio de 1854, Edward Hopkins, su hermano Clement y su amiga madame Guillemot, esposa del diplomático francés en Paraguay, salieron a cabalgar por el establecimiento de San Antonio. Recorrieron la orilla del río, pasando por el muelle natural de piedra del aserradero y bordeando los “bosques inagotables de San Antonio” y los campos recién sembrados de maíz (Gutiérrez, 1982). Al mediodía, regresaron para almorzar. A la tarde, se prepararon para volver a Asunción, pero Clement fue quien acompañó a madame Guillemot, ya que Edward decidió quedarse a pasar la noche en San Antonio (Ynsfrán, 1954). Clement y madame Guillemot montaron sus caballos y emprendieron el regreso. En medio de un paisaje rural, sobre el camino angosto que cruza el arroyo Guazú, se toparon con una manada de ganado estatal que venía en dirección opuesta, rumbo a la estancia de Surubi`i. La tropa, formada por ariscos bueyes, era guiada por el soldado paraguayo Agustín Silvero, junto a sus asistentes (Vol. 1663, Nº7, año 1854). El soldado, al ver a la pareja acercarse a galope, hizo señas con el brazo para que se detuvieran y evitar así asustar a los animales. Pero Clement no le hizo caso: levantó la fusta y se lanzó al galope con su acompañante, atropellando el rebaño. El movimiento abrupto provocó el caos: los bueyes se desbandaron, dispersándose entre “las fragosidades de ambos lados del camino” (Vol.57.Núm . 28. S. Criminal). Aquello fue demasiado para el soldado, que consideró una ofensa tanto al ganado como a su deber; desenvainó su sable y descargó un sonoro “cintarazo” en la espalda de Clement Hopkins. El caos de la manada fue superado por el escándalo que acababa de ocurrir. Clement Hopkins, golpeado en su orgullo y con el lomo aún ardiendo, regresó con Guillemot al aserradero a contarle lo ocurrido a su hermano Edward, quien montó en cólera.


El lunes temprano, dejando de lado toda diplomacia, cabalgó a gran velocidad hasta la casa de Gobierno en Asunción. Al llegar, irrumpió en el despacho de López, vestido “con ropa de montar” y con un gran rebenque en la mano, completamente fuera de sí. Lanzó insultos y acusaciones, se burló del gobierno paraguayo y hasta desairó a la familia del presidente. Exigió que el gobierno publicara una disculpa en su semanario por “ofender” a los Estados Unidos (El Nacional Argentino, 1859) y pidió, nada menos, que fusilaran al soldado que había osado cintarear a su hermano (Bermejo, 1873). Ante semejante actitud, López tomó una decisión tajante: le ordenó que se marchara de su presencia con “su gran rebenque”, le retiró sus credenciales diplomáticas y le ordenó abandonar el país de inmediato. Además, le confiscó las tierras que había adquirido en San Antonio y clausuró su fábrica de cigarros en Asunción. Por su parte, el soldado Silvero recibió un castigo de «trescientos palos», aunque solo había cumplido con su deber (Vol.57.Núm . 28. S. Criminal). En una cruel ironía del destino, mientras el soldado sufría los azotes, Hopkins reclamaba una indemnización exorbitante de 935.000 dólares.
EL DESALOJO FORZADO DEL ASERRADERO
El cierre del aserradero de San Antonio fue llevado a cabo de manera abrupta y desordenada, según el testimonio de Alexander Ferguson, maquinista y mayordomo del establecimiento. Los hechos comenzaron el 12 de septiembre de 1854 y se desarrollaron bajo la supervisión del juez de paz Nicolás Vásquez, hombre de confianza del presidente López, quien actuó en representación del gobierno paraguayo. A las 7:30 de la mañana, el juez Vásquez llegó a la propiedad con la intención de realizar un inventario, pero limitó sus registros únicamente a bienes ubicados dentro de un área específica de dos y media cuerdas (aproximadamente 200 metros), dejando fuera muchas otras partes de la propiedad y negándose a incluir bienes como la maquinaria pesada o la leña acumulada en el terreno. A pesar de una promesa inicial de registrar todos los bienes, Vásquez incumplió este compromiso. Al día siguiente, al amanecer, el cierre se intensificó con la llegada de más de 100 peones y alrededor de 40 carretas de bueyes. Se rompieron cercas para crear un acceso más directo, y los trabajadores comenzaron a retirar todo lo que encontraban, incluyendo maquinaria pesada, como sierras y herramientas de carpintería, mesas, sillas y demás enseres de la casa y la cocina, provisiones como maíz destinado para alimentar a los caballos. En el terreno también había una variedad de animales domésticos, como caballos, mulas y bueyes. Estos animales no fueron incluidos en el inventario ni protegidos. Las cercas fueron abiertas, dejando a los animales a su suerte, vagando sin control y expuestos a peligros. Aproximadamente a las 11:00 de la mañana del segundo día, el juez Vásquez ordenó que Ferguson y los demás empleados abandonaran inmediatamente la propiedad, pese a que el decreto oficial otorgaba un plazo de cuatro días para evacuarla. Esto dejó al equipo sin un lugar donde quedarse y sin provisiones básicas. Ante la falta de apoyo, tuvieron que negociar el transporte de su equipaje con las carretas disponibles, pagando precios excesivos. El juez intentó que Ferguson firmara un inventario incompleto, afirmando que era solo un registro parcial de lo que ya había realizado. Ferguson aceptó firmar con la condición de que se incluyera una nota aclaratoria en el documento. No obstante, quedó claro que el inventario no reflejaba todos los bienes confiscados, dejando varias pérdidas fuera del registro oficial. Al anochecer del segundo día, Ferguson y su equipo se vieron obligados a abandonar la propiedad, dejando al juez y a sus asistentes en plena posesión del lugar. Sin lugar donde dormir ni comida disponible, caminaron hacia la agencia general de la compañía en Asunción, adonde llegaron cerca de las 11:00 de la noche. La copia autenticada del inventario, prometida por el juez, no estaba lista al momento de su salida (Senado de los Estados Unidos, 1858).
GANANCIAS PERDIDAS PARA LA «UNITED STATES AND PARAGUAY NAVIGATION COMPANY«
Tras la orden de clausura de López, se frustraron las grandes expectativas de ganancias para el cónsul y sus empresas, que operaron solo durante 9 meses en el país. En su informe al Senado, Hopkins lamentaba las pérdidas de su cigarrería: “En el momento de la detención, estábamos fabricando 250.000 cigarros al mes, y de haber continuado sin interferencias, habríamos llegado a producir al menos un millón de cigarros por mes. Para 115 operarios (el número de empleados cuando se cerró la fábrica), cuando otros seis meses o un año los hicieran hábiles, cada uno produciría 300 cigarros por día, o en 26 días, 7.800 cigarros por mes, lo que multiplicado por 115 da un total de 897,000 cigarros. Contábamos, como prueban nuestros libros, con ciento cuarenta personas empleadas en ese momento, que ganaban entre tres y diez dólares al mes, precios fabulosos para los paraguayos, que nunca antes ni después se habían visto. Entonces, ¿cuáles habrían sido nuestras ganancias si se nos hubiera permitido poner en operación nuestros molinos de azúcar, molino de harina, máquina para ladrillos, molino de cepillos, desmotadoras de algodón, molinos de arroz, etc., que solo aguardaban su turno para ser instalados? Hoy tendríamos en nuestra plantilla a 1.500 personas enriqueciendo y civilizando al país”.
En su informe, Hopkins indicó que López no solo ordenó el cierre de todos los establecimientos, sino también la quema de las cercas y cobertizos. También mencionó que la empresa enfrentó ataques por parte de la población, quienes pasaron de tratar amablemente a los empleados a insultarlos y acosarlos. Según Hopkins, era común que les gritaran en las calles, les lanzaran cáscaras de naranja y cigarros, e incluso que treparan hasta las ventanas de sus casas para arrojar objetos a las habitaciones (Senado de los Estados Unidos, 1858). El diplomático lamentó la interrupción de sus negocios y el robo de los bienes de sus empresas, que equivalían a miles de dólares.
EL WATER WITCH Y EL CAÑONAZO DE ITAPIRÚ
Hopkins fue sacado del Paraguay a bordo del USS Water Witch, un buque estadounidense de visita en el país, que exploraba los ríos paraguayos en una expedición científica. Esto enfureció a López, que decretó la prohibición de entrada a todos los buques de guerra extranjeros en aguas paraguayas. El 1 de febrero de 1855, el Water Witch, ignorando la orden, intentó pasar una barrera sobre el Paraná. El buque estaba comandado por el teniente Williams N. Jeffers, en ausencia del capitán Thomas Page, y tenía una tripulación de 28 hombres y tres obuses como armamento. El comandante del fuerte de Itapirú, Vicente Duarte, envió un mensajero para advertir al teniente Jeffers, pero éste despectivamente tiró el decreto al suelo y le dijo al oficial que no le importaba el comandante de Itapirú, y que iba a continuar su camino sin hacer caso al decreto (Robles, 1855). El Water Witch continuó su avance, y Duarte ordenó disparos de fogueo como advertencia. Ante la burla de la tripulación del USS, que se rió de la batería paraguaya, Duarte ordenó abrir fuego con artillería real. Comenzó un intercambio de disparos entre la fortaleza y el barco: el Itapirú con sus cañones y el USS con sus obuses. La situación terminó mal para los estadounidenses: un disparo preciso alcanzó al Water Witch, dañando una de sus ruedas de propulsión, rompiendo los cables del timón, destruyendo las lanchas a bordo y matando al timonel Samuel Chaney. El Water Witch, incapaz de dañar la fortaleza, detuvo el fuego y quedó a la deriva, siendo arrastrado por la corriente hasta la ciudad de Corrientes. El cañonazo de Itapirú fue un duro golpe para la Armada de los Estados Unidos y causó un gran escándalo internacional. Los periódicos en Buenos Aires, Montevideo, Río de Janeiro, Londres, París y Estados Unidos cubrieron ampliamente el suceso, calificando a los paraguayos de salvajes. Hopkins, antes amigo de Paraguay, pasó a ser su enemigo acérrimo y pidió la intervención militar de EE. UU., calificando al país como “ese lugar de beréberes asiáticos”, esa «excrecencia del cuerpo internacional aun menos civilizado que el sultanato de Moscate” (Peña, 2001).


LA EXPEDICIÓN AL PARAGUAY: ENTRE LA DIPLOMACIA Y LA GUERRA
Tres años después del cañonazo de Itapirú, el presidente de Estados Unidos James Buchanan informó al Congreso sobre la situación con Paraguay y pidió permiso para exigir disculpas, indemnizaciones y garantías por los incidentes ocurridos. Parte de la prensa estadounidense apoyó esta solicitud. El Congreso aprobó una resolución que autorizaba al presidente a tomar las medidas necesarias, incluso el uso de la fuerza, si Paraguay no ofrecía una solución justa. Buchanan ordenó la movilización de la flota más grande y poderosa que Estados Unidos haya desplegado jamás. Se prepararon 19 buques, incluidos siete barcos de vapor que fueron adaptados para el combate. La flota zarpó a finales de octubre de 1858 bajo el mando del comodoro W. B. Shubrick. Contaba con cerca de 200 cañones y una tripulación cercana a los 2000 hombres y marines (Denison, 1859). El encargado de negociar un acuerdo con López fue James B. Bowlin. Se le ordenó exigir una disculpa por el ataque al Water Witch, junto con una indemnización de al menos cinco mil dólares para la familia del marinero fallecido, y lograr que el gobierno paraguayo pagara 500.000 dólares a la compañía de Hopkins. La flota estadounidense hizo una pausa en Corrientes, mientras Justo José de Urquiza, presidente de la Confederación Argentina, decidió acompañar a James B. Bowlin en el Fulton hacia Asunción para mediar y calmar la tensa situación. El resto de la flota quedó esperando en Corrientes, mientras el Fulton avanzaba en solitario. La disposición a negociar creció rápidamente cuando pasaron frente a la formidable fortaleza de Humaitá. Este consistía en varias baterías de artillería en un terreno elevado, con 16 grandes cañones estratégicamente colocados para controlar el paso del río. Además, Bowlin supo que en Humaitá había unos 12.000 soldados paraguayos y una reserva de 16.000 más listos para luchar (Torres, 2016). El puerto de Asunción también estaba protegido por fuertes defensas, entre las cuales destacaba una imponente batería de varios cañones. El 4 de febrero de 1859 se firmó un tratado de mutuo acuerdo y el 11 se publicó en el Semanario una proclamación de paz (Denison, 1859). En sus memorias, el presidente Buchanan falseó la historia al decir que los barcos estadounidenses habían llegado hasta Asunción y que Paraguay había ofrecido “amplias disculpas” (Buchanan, 1865). La verdad fue otra: Paraguay nunca se disculpó y, aunque pagó 10.000 dólares por el timonel muerto, no cedió ante la desmesurada exigencia de 500.000 dólares para la compañía de Hopkins, que no recibió un centavo. Así concluyó un episodio internacional que comenzó en un polvoriento camino rural de San Antonio, con el golpe de sable al hermano de un altivo cónsul, y un certero cañonazo a un buque yanqui. Dos desafíos que, en su tiempo, sorprendieron al mundo desde el centro de Sudamérica.






REFERENCIAS
Archivo Nacional de Asunción. (1854). Proceso al soldado de caballería Agustín Silvero por castigo al norteamericano Hopkins. Vol. 1663, Nº 7.
Bermejo, I. A. (1873). Episodios de la vida privada, política y social en la República del Paraguay. Madrid: R. Labajos.
Buchanan, J. (n.d.). The administration on the eve of the Rebellion: A history of four years before the war.
Denison, J. L. (1859). Paraguay Expedition. En A pictorial history of the navy of the United States (pp. XX–XX). Henry Bill.
El Nacional Argentino. (1859, enero 5). Prensa paraguaya. Historia documentada de las cuestiones entre el gobierno del Paraguay y el de los Estados Unidos. El Nacional Argentino (Año VIII, Nº 834). Paraná.
Gutiérrez, R. (1982). Nuevos aportes a la cartografía urbana y arquitectónica del Paraguay. Anuario de la Academia Paraguaya de la Historia, XIX.
Moore, J. B. (1898). Reclamo de los Estados Unidos y la Compañía de Navegación Paraguay: Comisión bajo la convención entre los Estados Unidos y Paraguay del 4 de febrero de 1859. En Historia y resumen de los arbitrajes internacionales en los que los Estados Unidos ha sido parte (Vol. II, pp. XX–XX). Government Printing Office.
Peña, P. (2001). Intervenciones norteamericanas en América Latina. En El libro negro del capitalismo. Navarra: Editorial Txalaparta.
Robles, W. (1854, febrero 18). El Water Witch americano y la fortaleza de Itapirú en el Paraná: Documento oficial. Semanario, Nº 6.
Senado de los Estados Unidos. (1858–1869). Official documents relating to Paraguay, 1858–1869 (35º Congreso, 1ª Sesión, Nº 60).
Torres, C. D. (2016). La guerra que no fue. Recuperado de https://www.ultimahora.com/la-guerra-que-no-fue-n996828.
Ynsfrán, P. M. (1954). La expedición norteamericana contra el Paraguay, 1858-1859: Los antecedentes. Asunción: Editorial Guarania.




















































